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El comentario: Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros

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I Domingo de Adviento, ciclo C

Se acerca la hora de su liberación (cf. Lc 21,25-28. 34-36)

+Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros

La vida y el mundo son una maravilla. Por eso san Paulo VI decía que, a pesar de sus altibajos, de sus oscuros misterios y de sus sufrimientos, esta vida es un prodigio extraordinario, digno de ser cantado con gozo. Y que este universo de tantas bellezas, de tantas fuerzas y de tantas profundidades, es un panorama encantador[1].

Sin embargo, en el fondo sentimos que esto no puede ser todo; que debe haber algo más. Algo muchísimo mejor y más bello, que nos llene totalmente, sin límites y sin final. Y hoy Jesús lo confirma al anunciarnos que, aunque todo se termine, incluso aquello que parecía indestructible, él, que vino a salvarnos, volverá para hacerlo más perfecto, como explica san Eusebio[2].

Por eso exclama: “Levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación”. Es como si dijera: “¡Anímense! Vean más allá de lo inmediato, más allá de las cosas de esta tierra, de los éxitos pasajeros, de las alegrías efímeras, de las penas que se pasan y de los problemas que se terminan, y pongan su mirada en la meta maravillosa que les aguarda: el encuentro definitivo con Dios, en quien serán felices por siempre”.

Para eso lo envió el Padre, autor de cuanto existe. Para eso se hizo uno de nosotros y lo dio todo. Para eso nos compartió su Espíritu y nos unió a sí mismo: para ponernos a salvo[3]; para rescatar a la creación del lío en que la metimos al pecar, y renovar todas las cosas haciéndonos hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eterna.

Solo nos pide dejarnos salvar. ¿Cómo? Estando atentos, orando y distinguiendo lo saludable de lo nocivo, como aconseja san Basilio[4]. Precisamente el Adviento nos ayuda a hacerlo; nos prepara para recibir a Jesús, celebrando su nacimiento y aguardando su retorno glorioso.

El Adviento es un tiempo excelente para encontrarnos con Dios y escucharlo en su Iglesia, a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas. Un tiempo genial para encontrarnos con nosotros mismos, dedicarnos un rato y escuchar lo que somos, lo que sentimos y lo que soñamos. Un buen tiempo para darnos la oportunidad de encontrarnos con los demás y escucharlos con respeto y apertura.

De esta manera, iluminados por Dios y compartiendo la parte que cada uno ve de la realidad, tendremos una visión más completa de todo el recorrido y podremos descubrir lo que debemos hacer siempre, en las buenas y en las malas, para salir adelante: poner nuestra esperanza en Dios[5], amarlo, y “desparramar” amor en casa y en nuestros ambientes, haciendo el bien a todos, especialmente a lo que más lo necesitan[6].

No nos distraigamos ni nos anclemos con cosas que no llenan, que no construyen, que nos dañan a nosotros y a los demás, y que además son pasajeras. Si estamos pasando por un mal momento, si hay dificultades en casa, si extrañamos mucho a un ser querido que ya se fue, si nos sentimos desanimados, levantemos la cabeza hacia Dios y démonos cuenta que todo pasará, y que con él nos espera algo maravilloso, que jamás terminará.


[1] Cf. Meditación ante la muerte, www.vatican.va.

[2] Cf. En Catena Aurea,  11125.

[3] Cf. 1ª Lectura: Jr 33,14-16.

[4] Cf. En Catena Aurea 11134.

[5] Cf. Sal 24.

[6] Cf. 2ª Lectura: 1 Tes 3,12-4,2.

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