Opinión
Educación y Tecnología | El verdadero impacto de la tecnología y de las grandes ideas en la educación.
Published
4 años agoon
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admin
*Luis Lach.
Solemos exagerar y sobredimensionar lo que las TIC o cualquier entorno de aprendizaje, formal o informal, pueden lograr. Solemos inventar palabras rimbombantes, que a veces son más cosa de marketing que de realidad. Y no es que esté yo en contra de los nuevos entornos, todo lo contrario, pero debemos ser críticos de los cambios que en realidad provocan.

Decía Baden Powell, el fundador del movimiento scout «hay que dejar este mundo en mejores condiciones de como lo encontramos» Y para un movimiento juvenil de más de 100 años, descubrir que no se ha cambiado el entorno, puede ser frustrante. Por supuesto que habrá quien diga que el tamaño de los scouts, respecto del planeta, hace imposible dejar el mundo mejor de cuando lo encontramos sólo por la actividad de los jovencitos de pantalón corto. Y es cierto. El planeta sólo mejorará cuando los dueños de los capitales dejen de depredar al planeta, con la connivencia de gobiernos del mundo. Eso sí, simbólicamente es fundamental tener movimientos educativos y juveniles poniendo en la mesa los temas más serios para nuestra supervivencia: medio ambiente, pobreza, género, acceso a nuevas tecnologías, etcétera. Pero hay que tener claridad en el alcance de grupos de la sociedad civil, que son pequeños respecto de las necesidades del planeta. Esto es, somos la conciencia, -el Pepe Grillo-, que pone en la mesa el sueño de un mundo mejor.
En el terreno de las nuevas tecnologías, usamos palabras que suenan maravillosas, como «prosumidores», que en el papel suenan estupendo, o quizás un poco a marketing. El caso es que abandonar el puro consumo estamos muy lejos. Ojalá llegue el día en que produzcamos y consumamos como sociedad, pero estamos lejos de que eso se ejecute de forma estructural. Al día de hoy se usan términos acuñados como este para presumir en congresos.
¿Somos hoy más tontos?
Recientemente se publicó un estudio realizado en Noruega a más de 700,000 jóvenes de entre 18 y 19 años de edad, encontrando que el coeficiente intelectual había bajado alrededor de 7 puntos desde los años 70, hasta la actualidad. No hay alarmarse, ya que el estudio que se realizaba en los años 70 tenía un contexto muy diferente. Las tecnologías de aquel entonces son muchos más primitivas que las de hoy en día. Progresivamente las TIC nos han facilitado la vida. Yo recuerdo que antes yo me sabía de memoria los números telefónicos de todo mundo, y era un ejercicio maravilloso. Pero llegaron las tecnologías y ahora es difícil incluso que sepas desde qué número te llega una llamada, para eso está el aparato que lo recuerda por ti. O el caso que hemos venido comentando anteriormente de la Inteligencia artificial, la cual nos facilita incluso el ya no tener que redactar un texto. Todos estos avances deberían suponer que vamos dejando de hacer labores mecánicas, para que lo hagan aparatos, y nos dediquemos a labores más intelectuales y de mayor profundidad. Y eso es lo que no está sucediendo. Y de allí la distancia entre el IQ (coeficiente intelectual) de los años 70 y la actualidad. ¿Y qué hacer?
¿La nueva pedagogía es un error?…
Así comienza su crítica al modelo educativo activo, centrado en el estudiante, que hemos defendido desde el principio como modelo a seguir. Inger Enkvist es entrevistada por El País, y centra su crítica en los factores que no están ayudando a mejorar los aprendizajes de los estudiantes. Si bien critica las nuevas tecnologías, lo que en realidad hace es criticar sus usos. Podríamos resumir su postura en lo siguiente:
1. Se requiere más disciplina y horas de trabajo en un estudiante. Considera que es un engaño el pretender dulcificar el cómo se les presenta la escuela a los estudiantes. Por ejemplo con salones con cojines para que estén más cómodos los estudiantes.
2. Valora el que los colegios limiten el ingreso de dispositivos móviles a las escuelas, y que también debería suceder eso en casa.
