Opinión

El comentario de: +Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros

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XXIX Domingo Ordinario ciclo B

El hijo del hombre ha venido a servir (cf. Mc 10, 35-45)

¡Te gané! ¿Cuántas veces pensamos o decimos algo así? Porque, siendo honestos, nos gusta tener la última palabra, brincarnos las trancas, dominar y lograr que se haga lo que nosotros queremos. Esa tentación nos acecha a todos ¡Hasta a los apóstoles! Así le pasó a Juan y a Santiago, que, como explica Crisóstomo, le pidieron a Jesús tener supremacía sobre los demás[1].

¿Pero porqué buscamos imponernos? Porque parece la única manera de salir adelante. Sin embargo, en realidad, con eso provocamos injusticias y conflictos que lastiman a los que nos rodean, y que tarde o temprano se nos revierten. ¿A caso no muchos pleitos en casa y en la sociedad son luchas de poder? ¿Qué son los berrinches, los chismes, las trampas y la violencia, sino intentos de someter a la familia y a los otros?

Pero Jesús nos hace ver que puede ser diferente; que el auténtico éxito lo alcanza el que ama y contribuye a construir un hogar y un mundo en el que él y los demás puedan vivir en paz. ¡Jesús mismo lo ha hecho! Enviado por el Padre, nos liberó del pecado y mejoró nuestra existencia haciéndonos partícipes de la vida por siempre feliz de Dios[2]. Así nos demuestra que solo el amor, que es servicial, puede ofrecernos una vida digna y un futuro.

Abramos los ojos. No dejemos que la infección del poder nos hinche de tal manera que, como dice san Agustín, parezcamos grandes, cuando en realidad estamos enfermos[3]. Escuchemos a Jesús, que, como dice el Papa: “Nos invita a pasar del afán del poder al gozo de servir”[4].

Así nos liberaremos de la ansiedad de luchar para someter a los que nos rodean, y alcanzaremos la tranquilidad de ser felices haciéndolos felices. Para eso, acerquémonos al Señor[5], a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía y de la oración, y pidámosle su ayuda[6]. Él nos dará la fuerza de su amor para que, amando y sirviendo, alcancemos la verdadera grandeza que nunca acabará.


[1] Homiliae in Matthaeum, hom. 65, 2.

[2] Cf. 1ª Lectura: Is 53, 10-11 /o Is 60, 1-6.

[3] Cf. Sermón 16.

[4] Homilía Santa Misa, XXIX Domingo Ordinario,  18 de octubre de 2015.

[5] Cf. 2ª Lectura: Hb 4, 14-16.

[6] Cf. Sal 32.

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