En medio del debate por reducir la jornada laboral a 40 horas semanales en México, una realidad paralela se impone: millones de trabajadores viven atados a una rutina sin horarios, donde el correo a media noche o el mensaje antes del amanecer son la norma. Aunque la Secretaría del Trabajo avanza en foros con empresarios y sindicatos, la cultura del «siempre disponibles» sigue expandiéndose, transformando el tiempo libre en un privilegio.
Datos de Microsoft revelan que el 40% de los empleados revisa su correo desde las 6:00 a.m., mientras que uno de cada tres sigue activo después de las 9:00 p.m. Plataformas como Teams, WhatsApp y Slack han eliminado los límites entre la oficina y la vida personal, creando lo que los expertos llaman «jornada laboral infinita». El problema ya no son solo las horas contratadas, sino la presión tácita de responder notificaciones a cualquier hora, incluso en sectores donde formalmente se cumplen las 40 horas.
El informe destaca otra ironía: el trabajador promedio enfrenta unas 275 interrupciones diarias —mensajes, reuniones virtuales o alertas—, una cada dos minutos. Esta saturación digital, lejos de impulsar la productividad, erosiona la concentración y el bienestar. Sin embargo, en los foros oficiales, el foco sigue en ajustar horarios tradicionales, mientras la desconexión real sigue siendo un tema marginal, a pesar de su impacto en el estrés y la salud mental.
Algunos países, como Francia y España, ya reconocen por ley el «derecho a la desconexión», pero en México la reforma al teletrabajo de 2021 —que lo incluyó— sigue siendo letra muerta. En muchas empresas, ignorar un mensaje fuera de horario se interpreta como falta de compromiso, perpetuando una dinámica donde el agotamiento se normaliza. Los especialistas advierten que reducir la jornada sin regular la hiperconexión sería insuficiente: «Es como poner semáforos, pero dejar que los autos circulen sin freno», señala un analista.
El desafío va más allá de cambiar un número en el contrato. Se trata de redefinir la cultura laboral, donde el descanso deje de ser un tabú y la tecnología no devore el tiempo personal. Mientras las discusiones avanzan, los trabajadores siguen atrapados entre dos mundos: el de los horarios teóricos y el de la demanda constante, que no entiende de relojes. La pregunta clave es si la reforma será lo suficientemente audaz para abordar ambos frentes.
Con información de: El Economista.com