La Mona Lisa, el icónico retrato que Leonardo da Vinci cuidó con esmero durante 16 años, refleja el perfeccionismo obsesivo del genio renacentista. Su frase, «Los detalles hacen la perfección, y la perfección no es un detalle», parece encapsular su meticuloso proceso creativo. Tras su muerte, la obra se convirtió en un fenómeno global: hoy atrae a unos 8 millones de visitantes anuales al Louvre, muchos de los cuales acuden exclusivamente para contemplar su enigmática sonrisa. Sin embargo, no todos quedan satisfechos; algunas críticas la señalan como «la obra maestra más decepcionante», debido a las aglomeraciones y su pequeño tamaño (77×53 cm).
Da Vinci rompió moldes al retratar a las mujeres con una profundidad psicológica inédita. Mientras sus contemporáneos se limitaban a exaltar la belleza superficial, él exploró la personalidad y emociones de sus modelos. En su Tratado de la pintura, recomendaba capturar la «modestia y reserva» femenina mediante luces y sombras sutiles, evitando poses rígidas. Sus retratos, como Ginevra de’ Benci o La dama del armiño, revelan miradas intensas y gestos que sugieren un mundo interior rico en matices, lejos de la idealización convencional.
Uno de sus primeros retratos, Ginevra de’ Benci (1474), destaca por su innovación. A diferencia de las representaciones de perfil típicas de la época, Da Vinci la pintó en tres cuartos, con una mirada frontal que desafía al espectador. El enebro (ginepro en italiano) en el fondo alude a su nombre, mientras su expresión seria y el paisaje brumoso reflejan la maestría del artista. Ginevra, poetisa admirada por su intelecto, fue retratada posiblemente por encargo de su amante platónico, Bernardo Bembo, en una época donde el «amor cortés» coexistía con los matrimonios arreglados.
En La dama del armiño (1490), Da Vinci plasmó a Cecilia Gallerani, amante del duque de Milán, Ludovico Sforza. El armiño que acaricia ha generado múltiples interpretaciones: símbolo de pureza, referencia al duque o incluso un velo para ocultar su embarazo. La obra, considerada el «primer retrato moderno», captura un instante de vida, con Cecilia girando la cabeza como si respondiera a un estímulo externo. Tras ser exiliada por la esposa del duque, Cecilia conservó el cuadro hasta su muerte, testimoniando su aprecio por el arte de Da Vinci.
La belle ferronnière, otro retrato vinculado a la corte de Sforza, posiblemente representa a Lucrezia Crivelli, otra amante del duque. Aunque su identidad se confundió por un error en el Louvre—asociándola erróneamente a una leyenda francesa—, la obra destaca por su aura de misterio. La mujer, separada del espectador por un parapeto, mira hacia algo fuera del cuadro, encapsulando la idea de Da Vinci de pintar «los movimientos del alma». Estas obras, más que celebrar la belleza, inmortalizan la complejidad femenina, un legado que sigue fascinando cinco siglos después.