Opinión

Especial Columna Educación y Tecnología|Luis Lach.

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Dedicado a un gran educador: Dr. Enrique Calderón Alzati.

A Enrique lo conocí el día que me designaron Presidente de la Sociedad Mexicana de Computación en la Educación, A.C. (SOMECE). Había escuchado hablar de él, pero no lo conocía. No requerí mucho tiempo para descubrir en este hombre que en ese entonces tendría unos 75 años de edad, a un soñador. A alguien que era fiel a sus ideas de un mundo mejor. Que toda su vida abrazó a la izquierda desde la parte política y a la educación como motor de cambio de la sociedad. Recuerdo que apoyamos desde SOMECE la realización de un torneo de Matemáticas para estudiantes de secundaria y que, desde su organización “Tecnología Educativa Galileo” lograban llegar a jóvenes mexicanos con verdaderamente pocos recursos. Asimismo, en Galileo se desarrollaban desde hacía mucho tiempo, toda una serie de actividades que empujaban el aprendizaje de los estudiantes de formas que corresponden a este siglo XXI. Por medio de la indagación, de incentivar la curiosidad innata de los niños, niñas y jóvenes, así como acompañar el proceso de formación de docentes en Veracruz, donde esta organización operaba y en entidades donde podían extender sus operaciones. Era común conocer sus simuladores de Física, Química, Desarrollo Ambiental, etcétera y que donó al Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa (ILCE https://www.ilce.edu.mx/), en su última asignación como Director General. Posición a la que estuvo unido hasta el día de ayer.

Doctor Enrique Calderón Alzati (1939-2022). Investigador y promotor de la educación y la ciencia en México. Imagen tomada de facebook.

Y podría hablar por su paso en la Fundación Arturo Rosenblueth (https://www.educaedu.com.mx/centros/fundacion-arturo-rosenblueth-uni1324), o como funcionario público. O también su compromiso con las mejores causas de la izquierda. En especial, con el proyecto de la 4T del Presidente Andrés Manuel López Obrador, e incluso de tiempo antes, muy cercano al Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Nunca falló a sus ideales y creo que hoy el mundo es un poco mejor, porque él estuvo presente y tuvimos la suerte que fuera mexicano.

Pero quiero cerrar con algo muy personal, que resultó mi última aventura, -en el delirio-, con Enrique Calderón. El año pasado, el 20 de julio, fui internado en el INER por haberme contagiado del COVID 19. El hecho de ser intubado, provoca que te apliquen sedantes, que entre otras monadas, te provocan delirios en los que se revuelve la realidad con la fantasía. Todo esto lo vives en tiempo real. O sea, no es como un sueño donde el tiempo es muy relativo. Sino que si aquí deliras con algo, lo vives en tiempo cronológico (o así lo viví yo al menos). Fueron 3 semanas intubado, donde pude crear mil historias donde yo pasé por “diferentes hospitales” del INER en Manzanillo, Cuernavaca y Cuajimalpa, además de un hospital privado (por supuesto tales hospitales no existen). Y según yo llevaba más de un año entre hospitales (cosa tampoco cierta). Lo único cierto, es que yo vivía una lucha feroz por sobrevivir tanto en la realidad, como en mis alucinaciones. Tenía un sentimiento de estar secuestrado y querer salir a toda costa de cada hospital en que me encontraba. Y aquí es donde entra Enrique. En todas estas sedes imaginarias de hospitales, él llegaba a rescatarme y me sacaba de cada hospital, o se quedaba conmigo mientras yo estaba tumbado en la cama del hospital mientras recibía algún tratamiento. Como ustedes se imaginarán, y si no lo saben, se los cuento, el delirio es algo muy complejo para el paciente con COVID. Especialmente, porque se encuentra sólo y las enfermeras y médicos sólo se aparecen de vez en vez. Luego entonces, la sensación de soledad es muy grande. Y en ese sentido, Enrique aparecía en mis alucinaciones como mi ángel de la guarda. Unas veces organizando a los enfermeros de una sede imaginaria del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER https://www.gob.mx/salud/iner) para buscar mejorar sus supuestas condiciones laborales. En otras ocasiones me sacaba de otro hospital imaginario y me subía a un transporte para llevarme de allí, o ejercía sus influencias para que me dieran el alta voluntaria en el hospital. Nunca estuve sólo, porque Enrique se encargó de rescatarme y acompañarme en cada momento en que estuve bajo sedación y defenderme de lo altamente agresivas que eran mis historias ficticias y reales contra mí.

Cuando dejé el hospital, lo primero que hice al llegar a casa fue llamarlo, porque según mis recuerdos (que como verán no eran muy confiables), me había ofrecido un proyecto muy interesante. Me decía en mis delirios “…ya Carmen Aristegui y ningún otro periodista dicen la verdad, me vas a ayudar a crear un nuevo proyecto para decir las cosas como son…” Por lo que, todavía confundido entre lo que era real y lo que no, le marqué. Al contestarme quise saludarlo, pero por efecto de la intubación todavía no tenía voz, y aunado a que Enrique no oía para nada bien, pues no nos pudimos comunicar. Qué bueno, porque el proyecto no era real…jaja. Decidí un par de semanas después escribirle un correo electrónico, donde en resumen le platicaba lo que había vivido en el hospital y su labor a favor mío (que por supuesto el Enrique verdadero no tenía idea). Y cerraba comentándole que no sabía si el que mi subconciente decidiera usarlo a él como mi protector, se debía a que veía en él una figura paterna, o porque siempre había admirado su visión de la vida, de la política y de la educación. Y a pesar de que habíamos tenido un distanciamiento desde hacía un año (este sí en la vida real), mi paso por el hospital había recuperado a un hombre que admiraba, y que finalmente con él me quedaba.

Me quedé con la esperanza que nos volviéramos a encontrar algún día. Ya no fue posible. Pero guardo y constato mi admiración por él y por lo que por hizo por muchas generaciones de educandos de este país. Hasta siempre Enrique.

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