Opinión

El comentario de: Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros

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III Domingo de Cuaresma ciclo C

La higuera infecunda (cf. Lc 13,1-9)

Cuando vemos cosas terribles, como accidentes, violencias, guerras y asesinatos, nos sentimos espantados, confundidos y desanimados. Lo mismo le pasó a los paisanos de Jesús al ver la masacre que ordenó Pilato. ¿Porqué permitió Dios esa matanza? ¿Fue un castigo por sus pecados? Como no entendían, fueron a ver a Jesús, que se encontró con ellos, los escuchó y los ayudó a comprender las cosas.

Él, en quien Dios se ha hecho uno de nosotros, sigue caminando a nuestro lado y nos escucha a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas, para sacarnos adelante. Así lo demuestra al escuchar a su pueblo, liberarlo y llevarlo a una tierra buena [1]. De esta manera anunciaba lo que iba a hacer con nosotros: enviar a Jesús para liberarnos del pecado y llevarnos a él, en quien somos felices por siempre.

Sin embargo, nos puede pasar lo que a algunos del pueblo, que aunque Dios los liberó, se quedaron a medio camino y no llegaron a la meta. ¿De quién fue la culpa? De ellos mismos, porque decidieron seguir su propio camino y dejaron de caminar junto a Dios y a sus hermanos. Por eso se perdieron. ¿Y saben qué? Que lo mismo puede pasarnos. Por eso san Pablo advierte: “el que crea estar firme, tenga cuidado de no caer”[2].

Eso es lo que Jesús quiere que entendamos a través de una parábola, en la que nos hace ver que no debemos quedarnos en el morbo, la confusión, el miedo o el desanimo ante lo que sucede, sino hacer algo, conscientes de que Dios nos ha sembrado en su campo, que es nuestra familia, nuestra comunidad y nuestro mundo, para que demos fruto.

Y para ayudarnos, Jesús, dándolo todo, nos ha liberado del pecado y nos ha compartido su Espíritu de modo que, llenos de su amor, amemos y hagamos el bien. Porque quedarnos en el susto, imaginar teorías de porqué suceden las cosas y desanimarnos, no resuelve nada. ¡Hay que hacer algo para que las cosas mejoren!

Pregúntate, ¿Qué puedo hacer para que las cosas mejoren en mi matrimonio, en mi familia y en mis ambientes? ¿Qué puedo hacer para que esa persona que está enferma, sola, confundida, necesitada o encadenada a un vicio o una adicción salga adelante? ¿Qué puedo hacer para que aquellos que han dejado de caminar junto a Dios y su Iglesia, o los que nunca lo han hecho, lo hagan de nuevo o comiencen a hacerlo?

No perdamos el tiempo. No tengamos, como dice el Papa, una existencia incapaz de hacer el bien[3]. No olvidemos los beneficios de Dios[4]. Y como él, tengámosle paciencia a los que no dan fruto. En lugar de condenarlos, echémosles la mano para que lo hagan. Porque como dice san Gregorio Nacianceno: no sea que cortemos la higuera que todavía puede dar fruto”[5].


[1] Cf. 1ª Lectura: Ex 3,1-8.13-15.    

[2] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 10,1-6.10-12.

[3] Cf. Ángelus, 24 de marzo 2019.

[4] Cf. Sal 102.

[5] Cf. en Catena Aurea, 10306.

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