Tecoltepec es un pueblo al que a nadie le importa en la geografía poblana. Un pueblito perdido en la Sierra Norte que está —como dicen “en castilla”— en el culo del mundo. Allá es donde viven los más jodidos. Indígenas a los que la dispersión poblacional los hizo los sujetos de derechos más caros para los gobiernos. En donde llevar servicios, carreteras, resulta poco rentable políticamente y muy costoso para el presupuesto.
Tecoltepec es junta auxiliar de Cuetzalan, uno de los municipios con mayor población indígena en el país y presa de la pobreza sistémica.
Y aún con las condiciones paupérrimas hasta allá llega Coca-Cola, Marinela… y el huachicol. Lo que no llega es la modernidad, entendida esta como un desarrollo social que los ayude a mejorar sus condiciones de vida, pero no a costa de sus costumbres y tradiciones.
Esta comunidad no es cualquiera. En la vida social de Cuetzalan es la junta auxiliar que más certámenes de Reina del Huipil ha ganado. Una festividad que corona el sincretismo que mezcla la adoración a Xochitlquetzal, diosa náhuatl del amor, y al santo patrono San Francisco de Asís.
Pero eso que es importante para la preservación de las tradiciones y costumbres de las comunidades indígenas, poco o nada representa para las autoridades. En particular, a Tecoltepec le urgía la construcción de un camino que ayudara a los pobladores a mover sus productos y evitar la pérdida del tiempo rodeando otras comunidades para llegar a la cabecera municipal.