Tras los funerales del Papa Francisco, el Vaticano inicia los preparativos para uno de los rituales más antiguos y secretos de la Iglesia: el cónclave que elegirá al próximo líder de los 1.300 millones de católicos. Este proceso, cargado de simbolismo y tradición, se desarrollará tras los muros de la Capilla Sixtina, donde los cardenales electores deliberarán en completo aislamiento del mundo exterior.
El cardenal camarlengo Kevin Farrell ha asumido temporalmente la administración vaticana durante este período de «sede vacante». Su primera acción fue certificar oficialmente el fallecimiento del pontífice y sellar sus aposentos privados. Mientras tanto, comienzan a llegar a Roma los 120 cardenales menores de 80 años que tienen derecho a voto, procedentes de todos los continentes donde se extiende la Iglesia católica.
Entre los nombres que suenan con más fuerza para suceder a Francisco destacan el italiano Pietro Parolin, actual secretario de Estado; el filipino Luis Tagle, favorito de los sectores reformistas; y el canadiense Marc Ouellet, representante del ala más conservadora. La elección requerirá al menos dos tercios de los votos, según la modificación que hizo Benedicto XVI a las normas establecidas originalmente por Juan Pablo II.
El ritual de votación es minucioso y lleno de simbolismo. Cada cardenal escribe su elección en una papeleta con la frase en latín «Eligo in Summum Pontificem», que deposita solemnemente en un cáliz sagrado. Tres cardenales escrutadores cuentan los votos en voz alta antes de perforar las papeletas y ensartarlas con hilo para su quema. El humo que surge de la chimenea de la Sixtina -negro si no hay acuerdo, blanco si hay nuevo Papa- se convierte en el centro de atención mundial.
El momento culminante llegará cuando desde el balcón de la Basílica de San Pedro se pronuncie el tradicional «Habemus Papam!». El elegido, que podría ser el primer pontífice no cardenal en seis siglos aunque lo más probable es que provenga del Colegio Cardenalicio, enfrentará el desafío de continuar o modificar el legado de Francisco en un momento crucial para la Iglesia. Mientras tanto, el estricto juramento de secreto que han firmado todos los participantes garantiza que los detalles de las deliberaciones permanecerán dentro de los muros vaticanos.
Con información de: El Financiero.com