Opinión

El comentario de: Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros

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II Domingo de Cuaresma, ciclo C

Este es mi Hijo, escúchenlo (cf. Lc 9, 28-36)

+Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros

Generalmente nos quedamos con lo que vemos de inmediato. Por eso nos enganchamos con las cosas pasajeras de esta vida y con las penas, los problemas y los fracasos del momento, como si no hubiera algo más. Eso nos impide avanzar. Nos incapacita para saber transformar las dificultades en oportunidades.

Dios, que nos creo y que nos ama, lo sabe. Por eso, para ayudarnos, se hizo uno de nosotros en Jesús, que, transfigurándose, nos hace mirar la totalidad del recorrido y la meta: ser ciudadanos del cielo[1], para que así nos decidamos a avanzar, sin atorarnos en los éxitos y los sufrimientos transitorios. ¿Y cómo se avanza? Amando y haciendo el bien.

Sin embargo, amar no es sencillo. ¡Cuántas canciones, poesías, novelas y frases lo comprueban! Porque aunque es fácil amar cuando las cosas van bien, es muy difícil hacerlo cuando se ponen mal. Jesús lo sabe; sabe que nos gusta la parte romántica y bonita del amor, pero que nos cuesta seguir amando cuando las cosas se ponen difíciles.

Por eso nos echa la mano, como hizo con Pedro, Santiago y Juan en un momento clave; porque se acercaba la hora en que tendría que vencer al mal y la muerte, y hacer triunfar el bien y la vida, con el único poder capaz de hacerlo: el amor; un amor que es darlo todo, en las buenas y en las malas, para hacer que todo mejore.

Amando hasta el extremo de padecer, morir y resucitar, Jesús nos ha liberado del pecado y nos ha unido a Dios, en quien somos felices por siempre. Así nos demuestra que, para lograr algo, el amor debe ser completo. Porque si nos quedamos solo en su primera etapa, que es la emoción, cuando haya que enfrentar una pena o un problema, nos quedaremos estancados, sin saber cómo salir adelante.

Transfigurándose, Jesús nos hace ver la meta que nos aguarda, si nos decidimos a vivir un amor completo. “Cuando el Señor se transfigura –dice san Beda–, nos muestra la gloria de su resurrección y la nuestra”[2]. “Mostrando su gloria –comenta el Papa–, nos asegura que… las pruebas… que enfrentamos tienen solución[3]. Así, Dios amplía nuestros horizontes; nos invita, como hizo con Abram, a alcanzar algo infinitamente grande, confiando en él y haciendo lo que nos pide[4].

Además, en su transfiguración, Jesús nos demuestra lo que pasa cuando nos unimos a Dios, a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas; que nos llenamos de luz y la irradiamos a los demás.

Si le haces caso a Jesús, como nuestro Padre Dios nos pide, verás todo más claro y completo; descubrirás la bondad de Dios[5], y podrás decidir mejor. Así serás capaz de reflejar su amor, echándole la mano a tu familia y a los demás para que tengan una vida mejor, y sepan elegir lo que hace la vida plena y eterna: amar y hacer el bien.


[1] Cf. 2ª Lectura, Flp 3,17-4,1.

[2] En Catena Aurea, 9928.

[3] Ángelus, 17 de marzo de 2019.

[4] Cf. 1ª Lectura: Gn 15, 5-12.17-18.

[5] Cf. Sal 26

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