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Entrevistas

“La última batalla del Hijo del Santo”, en Puebla

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EL CONFESIONARIO

Ray Zubiri

¡Respetable publico!

Aquel quien no haya visto una película de El Santo que arroje la primera piedra. 

Hace unos días durante un encuentro con los medios de comunicación dijo: “Me voy tranquilo, me voy en paz con la lucha libre, me ha dado todo”.

El Hijo del Santo ha forjado una carrera brillante y es reconocido por su propio talento, el cual fue heredado de su padre, El Santo.   

Y precisamente Puebla será sede de “La última batalla” este viernes 19 de septiembre a las 20:30 horas en el Gimnasio Miguel Hidalgo; ubicado en: Carretera Federal Puebla-Tehuacán 286, Corredor Industrial la Ciénega.

El evento estará de agasajo.

En el combate estelar: El Hijo del Santo, Santo Jr. y Máscara Sagrada enfrentarán a Texano Jr., Psicosis e Hijo de Fishman.

También forman parte de este gran cartel:

Juventud Guerrera, Crazy Boy y Joe Líder vs. Valentino, Travis Bank y Zumbi.

Triangular en parejas: Toxin y Látigo, Lunatik Extreme y Toto, frente a Tonalli y Hellboy.

Lucha femenil: Gatúbela y Myrmán vs. Keyra y Jessy Jackson.

Una lucha sorpresa y la participación de los réferis El Tirantes y Edén “El Elegante”.

¿QUIÉN FUE EL SANTO?

Muy brevemente diré que Rodolfo Guzmán Huerta, el hombre detrás de El Santo, nació en Tulancingo, Hidalgo, el 23 de septiembre de 1917. Se mudó a la Ciudad de México siendo un niño.

Con una marcada facilidad hacia el deporte, tuvo que practicar primero beisbol y futbol americano, para encontrar en el Jiu jitsu su verdadera vocación: la lucha.

El Santo debutó en el cine en 1958, con las películas Santo contra el cerebro del mal y Santo contra hombres infernales, ambas filmadas en Cuba y producidas por los hermanos Rodríguez.

En 1961 se filmó Santo contra los zombies, a las que le seguirían Santo vs. El estrangulador (1963) y Santo, El enmascarado de plata vs. la invasión de los marcianos (1966).

Al comenzar la década de los 70, la temática se centró en intrigas policiacas y fantasías de terror, como Las momias de Guanajuato (1970), Misión suicida (1971), Santo en el misterio de la perla negra (1974) o La venganza de La Llorona (1974).

Las primeras películas en color de El Santo fueron Operación 67 y El tesoro de Moctezuma, ambas de 1966.

En total, protagonizó 52 largometrajes.

El Santo jamás perdió su máscara plateada en combate y se creó el mito de que nunca se quitaba su máscara.

Se retiró de los encordados en 1982.

EL HIJO DEL SANTO Y SU VINCULO CON PUEBLA

En 2018 fue cuando el enmascarado de plata visitó esta ciudad con motivo de la exposición “Santo, El Enmascarado de Plata. Cien Años”, con motivo del centenario del natalicio de su padre.

Su llegada al lugar donde se llevaría a cabo la exposición fue de la mejor manera, imagínese usted al hijo del ídolo de las multitudes en un auto VW Karmann Ghia, de esos donde veíamos al gladiador en sus películas luchando por el bien y la justicia contra la Dra. Frankenstein, Los marcianos, Hombres Lobo, Momias de Guanajuato, Vampiros, Zombies, Leprosos, secuestradores, por mencionar algunos.

Hoy a siete años de distancia el gladiador regresa para despedirse de su público, aunque esta decisión no fue fácil. “Cuando uno ama tanto una profesión no es fácil decir adiós”, señala; «el saberse retirar a tiempo es una cuestión de madures y discernimiento el retirarte en el mejor momento para que el público así te recuerde y no ya en decadencia o mal de tus facultades y esto aplica para todas las profesiones».

El Hijo del Santo debutó como luchador profesional en octubre de 1982 y este 2025 conmemora 43 años de carrera deportiva. Durante sus primeros años participó bajo identidades como “El Hombre Rojo” y “Korak”, hasta recibir su licencia oficial como luchador profesional y continuar con la leyenda de la máscara plateada de su padre “El Santo”.

Aunque El Hijo de El Santo se retira, la leyenda continuará por siempre del ídolo de las multitudes El Santo, El Enmascarado de Plata. 

GANA BOLETOS PARA LA ÚLTIMA BATALLA DEL HIJO DEL SANTO

Esta semana tengo 10 pases dobles para que vayas a disfrutar de este gran espectáculo este viernes 19 de septiembre a las 20:30 horas en el Gimnasio Miguel Hidalgo.

No te pierdas esta increíble oportunidad de disfrutar esta despedida que será memorable para todos los aficionados.

¿Quieres ganar tu boleto?

Lo único que tienes que hacer es seguirme y escribirme en Instagram a @RayZubiri por MD, decirme el nombre del medio donde leíste esta promoción y listo, te contestaré para confirmar que ganaste tu acceso.