3. Ella considera que a la escuela se va a trabajar y estudiar y no simplemente a hacer actividades.
De principio se puede reaccionar, en favor o en contra, a todo o nada con relación a su postura, y nos meteríamos a discusiones polarizantes que tanto aburren últimamente y que no ayudan. Yo ponderaría su punto de vista de la siguiente manera:
PROS
1. Si tomamos en cuenta lo que nos habla el estudio noruego, algo hay qué hacer para que no siga bajando el IQ y terminemos como los gorditos de la película Wall-e. Esto es, unos verdaderos inútiles. La propuesta de Inger Enkvist es regresar a la disciplina y el trabajo constante.
2. Como he defendido antes, la memorización es un elemento que no debe ser erradicado de la educación, aunque muchas cosas las haga ya una máquina.
3. Todo cambio tecnológico no es bueno, ni malo, lo que no tiene es remedio. Y el periodo que nos lleva adaptarnos al nuevo entorno es crítico. Y parte de ello es plantearnos de qué forma lo que las tecnologías liberan de trabajo a nuestros cerebros son sustituidos por experiencias más retadoras y profundas. Y en este sentido, la visión de Inger Enkvist me parece que hace sentido. No se trata de adoptar herramientas sólo porque es lo nuevo. Debemos procesarlas, adaptarlas, dominarlas y nosotros dar un paso intelectual hacia adelante, y eso se hace sólo con trabajo. Lo demás puede ser una peligrosa apuesta de la que ya nos está advirtiendo nuestra caída en el coeficiente intelectual.
CONTRAS
1. También noto que la propuesta es como un lamento del pasado. Aprecio la visión del trabajo disciplinado y constante de los estudiantes, y me imagino la visión de la maestra con un docente al frente y al centro del proceso. Lo que no comparto es que los nuevos entornos sean malos. De hecho, no son tan nuevos, vienen de Piaget, Vygosky y compañía.
2. También se requiere la adaptación a nuevas teorías pedagógicas. No me parece que sean una forma de justificar una dictadura de los estudiantes. En ese sentido, sí que la visión de Enkvist es un tanto una nostalgia de otros tiempos.
En resumen, no considero que las nuevas pedagogías vayan a desaparecer, ni es lo deseable, pero si queremos que el aprendizaje no sólo sea divertido, estimulante, basado en proyectos, etcétera, debemos asegurarnos que haya profundidad en el mismo. Allí coincido plenamente con Enkvist. Un ejemplo, yo coordiné algunos años las delegaciones de la Feria Mexicana de Ciencias e Ingenierías que iban a la feria Intel ISEF, de la cual ya hemos hablado anteriormente. Eran 4 ferias y en cada una teníamos un evento regional al cuál invitábamos a científicos o educadores renombrados nacionales o incluso internacionales que hablaran de ciencia con los estudiantes. Como siempre, algunas buenas, otras malas. Recuerdo alguien que platicaba de hacer ciencia como ir a la feria a divertirse mucho (lo curioso es que esta persona, a pesar de haber estudiado un área científica era el administrador de una empresa patrocinadora del evento. O sea, no hacía ciencia, pero bien que recomendaba hacerla). Esto particularmente no ayuda, porque en cuanto el estudiante se encuentra con dificultades en su proyecto científico, hay un riesgo importante de que abandone. Un caso diferente fue el de René Drucker Colín, el afamado científico mexicano de la UNAM, quien en el plano profesional aportó avances importantes en el área del mal de Parkinson. Él se presentó en la Feria de Guadalajara en el Tec de Moneterrey. Su charla podría haber sido de: Porqué dios me hizo tan inteligente; o porqué debes estudiar ciencia niño…es padrísima. En lugar de ello les fue presentando un proyecto que estaba realizando en tiempo presente (no recuerdo bien el proyecto, y no quiero inventar), y los fue llevando a los estudiantes paso a paso con lo que iba haciendo, las fuentes que tenía qué consultar, los obstáculos que le aparecían y cómo los iba resolviendo y la cantidad de trabajo que tenía qué atender en todo este proceso. Al final, les había presentado, sin él saberlo, ni pretenderlo, el protocolo científico que los estudiantes estaban presentando en esos momentos. No les prometió un viaje fantástico y lleno de emociones…les habló con la verdad y eso resultó muy estimulante a la audiencia.
