VII Domingo Ordinario ciclo C
Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso (cf. Lc 6, 27-38)
+Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros
San Juan XXIII agonizaba. Su secretario, Monseñor Capovilla, se acercó para despedirse de él. Entonces el Papa, sabiendo que llegaba la hora de partir, haciendo un balance de lo que habían vivido, le dijo: “Hemos trabajado. Hemos servido a la Iglesia. No nos hemos detenido a recoger las piedras que, de una y otra parte, nos lanzaban. Y no las hemos vuelto a lanzar a ninguno”[1].
¿Cómo le hizo el “Papa Bueno” para seguir adelante, sin engancharse con lo que le hacían los que no lo querían? Teniendo clara la meta. Porque cuando perdemos de vista el recorrido completo, nos anclamos en una parte del todo; nos quedamos atorados en los maltratos que sufrimos, cargando el peso del enojo, el resentimiento y el deseo de venganza. Y así, no avanzamos. Nos atascamos.
¿Quieres condenarte a eso? ¿Quieres encadenarte al daño que te han hecho? ¿Quieres aprisonarte en la cárcel de la tristeza, el enojo y el resentimiento? ¿Quieres depender de lo que los demás digan y hagan para decidir lo que vas a ser, a decir y hacer? ¿Quieres perder el tiempo, que nunca regresa, pensando en cómo desquitarte?
Si en lugar de eso quieres ser libre, sentirte liviano y seguir adelante, date la oportunidad de encontrate con Jesús y de escucharlo en su Palabra, en la Liturgia, en la Eucaristía, en la oración y en las personas. Así distinguirás la meta: llegar a ser celestial[2], ¡pleno, como él! ¿Cómo? Siendo misericordioso, como nuestro Padre es misericordioso. Él es así. Lo es siempre y con todos. Es proactivo, no reactivo.
Por eso no nos trata como merecen nuestros pecados[3], sino que envió a su Hijo para que, hecho uno de nosotros y amando hasta dar la vida, nos liberara del pecado, nos compartiera su Espíritu y nos hiciera hijos suyos, partícipes de su vida por siempre feliz. Somos hijos de Dios, recuerda san Juan Crisóstomo, no bestias feroces[4]. Parezcámonos a nuestro Padre, y amemos y hagamos el bien a todos, incluso a los que no nos quieren.
Así supo hacerlo David; a pesar de que Saúl quería matarlo, aunque tuvo la oportunidad de terminar con su vida, no lo hizo. No se dejó llevar por el resentimiento, ni por la conveniencia[5]. Entendió que, como dice el Papa: “El amor misericordioso es el único camino a seguir”[6]. Ese amor misericordioso que, como explica Jesús, consiste en tratar a los demás como queremos que ellos nos traten a nosotros.
Quizá te perezca imposible amar y hacer el bien a los que te hacen la vida difícil, y echarle la mano a los demás, sin esperar algo a cambio. Pero con la ayuda de Jesús podrás ver el recorrido completo y, como decía un estratega, ceder una ventaja transitoria para alcanzar beneficios a largo plazo[7]. ¿Qué beneficios? Realizarte, vivir en paz, construir una familia y un mundo mejor, y ser eternamente feliz.
[1] Cf. Entrevista de Sergio Zavoli a Mons. Capovilla en Jesús, n. 6, 2000.
[2] Cf. 2ª Lectura: 1 Cor 15, 45-49.
[3] Cf. Sal 102.
[4] Cf. Catena Aurea, 9627.
[5] Cf. 1ª Lectura: 1 Sam 26,2-23.
[6] Audiencia general, 21 de septiembre de 2016.
[7] Cf. SUN TZU, El arte de la guerra, Ed. Coyoacán, México, 2003 , n. 7.23.