La columna de esta semana ha terminado, pueden ir en paz.

¡Escúchenme! de lunes a viernes en el programa donde hacemos entretenimiento educativo y siempre aprendemos algo nuevo De Todo Un Poco con seguro servidor de 10 a 11 de la mañana en Radio BUAP 96.9 FM.

Contacto: rayzubiri@yahoo.com.mx  Redes Sociales: @RayZubiri

Si usted es un medio de comunicación y se pregunta si puede publicar esta columna en su medio, ¡la respuesta es sí! Solo asegúrese de dar el crédito adecuado a www.revistapuebla.com y al autor.

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Educación

Mitos y realidades sobre la lactancia materna.

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Dr. Darío Alejandro Papaqui Ramírez Médico pediatra y docente de medicina. Asesor certificado de lactancia materna.

Esta y más entrevistas en: https://www.facebook.com/detodounpocoBUAP/

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Educación

El fin de la escuela: ¿estamos educando o simplemente pasando de grado?

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El Confesionario

Por Ray Zubiri

Hay películas que uno ve, comenta y olvida. Y hay otras que terminan cuando aparecen los créditos, pero comienzan realmente cuando uno sale de la sala. El fin de la escuela, documental dirigido por Carlos Armella, protagonizado por Ana Serradilla y creado y producido ejecutivamente por Juan Alfonso Mejía, pertenece a esta segunda categoría.

Porque aquí no estamos frente a una película que pretende decirnos simplemente que la escuela está mal. La pregunta es mucho más incómoda: ¿para qué queremos la escuela? Y esa pregunta, queridos lectores, no es exclusiva de maestros, directores o autoridades educativas. También es para nosotros como padres, madres, estudiantes y ciudadanos.

Juan Alfonso Mejía con quien tuve el gusto de platicar lo dice de manera contundente: “El fin de la escuela es aprender o de lo contrario será su fin.”

Y ahí empieza el problema.

Porque durante años hemos confundido aprender con pasar de año, aprender con sacar buenas calificaciones, aprender con llenar libretas, aprender con memorizar para un examen o aprender con obtener un certificado. Pero una boleta llena de dieces no necesariamente significa que un niño comprende lo que lee, sabe resolver un problema, puede distinguir información verdadera de falsa o tiene herramientas para enfrentar la vida.

La película nos obliga a detenernos frente a una realidad que muchas veces preferimos no mirar. Mientras los adultos discutimos planes de estudio, reformas, libros de texto, métodos y discursos, hay niños que avanzan de grado arrastrando enormes huecos de aprendizaje. Y esos huecos no desaparecen mágicamente. Se acumulan.

Mejía utiliza una imagen que me parece brutalmente precisa: “aprender creo que es rechazar tu presente como destino.”

¿Qué significa esto? Que enseñar a leer a un niño no es solamente enseñarle a juntar letras. Es darle acceso a otro mundo. Es permitirle comprender una noticia, cuestionar una mentira, conocer sus derechos, imaginar otra vida y descubrir que su código postal no tiene por qué convertirse en una sentencia.

Y aquí viene la parte que más duele: no todos los niños tienen las mismas oportunidades de llegar al final del camino educativo.

Mejía plantea en la conversación que la escuela puede ser, para muchos niños, “su único tren” y que si lo pierden quizá no exista otro que llegue después.

Por eso resulta demasiado cómodo pensar que mientras nuestros hijos estén bien, todo está bien. No.

Si un niño abandona la escuela porque nunca logró comprender lo que le estaban enseñando, el problema no terminó cuando dejó de asistir. El problema se trasladó a la sociedad. Porque ese niño será mañana un joven con menos posibilidades, un adulto con menos herramientas y, posiblemente, una persona que habrá aprendido desde muy temprano que el sistema no estaba diseñado para él.

Y entonces la pregunta deja de ser solamente educativa. Se convierte en una pregunta social.

¿Qué sociedad estamos construyendo cuando aceptamos que algunos aprendan y otros simplemente sobrevivan?

El documental también pone sobre la mesa algo que como padres debemos reconocer: muchas veces entregamos a la escuela responsabilidades que también nos corresponden. Queremos que nuestros hijos estén seguros, que aprendan, que sean disciplinados, que sepan convivir, que sean críticos y que tengan futuro, pero no siempre preguntamos qué podemos hacer nosotros para que eso ocurra.

Yo mismo, mientras veía El fin de la escuela, terminé haciéndome esa pregunta: ¿qué estoy haciendo yo?

Y creo que esa es una de las mayores virtudes de este proyecto: no permite que el espectador se esconda detrás de “la culpa es de la escuela”, “la culpa es del gobierno”, “la culpa es de los maestros” o “la culpa es de los padres”.

Mejía propone algo mucho más cercano y, al mismo tiempo, mucho más difícil: mirar la escuela que tenemos enfrente.

Lo dice así: “olvídense de las reformas educativas” y concentremos la atención en “esa escuela que tienen más cercana a su casa”, porque ahí comienza la transformación.

