VIII Domingo Ordinario, ciclo C-2022
¿Puede un ciego guiar a otro ciego? (cf. Lc 6,39-45)
+Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros
Siguiendo la dirección que le habían dado y después de manejar por varias horas, un chofer llegó a Campeche y comenzó a descargar cien sacos de cemento. Cuando terminó, le dijo a un señor que estaba ahí: “Ya está su pedido. Firme de recibido”. “Yo no pedí nada”, contestó. El chofer le muestra la orden. “Sí, es aquí –responde–. Pero yo no pedí nada”. Entonces el chofer llama a la empresa y la secretaria le dice: “No me fijé, era Camargo, no Campeche… Carga todo y vete a Tamaulipas”.
Eso pasa cuando nos dejamos guiar por quien no se toma en serio las cosas; perdemos el tiempo, nos cansamos y no llegamos a donde queremos. Por eso Jesús, en quien Dios se ha hecho nuestro compañero de camino para salvarnos, nos advierte que no debemos dejarnos llevar por lo que alguien dice, solo porque está de moda, sino que hay que distinguir a dónde nos lleva eso que dice. “Se conoce a cada uno por su vida y sus costumbres –comenta san Cirilo–; no por sus adornos exteriores”[1].
Pero no se trata solo de ver si ese alguien lo está haciendo bien o mal, sino de revisar cómo lo estamos haciendo nosotros. Porque todos, de alguna manera, somos “influencers”, influimos en los demás; los papás educando a los hijos, los maestros instruyendo a los alumnos, los amigos aconsejando, y cualquiera dando una opinión. Por eso debemos ser responsables, ya que, como advierte el Papa, podemos perjudicar a los que nos siguen[2].
De ahí que Jesús nos ayude a darnos cuenta que solo quien ve bien la realidad puede orientar a otro. ¿Y cómo saber si vemos bien? Por nuestras obras[3]. Lo que decimos y hacemos deja ver cómo miramos las cosas, y refleja qué tan sano está nuestro corazón. Porque un corazón enfermo provoca problemas circulatorios que afectan la visión.
Cuando dejamos enfermar nuestro corazón de egoísmo, envidia, avaricia, resentimiento o indiferencia, nuestra capacidad visual disminuye. Entonces solo vemos una parte del todo, y, como dice san Agustín, hacemos de eso un falso todo[4]. ¿Qué hacer para sanar? Encontrarnos con nosotros mismos y escucharnos, guiados por Jesús, que nos habla a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas. Así podremos descubrir qué está enfermando nuestro corazón para quitarlo con su ayuda.
Entonces nuestra vista sanará; distinguiremos lo mucho que valemos y lo mucho que valen los demás: la familia, la gente que nos rodea, los más necesitados, ¡todos!, incluso los que no nos quieren y no queremos. Miraremos el recorrido completo y sabremos qué hacer siempre: permanecer unidos a Dios para dar fruto[5], amando y haciendo el bien.
¿Cómo le hablas a la gente y cómo hablas de la gente? ¿Bien o mal? ¿Dices cosas positivas o negativas? No lo olvides; solo con un corazón sano verás bien, saldrás adelante y podrás colaborar con Jesús para ayudar a tu familia y a los demás a encontrar el camino a la meta: la vida por siempre feliz[6].
[1] En Catena Aurea, 9639.
[2] Cf. Ángelus, 3 de marzo 2019.
[3] Cf. 1ª Lectura: Eclo 27, 4-7.
[4] Cf. Confesiones, III, 8, 4.
[5] Cf. Sal 91.
[6] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 15, 54-58.