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De lagartijas con cuernos a clones de ADN: cómo Jurassic Park reinventó a los dinosaurios del cine

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Desde sus inicios, la saga Jurassic Park ha trascendido el mero entretenimiento para plantear preguntas incómodas sobre los límites de la ciencia. La inspiración literaria proviene de dos obras distantes en el tiempo pero unidas por su fascinación por los dinosaurios: El mundo perdido (1912) de Arthur Conan Doyle, que imaginaba a estas criaturas en lugares remotos, y la secuela homónima (1995) de Michael Crichton, que exploraba su resurrección genética. Mientras la primera novela de Crichton, Parque Jurásico (1990), era un thriller científico brillante, su continuación cayó en lo predecible, motivada más por el éxito comercial que por la calidad narrativa. Sin embargo, la adaptación cinematográfica de Steven Spielberg en 1997 superó con creces al material original, prescindiendo de explicaciones técnicas para centrarse en una crítica mordaz a la explotación corporativa de la ciencia.

El mundo perdido destaca como la mejor entrega de la saga por su equilibrio entre acción y reflexión. Abandona los largos discursos sobre clonación para mostrar las consecuencias de jugar a ser dioses: dinosaurios convertidos en atracciones turísticas, objetivos de cacerías o mercancías para parques temáticos. La película introduce elementos que luego se exagerarían en secuelas posteriores, como la ambición de InGen por comercializar criaturas prehistóricas, pero aquí con un tono más sofisticado. Los efectos especiales, ya maduros, permitieron escenas memorables, como el ataque de los velocirraptores en la hierba alta o la icónica ruptura del tiranosaurio por el cristal del baño. Pero lo más revolucionario fue humanizar a los dinosaurios: no son meros monstruos, sino víctimas de la codicia humana, un giro que culmina con el caos en San Diego.

La secuencia urbana del T. rex en San Diego marcó un hito visual y narrativo. Spielberg rindió homenaje al cine de monstruos japonés, pero subvirtió el género: su dinosaurio no es un villano, sino un animal confundido, arrastrado a un mundo que no le pertenece. La escena —filmada con una mezcla pionera de animatrónicos y CGI— trasladó el miedo de la jungla a la ciudad, simbolizando cómo la ciencia sin ética puede invadir hasta lo más cotidiano. Esta idea resonó en secuelas posteriores, aunque ninguna logró replicar su profundidad. Mientras Jurassic World (2015) optó por dinosaurios híbridos y espectáculo vacío, El mundo perdido mantuvo un mensaje claro: el verdadero peligro no son las criaturas prehistóricas, sino la arrogancia de quienes las controlan.

La saga también reinventó la representación de los dinosaurios en el cine. Antes de Jurassic Park, estos animales solían aparecer en películas de serie B, con efectos rudimentarios (como iguanas disfrazadas) y escaso rigor científico. Spielberg los dotó de realismo anatómico y comportamiento animal, aunque sacrificando precisión por impacto —los velocirraptores eran más grandes y letales que sus versiones reales—. Este enfoque, criticado por puristas, reflejaba una paradoja: el público decía querer autenticidad, pero en realidad anhelaba monstruos más intimidantes. La franquicia terminó burlándose de sí misma en Jurassic World, donde un personaje admite: «Usted no quería realismo, quería más colmillos».

A casi tres décadas de su estreno, El mundo perdido sigue siendo la obra más coherente de la saga. Su fuerza radica en lo que omite: no hay laboratorios brillantes ni genios excéntricos, solo las secuelas de un experimento fuera de control. Spielberg trasladó el conflicto de Crichton —la ciencia como arma de doble filo— del microscopio a la calle, recordándonos que la tecnología no es peligrosa por sí misma, sino por las manos que la manipulan. En una era de avances genéticos reales como CRISPR, su advertencia resulta más urgente que nunca: crear vida es posible, pero dominarla es otra historia. La saga jurásica, en su mejor momento, no es solo sobre dinosaurios, sino sobre los monstruos que llevamos dentro.

Con información de: Muy Interesante.com

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