Esto es particularmente importante porque México no es un solo país educativo. No es lo mismo estudiar en una comunidad rural que en Puebla capital; no es lo mismo crecer en una zona con violencia que en una colonia con todos los servicios; no es lo mismo tener una madre o un padre que puede acompañar diariamente las tareas que crecer en una familia donde el adulto responsable tiene que salir a trabajar todo el día.

Por eso no podemos pretender que una misma receta funcione para todos.

La escuela tiene que recuperar algo que parece haberse perdido en el camino: el sentido de aprender.

Y aquí aparece otro enemigo silencioso: la obsesión por cumplir.

Cumplir con el programa. Cumplir con las tareas. Cumplir con las páginas. Cumplir con las calificaciones. Cumplir con el calendario.

¿Y si en medio de tanto cumplimiento dejamos de preguntarnos si nuestros niños están aprendiendo?

Porque podemos avanzar en el calendario escolar mientras un niño sigue sin comprender lo que lee.

Podemos enseñar fracciones mientras otro todavía no domina las operaciones básicas.

Podemos hablar de pensamiento crítico mientras castigamos cualquier pregunta que cuestione al adulto.

Podemos llenar salones de tecnología mientras el estudiante utiliza la herramienta para pensar menos.

Y aquí aparece también la discusión sobre los teléfonos celulares y la inteligencia artificial. El problema no es únicamente la tecnología. El verdadero desafío es decidir para qué la estamos utilizando. Una herramienta que debería ayudarnos a pensar no puede convertirse en una máquina para evitar pensar.

La escuela necesita volver a ser comunidad necesita recuperar la conversación cara a cara, la curiosidad, el error, la creatividad y la capacidad de hacerse preguntas. Necesita dejar de tenerle miedo al alumno que pregunta “¿por qué?”.

Porque quizá ese niño que pregunta demasiado no está interrumpiendo la clase. Quizá está aprendiendo.

Y aquí viene la parte esperanzadora de El fin de la escuela: la película no nos dice que todo está perdido. Al contrario. Nos dice que todavía podemos hacer algo.

No mañana.

Hoy.

Podemos comenzar preguntándole a nuestros hijos qué aprendieron y no solamente qué calificación obtuvieron.

Podemos leer con ellos.

Podemos preguntarles qué piensan de una noticia.

Podemos enseñarles a distinguir una mentira de un hecho.

Podemos permitirles equivocarse.

Podemos acercarnos a los maestros no únicamente cuando hay un problema, sino para preguntar qué podemos hacer juntos.

Podemos preguntarle a nuestra escuela qué necesita.

Podemos dejar de pensar únicamente en “mi hijo” y comenzar a pensar también en los demás niños.

Porque una comunidad educativa no puede construirse bajo la lógica de “mientras mi hijo esté bien, los demás no son asunto mío”.

El futuro de nuestros hijos también depende del futuro de los hijos de los demás.

Y quizá esa sea la conversación más importante que propone esta película.

Juan Alfonso Mejía lo resume en una frase que debería quedarse pegada en las paredes de nuestras escuelas: “no les dé miedo romper el molde”.

Yo agregaría algo desde este espacio: no tengamos miedo de volver a preguntar para qué estamos educando.

Porque si la respuesta es únicamente para aprobar exámenes, estamos llegando tarde.

Si es únicamente para obtener un título, también.

Si es únicamente para conseguir un empleo, la pregunta se queda corta.

La educación tiene que servir para que una persona pueda comprender el mundo, cuestionarlo, convivir con otros, resolver problemas, desarrollar sus capacidades y construir una vida con mayores posibilidades.

Por eso El fin de la escuela no debería terminar en una sala de cine.

Debería llegar a las escuelas.

A las reuniones de padres.

A las universidades.

A las salas de maestros.

A las conversaciones familiares.

A las comunidades.

Y también a la radio.

Porque si algo he aprendido haciendo De Todo Un Poco es que educar y entretener no son enemigos. Que una conversación puede enseñar. Que una historia puede despertar curiosidad. Que una pregunta puede abrir una puerta.

 La escuela no está solamente dentro de cuatro paredes.

La escuela somos todos.

Y si queremos cambiarla, quizá el primer paso no sea esperar la próxima gran reforma educativa.

Quizá sea caminar hasta la escuela que está en la esquina de nuestra casa y preguntar, con absoluta honestidad:

¿Qué necesitan nuestros niños para aprender de verdad?

La respuesta puede ser incómoda.

Puede doler.

Puede obligarnos a cambiar.

Pero también puede abrir una posibilidad.

Porque mientras haya un niño que todavía pueda descubrir que leer le permite imaginar otro futuro, mientras exista un maestro dispuesto a romper el molde, mientras haya un padre dispuesto a involucrarse y mientras una comunidad decida que ningún niño debe quedarse atrás, la historia todavía no está escrita.

Y tal vez ese sea, precisamente, el verdadero comienzo de la escuela.

El fin de la escuela llega a los cines el 24 de septiembre de 2026.

La columna de esta semana ha terminado pueden ir en paz.

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Contacto: rayzubiri@yahoo.com.mx  Redes Sociales: @RayZubiri

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Educación

A 100 años de la Guerra Cristera de México: Lo que debes saber.

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