La historia recordará a Jorge Mario Bergoglio como el Papa que rompió moldes. Cuando este argentino de 76 años fue elegido en 2013, se convirtió en el primer pontífice jesuita, el primero proveniente de América y el primer no europeo en ocupar el trono de San Pedro en más de 1,200 años. Su elección marcó un punto de inflexión para una Iglesia que necesitaba aire fresco, y Francisco lo proporcionó con su estilo sencillo y su mensaje centrado en los pobres.
Desde sus primeros días como Papa, Bergoglio mostró que sería diferente. Rechazó la limusina papal para viajar en el autobús con otros cardenales, eligió vivir en la modesta residencia de Santa Marta en lugar del lujoso Palacio Apostólico, y se negó a usar los ornamentos tradicionales de sus predecesores. «Quiero una Iglesia pobre para los pobres», declaró, frase que se convertiría en el lema de su pontificado. Su decisión de tomar el nombre de Francisco, en honor al santo de Asís conocido por su amor a la pobreza, fue la primera señal de que su liderazgo marcaría un nuevo rumbo.
La vida de Bergoglio estuvo marcada por experiencias que moldearon su visión pastoral. Nacido en Buenos Aires en 1936 de padres italianos que huían del fascismo, trabajó como barrendero y portero antes de entrar al seminario. Su amistad con Esther Ballestrino, una bioquímica paraguaya y activista social que luego sería desaparecida por la dictadura militar argentina, le enseñó que «lo importante no es lo que uno dice, sino lo que hace». Esta lección guiaría su ministerio, aunque también le traería críticas por su actuación durante los años de plomo en Argentina, acusaciones que siempre negó.
Como Papa, Francisco mostró una capacidad única para tender puentes. Medió entre Estados Unidos y Cuba, trabajó por acercar a católicos y ortodoxos, y reunió a líderes israelíes y palestinos para orar juntos. Su encíclica Laudato Si’ revolucionó el pensamiento ecológico católico, mientras que su enfoque pastoral hacia los divorciados y la comunidad LGBT+ -aunque manteniendo las doctrinas tradicionales- mostró una Iglesia más misericordiosa. Sin embargo, su pontificado también enfrentó fuertes resistencias, especialmente de sectores conservadores que lo acusaban de diluir la doctrina y de no actuar con suficiente firmeza contra los abusos sexuales en la Iglesia.
El balance de su papado es complejo. Si bien no logró todas las reformas que muchos esperaban, transformó profundamente el tono y la imagen del papado. Visitó más de 60 países, llevando un mensaje de inclusión y justicia social. Aunque nunca regresó a su Argentina natal como Papa, mantuvo su pasión por el fútbol de San Lorenzo y el tango. Francisco deja una Iglesia que, aunque sigue enfrentando desafíos, es sin duda más cercana a los marginados y más consciente de su misión en el mundo contemporáneo. Como él mismo dijo: «Prefiero una Iglesia accidentada por salir a la calle que una Iglesia enferma por encerrarse». En eso, sin duda, triunfó.
Con información de: BBC en Español.com