Pienso que de eso se trata, no de hacer frases que vayan al marketing. Se trata de incorporar las nuevas pedagogías, pero sin abandonar los elementos fundamentales que enseñan a los estudiantes disciplina, trabajo y resultados.
Saludos,
Mis redes sociales:
Correo: luislach@drafconsultores.com
Facebook: https://www.facebook.com/luislach00
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Educación
El fin de la escuela: ¿estamos educando o simplemente pasando de grado?
Published
10 horas agoon
21 de septiembre de 2026By
admin
El Confesionario
Por Ray Zubiri
Hay películas que uno ve, comenta y olvida. Y hay otras que terminan cuando aparecen los créditos, pero comienzan realmente cuando uno sale de la sala. El fin de la escuela, documental dirigido por Carlos Armella, protagonizado por Ana Serradilla y creado y producido ejecutivamente por Juan Alfonso Mejía, pertenece a esta segunda categoría.
Porque aquí no estamos frente a una película que pretende decirnos simplemente que la escuela está mal. La pregunta es mucho más incómoda: ¿para qué queremos la escuela? Y esa pregunta, queridos lectores, no es exclusiva de maestros, directores o autoridades educativas. También es para nosotros como padres, madres, estudiantes y ciudadanos.
Juan Alfonso Mejía con quien tuve el gusto de platicar lo dice de manera contundente: “El fin de la escuela es aprender o de lo contrario será su fin.”
Y ahí empieza el problema.
Porque durante años hemos confundido aprender con pasar de año, aprender con sacar buenas calificaciones, aprender con llenar libretas, aprender con memorizar para un examen o aprender con obtener un certificado. Pero una boleta llena de dieces no necesariamente significa que un niño comprende lo que lee, sabe resolver un problema, puede distinguir información verdadera de falsa o tiene herramientas para enfrentar la vida.
La película nos obliga a detenernos frente a una realidad que muchas veces preferimos no mirar. Mientras los adultos discutimos planes de estudio, reformas, libros de texto, métodos y discursos, hay niños que avanzan de grado arrastrando enormes huecos de aprendizaje. Y esos huecos no desaparecen mágicamente. Se acumulan.
Mejía utiliza una imagen que me parece brutalmente precisa: “aprender creo que es rechazar tu presente como destino.”
¿Qué significa esto? Que enseñar a leer a un niño no es solamente enseñarle a juntar letras. Es darle acceso a otro mundo. Es permitirle comprender una noticia, cuestionar una mentira, conocer sus derechos, imaginar otra vida y descubrir que su código postal no tiene por qué convertirse en una sentencia.
Y aquí viene la parte que más duele: no todos los niños tienen las mismas oportunidades de llegar al final del camino educativo.
Mejía plantea en la conversación que la escuela puede ser, para muchos niños, “su único tren” y que si lo pierden quizá no exista otro que llegue después.
Por eso resulta demasiado cómodo pensar que mientras nuestros hijos estén bien, todo está bien. No.
Si un niño abandona la escuela porque nunca logró comprender lo que le estaban enseñando, el problema no terminó cuando dejó de asistir. El problema se trasladó a la sociedad. Porque ese niño será mañana un joven con menos posibilidades, un adulto con menos herramientas y, posiblemente, una persona que habrá aprendido desde muy temprano que el sistema no estaba diseñado para él.
Y entonces la pregunta deja de ser solamente educativa. Se convierte en una pregunta social.
¿Qué sociedad estamos construyendo cuando aceptamos que algunos aprendan y otros simplemente sobrevivan?
El documental también pone sobre la mesa algo que como padres debemos reconocer: muchas veces entregamos a la escuela responsabilidades que también nos corresponden. Queremos que nuestros hijos estén seguros, que aprendan, que sean disciplinados, que sepan convivir, que sean críticos y que tengan futuro, pero no siempre preguntamos qué podemos hacer nosotros para que eso ocurra.
Yo mismo, mientras veía El fin de la escuela, terminé haciéndome esa pregunta: ¿qué estoy haciendo yo?
Y creo que esa es una de las mayores virtudes de este proyecto: no permite que el espectador se esconda detrás de “la culpa es de la escuela”, “la culpa es del gobierno”, “la culpa es de los maestros” o “la culpa es de los padres”.
