Cientos de venezolanos están emprendiendo un peligroso viaje de regreso a su país, obligados por las políticas migratorias restrictivas de EE.UU. Aunque el gobierno estadounidense promueve la «autodeportación voluntaria» —incluso ofreciendo $1,000 a quienes se retiren—, la realidad es que muchos migrantes enfrentan riesgos similares o peores a los de su travesía original. Desde enero, más de 10,000 personas, casi todas venezolanas, han partido de Panamá en precarias embarcaciones hacia Colombia, según autoridades locales.
La ruta marítima se ha convertido en la única opción para quienes huyen de las deportaciones masivas y las amenazas bajo el segundo mandato de Trump. Panamá ha sellado el paso terrestre por el Tapón del Darién, empujando a los migrantes hacia barcos sobrecargados que navegan por aguas turbulentas del Caribe. En febrero, un niño de 8 años murió ahogado tras el naufragio de una de estas embarcaciones. Los viajes, que cuestan hasta $300 por persona, exponen a familias enteras a deshidratación, insolación y accidentes.
Para muchos, el retorno no significa seguridad. Venezolanos como Junior Sulbarán, quien cruzó siete países antes de rendirse en México, describen el viaje como un «sueño frustrado». Sin documentos —perdidos en la selva o vencidos— y con consulados inaccesibles, incluso llegar a su país se vuelve una odisea. «Todos nos ven como una mina de oro», lamentó Adrián Corona, otro migrante, refiriéndose a la extorsión que sufren en cada paso. En Puerto Obaldía, último punto antes de Colombia, bandas criminales controlan precios exorbitantes por comida o un lugar para dormir.
El gobierno de EE.UU. celebra esta tendencia como un éxito. «El mundo está escuchando que nuestras fronteras están cerradas», declaró Tricia McLaughlin del Departamento de Seguridad Nacional. Pero expertos como Juan Cruz, exasesor de Trump, advierten que los migrantes están «atrapados»: sin dinero, con deudas por el viaje fallido y bajo la amenaza de persecución en Venezuela por haber emigrado. En Texas y México, muchos venezolanos venden sus últimas pertenencias para costear vuelos escasos o viajes en buses hacia el sur, temiendo deportaciones separadas de sus hijos.
Aun así, algunos como Sulbarán planean volver a intentarlo. Tras reunirse con su hijo en Venezuela, él y su esposa pretenden huir nuevamente de la crisis económica. Su historia refleja un ciclo perverso: políticas migratorias hostiles no disuaden la migración, solo la hacen más mortal. Mientras, las embarcaciones siguen zarpando de Panamá, llenas de personas que, tras años de sufrimiento, ahora arriesgan sus vidas para volver al lugar del que una vez huyeron.
Con información de: The New York Times en Español.com