Mejía propone algo mucho más cercano y, al mismo tiempo, mucho más difícil: mirar la escuela que tenemos enfrente.
Lo dice así: “olvídense de las reformas educativas” y concentremos la atención en “esa escuela que tienen más cercana a su casa”, porque ahí comienza la transformación.
Esto es particularmente importante porque México no es un solo país educativo. No es lo mismo estudiar en una comunidad rural que en Puebla capital; no es lo mismo crecer en una zona con violencia que en una colonia con todos los servicios; no es lo mismo tener una madre o un padre que puede acompañar diariamente las tareas que crecer en una familia donde el adulto responsable tiene que salir a trabajar todo el día.
Por eso no podemos pretender que una misma receta funcione para todos.
La escuela tiene que recuperar algo que parece haberse perdido en el camino: el sentido de aprender.
Y aquí aparece otro enemigo silencioso: la obsesión por cumplir.
Cumplir con el programa. Cumplir con las tareas. Cumplir con las páginas. Cumplir con las calificaciones. Cumplir con el calendario.
¿Y si en medio de tanto cumplimiento dejamos de preguntarnos si nuestros niños están aprendiendo?
Porque podemos avanzar en el calendario escolar mientras un niño sigue sin comprender lo que lee.
Podemos enseñar fracciones mientras otro todavía no domina las operaciones básicas.
Podemos hablar de pensamiento crítico mientras castigamos cualquier pregunta que cuestione al adulto.
Podemos llenar salones de tecnología mientras el estudiante utiliza la herramienta para pensar menos.
Y aquí aparece también la discusión sobre los teléfonos celulares y la inteligencia artificial. El problema no es únicamente la tecnología. El verdadero desafío es decidir para qué la estamos utilizando. Una herramienta que debería ayudarnos a pensar no puede convertirse en una máquina para evitar pensar.
La escuela necesita volver a ser comunidad necesita recuperar la conversación cara a cara, la curiosidad, el error, la creatividad y la capacidad de hacerse preguntas. Necesita dejar de tenerle miedo al alumno que pregunta “¿por qué?”.
Porque quizá ese niño que pregunta demasiado no está interrumpiendo la clase. Quizá está aprendiendo.
Y aquí viene la parte esperanzadora de El fin de la escuela: la película no nos dice que todo está perdido. Al contrario. Nos dice que todavía podemos hacer algo.
No mañana.
Hoy.
Podemos comenzar preguntándole a nuestros hijos qué aprendieron y no solamente qué calificación obtuvieron.
Podemos leer con ellos.
Podemos preguntarles qué piensan de una noticia.
Podemos enseñarles a distinguir una mentira de un hecho.
Podemos permitirles equivocarse.
Podemos acercarnos a los maestros no únicamente cuando hay un problema, sino para preguntar qué podemos hacer juntos.
Podemos preguntarle a nuestra escuela qué necesita.
Podemos dejar de pensar únicamente en “mi hijo” y comenzar a pensar también en los demás niños.
Porque una comunidad educativa no puede construirse bajo la lógica de “mientras mi hijo esté bien, los demás no son asunto mío”.
El futuro de nuestros hijos también depende del futuro de los hijos de los demás.
Y quizá esa sea la conversación más importante que propone esta película.
Juan Alfonso Mejía lo resume en una frase que debería quedarse pegada en las paredes de nuestras escuelas: “no les dé miedo romper el molde”.
Yo agregaría algo desde este espacio: no tengamos miedo de volver a preguntar para qué estamos educando.
Porque si la respuesta es únicamente para aprobar exámenes, estamos llegando tarde.
Si es únicamente para obtener un título, también.
Si es únicamente para conseguir un empleo, la pregunta se queda corta.
La educación tiene que servir para que una persona pueda comprender el mundo, cuestionarlo, convivir con otros, resolver problemas, desarrollar sus capacidades y construir una vida con mayores posibilidades.
Por eso El fin de la escuela no debería terminar en una sala de cine.
Debería llegar a las escuelas.
A las reuniones de padres.
A las universidades.
A las salas de maestros.
A las conversaciones familiares.
A las comunidades.
Y también a la radio.
Porque si algo he aprendido haciendo De Todo Un Poco es que educar y entretener no son enemigos. Que una conversación puede enseñar. Que una historia puede despertar curiosidad. Que una pregunta puede abrir una puerta.
La escuela no está solamente dentro de cuatro paredes.
La escuela somos todos.
Y si queremos cambiarla, quizá el primer paso no sea esperar la próxima gran reforma educativa.
Quizá sea caminar hasta la escuela que está en la esquina de nuestra casa y preguntar, con absoluta honestidad:
¿Qué necesitan nuestros niños para aprender de verdad?
La respuesta puede ser incómoda.
Puede doler.
Puede obligarnos a cambiar.
Pero también puede abrir una posibilidad.
Porque mientras haya un niño que todavía pueda descubrir que leer le permite imaginar otro futuro, mientras exista un maestro dispuesto a romper el molde, mientras haya un padre dispuesto a involucrarse y mientras una comunidad decida que ningún niño debe quedarse atrás, la historia todavía no está escrita.
Y tal vez ese sea, precisamente, el verdadero comienzo de la escuela.
El fin de la escuela llega a los cines el 24 de septiembre de 2026.
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Educación
A 100 años de la Guerra Cristera de México: Lo que debes saber.
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2 semanas agoon
11 de septiembre de 2026By
admin
Educación
Germán Bricio: el mexicano que se prepara para tocar el espacio y convertir un sueño en legado
Published
3 semanas agoon
3 de septiembre de 2026By
admin
El Confesionario
Por Ray Zubiri
Hay entrevistas que terminan cuando se apaga el micrófono y hay otras que se quedan dando vueltas en la cabeza. La charla que tuve con Germán Bricio pertenece a la segunda categoría. Y es que hablar con un mexicano que se prepara para viajar al espacio no es precisamente una conversación de todos los días.
Lo primero que pensé cuando tuve a Germán frente al micrófono fue: ¿qué se le pregunta a un hombre que está a punto de cumplir uno de esos sueños que parecían imposibles? Así que fui directo al punto: ¿cómo termina un empresario mexicano preparando las maletas para viajar al espacio?
Germán me respondió con una frase que, desde ese momento, se convirtió en el hilo conductor de nuestra conversación: “Muchas veces no es que dejemos de soñar, dejamos de creer”.
Y ahí entendí que esta historia no comenzaba en una nave espacial, sino muchos años atrás, en la habitación de un niño que tenía pósteres del Apolo 11, de la Luna y de los astronautas. “Yo de niño tenía esta ilusión”, me contó. Soñaba con viajar al espacio, pero con el paso de los años comenzó a pensar que ese sueño no era para él. No era científico, no trabajaba en la NASA y, por lo tanto, parecía imposible.
Germán fue seleccionado por Blue Origin, la compañía aeroespacial fundada por Jeff Bezos, para formar parte de una futura misión suborbital. De concretarse el vuelo, se convertiría en un referente histórico para México como empresario civil que alcanza el espacio sin haber seguido la tradicional formación de un astronauta.
—Germán, pero explícame una cosa: ¿qué se siente saber que vas a viajar al espacio?
“Una persona civil común como yo, un empresario que no somos científicos, matemáticos, que no trabajamos en la NASA o somos americanos, podemos soñar y lograr ir al espacio”.
Y creo que ahí está precisamente lo extraordinario de su historia. No se trata solamente de que Germán pueda viajar al espacio; se trata de que representa la posibilidad de que alguien que alguna vez pensó que un sueño era imposible pueda volver a creer en él.
Germán me explicó que serán seis pasajeros en la cabina y que el vuelo será suborbital. La cápsula alcanzará la llamada línea de Kármán, ubicada aproximadamente a 100 kilómetros de altura, que convencionalmente marca el límite del espacio.
—¿Te consideras astronauta?
“No me gusta denominarme astronauta”, me dijo. “Sino viajero espacial”.
Y esa expresión me gustó. Porque quizá Germán entiende que todavía está viviendo el proceso, que está a punto de convertirse en parte de una historia que apenas comienza.
Después vendrán unos minutos de ingravidez, la cápsula iniciará el descenso y finalmente aterrizarán en el desierto de Texas mediante paracaídas.
Yo no pude evitar imaginar la escena y le pregunté:
—O sea, ¿vamos a verte flotando en el espacio?
La respuesta fue sí, aunque con una precisión importante: no dará la vuelta a la Tierra. Precisamente por eso se denomina vuelo suborbital. La cápsula sube, atraviesa la línea de Kármán, los pasajeros experimentan unos minutos de microgravedad y posteriormente regresan a nuestro planeta.
Durante la entrevista le pregunté algo que considero fundamental:
—¿Dónde está el empresariado mexicano? ¿Por qué no estamos soñando en grande?
Germán fue directo: “Nosotros tenemos que soñar, que soñar en grande, que creérnoslas”.
Y agregó una frase que me pareció particularmente mexicana:
“No soñar en el quinto partido, soñar en que podemos ser los campeones del mundo”.
Ahí entendí que su viaje al espacio también tiene una intención simbólica. Quiere que otros mexicanos comprendan que no hay que conformarse con pensar que ciertas cosas solamente pueden ocurrir en otros países.
“México necesita referentes”, me dijo. “Necesitamos gente a quien seguir, necesitamos líderes en los que podamos replicar cosas buenas para poderlas poner en práctica en nuestra vida, para poder crecer como personas, como mejores seres humanos”.
Cuando le pregunté sobre la preparación, me explicó que deberá mantener una buena condición física y mental, además de recibir capacitación especializada en Texas. El lanzamiento alcanzará aproximadamente 3,700 kilómetros por hora y hasta el asiento de la cápsula será adaptado a sus medidas corporales.
Pero entonces le hice una pregunta mucho más personal:
—¿Qué se necesita para cumplir un sueño?
Su respuesta fue sencilla:
“No puedes tener éxito si no hay un sacrificio, si no hay un esfuerzo”.
Y después remató con una frase que bien podría convertirse en una regla de vida:
“A través de esta persistencia, del trabajo constante, del caernos y levantarnos, caernos y levantarnos como podemos lograr nuestros sueños”.
Eso es quizá lo que más me gustó de nuestra conversación. Porque cuando hablamos de viajar al espacio solemos pensar en tecnología, millones de dólares, cohetes y grandes empresas. Pero Germán terminó llevando la conversación a algo mucho más sencillo: trabajo, disciplina y perseverancia.
Hay una experiencia que Germán espera con especial emoción: mirar la Tierra desde el espacio.
Me explicó que cuando uno observa nuestro planeta desde afuera ocurre algo que puede cambiar la perspectiva. Ya no se ven las fronteras. No se ve México, Estados Unidos, Europa o Asia como los conocemos en un mapa. Se ve un solo planeta.
Inevitablemente llegó la pregunta incómoda.
—¿Cuánto cuesta viajar al espacio?
Germán sonrió, pero la respuesta no pudo ser revelada. Blue Origin no le permite hacer pública esa información. Lo que sí dejó claro es que se trata de una experiencia costosa y que conseguir un asiento tampoco es sencillo, pues existen personas de distintas partes del mundo esperando una oportunidad.
Aunque inicialmente el vuelo estaba contemplado para 2026, la misión se encuentra temporalmente pausada debido a las prioridades de Blue Origin relacionadas con sus proyectos lunares. Por ello, todavía tendremos que esperar la fecha definitiva del lanzamiento.
Pero mientras ese día llega, Germán ya comenzó otro viaje: el de convencer a otros mexicanos de que también pueden alcanzar sus sueños.
Y al final de nuestra conversación le pregunté:
—Germán, ¿qué le dirías a un joven que tiene un sueño, pero piensa que es imposible?
“Así como yo puedo soñar y puedo ir al espacio, ¿cuál es tu sueño que tú puedes lograr y que todos podamos celebrar?”
Me quedo con eso.
Porque quizá no todos vamos a viajar al espacio. Pero todos tenemos un lugar al que queremos llegar.
Y mientras Germán Bricio se prepara para cruzar la línea de Kármán, nosotros podemos comenzar por cruzar nuestras propias líneas de miedo, de conformismo y de incredulidad.
Al final, quizá ésa sea la verdadera enseñanza de esta historia: los sueños no siempre mueren; a veces solamente están esperando que volvamos a creer en ellos.
Y sí, querido lector, aquí entre nos… ¿tú ya volviste a creer en el tuyo?
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