Opinión
Los Monedita de oro rompe las barreras del sonido para llegar a todas las niñas y niños.
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5 años agoon
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*La banda poblana reinterpreta su música en lengua de señas mexicana.

Por: Claudia Cordero Sánchez.
Cada 28 de noviembre es el Día Nacional de las Personas con Sordera, el objetivo es reconocer la importancia de esta comunidad en nuestro país, así como visibilizar los desafíos que viven. La fecha se eligió por ser cuando el entonces presidente Benito Juárez creó por decreto en 1867 la primera Escuela Nacional de Sordomudos.
De acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI), en México hay una población de dos millones de personas con sordera, que enfrentan retos para desarrollarse, uno de los cuales es la comunicación.
La música es considerada como lenguaje universal, capaz de llegar a miles de personas, de romper barreras culturales y generacionales, es una de las actividades más edificantes para el ser humano y que nos lleva a sentir y a imaginar, la música es sonido y también es vibración y todas las personas pueden disfrutarla, sentirla y descubrir sus mensajes.
Desde hace poco más de un año, en Puebla, la propuesta del grupo musical Los Monedita de Oro, dio un giro hacia la inclusión para chavitas y chavitos, oyentes y no oyentes, ya que se incorporó como una moneda más Anita, quien interpreta las canciones de la banda en lengua de señas mexicana.
Entre fechas importantes.
El pasado 22 de noviembre fue el Día del Músico y el próximo 03 de diciembre es el Día Internacional de las Personas Con Discapacidad, así que en el marco de estas tres fechas, incluyendo el 28 de noviembre, es que entrevisté a Juan Morales Herrera y Ana T. Ortega de Los Monedita de Oro, para hablar de cómo la música es importante que llegue a todas las personas y de lo que están haciendo para lograrlo.

Inclusión musical.
Los Monedita de Oro es una banda que hace música para niñas y niños que tiene una importante trayectoria tanto en Puebla, como en el resto del país, interpreta diferentes géneros como: cumbia, rock, sones, entre otros y las letras de sus canciones tienen mensajes diversos, son divertidas, reflexivas y siempre ponen a su público a cantar y a bailar.
La agrupación, tiene dos canciones dedicadas a personas con discapacidad, “Silla con alas”, que aborda las barreras de movilidad que vienen quienes están en silla de ruedas y “Cierra los ojos”, que reflexiona acerca de las personas que tienen ceguera o alguna discapacidad visual, más, una feliz coincidencia como lo describe Juan, les llevó a llegar a otros públicos.
Anita es una actriz y artista escénica que se interesó por la lengua de señas mexicana (LSM), al trabajar en una escuela como docente, al darse cuenta de las barreras de comunicación que niñas y niños y personas con sordera en general tienen, como era el caso que quienes asisten a esa institución, por lo que decidió aprender esta lengua.
Señaló que se percató que la comunicación para esta comunidad es bastante limitada, ya que si bien, pueden hablar con sus familias y/o docentes en el caso de que sí asistan a la escuela, ya que hay muchas personas con discapacidad que no van o hay muchas personas jóvenes y adultas que no pudieron estar en una escuela, más, en general, todas, una vez fuera, con otras personas, la comunicación se rompe con en el exterior, por lo que su círculo social y las actividades colectivas en las que pueden participar son reducidas, de ahí la importancia de hacer que la música, como en este caso, sea accesible a todas las personas.
Anita, ya conocía al grupo y le parecía fabuloso el mensaje de sus canciones y pensó que sería muy bueno que fuera algo que pudieran disfrutar las niñas y niños con sordera, así que grabó un video con una de sus rolas traducidas y se lo envió a Juan, quien al verlo no dudó en ver cómo se podría incorporar la LSM a sus presentaciones.
El proceso fue muy fácil dijo Juan, ya que Anita solo necesita un espacio, no requiere de equipo o de algún implemento espacial, hoy su espectáculo es inclusivo, lo cual, destacó, es un paso muy importante y les ha permitido llegar a nuevos públicos, ella, destacó, tiene un ángel especial, que gana la atención del público y que su trabajo está trascendiendo y que incluso ya está empezando a tener “fans”.
Anita por su parte señaló que ella ve su participación en el grupo en dos vertientes, una, asumiendo el compromiso de hacer un trabajo de calidad, respetando la cultura y la gramática de la LSM y dos, ser un reflejo para las personas oyentes, visibilizar esta lengua.
La traducción de cada canción para ella implica preparación y estudio constantes, ya que la LSM es como cualquier otro idioma, por lo que merece respeto a su gramática, así que requiere tener conocimiento del vocabulario, cotejar la traducción y de aprender constantemente.
Ahora que ya se abrieron los espacios y las actividades, ya han tenido las primeras presentaciones en vivo, como en el Festival Internacional de Puebla (FIP), en municipios de Puebla y Atlixco y también en otras ciudades como en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, sin embargo, gracias a la tecnología, han grabado algunas de las canciones ya traducidas que se pueden disfrutar en redes sociales.

Una de las cosas que más me llamó la atención de estos videos, es que Anita aparece en la parte central de la pantalla y Juan en una ventana pequeña, es decir, contrario de como normalmente vemos las traducciones de contenidos en LSM, al respecto señalaron que esto es pensando en darle la relevancia que merece a la LSM, así como para su nuevo público y también pensando en que sea fácil de ver para una niña o un niño, ya que en una “pantallita”, es más difícil que puedan ver claramente la traducción de la canción.
La participación de Anita en las presentaciones de la banda, ha empezado a rendir frutos, me compartieron dos anécdotas recientes. En la presentación de Atlixco, una niña oyente empezó a imitar a Anita y en Tuxtla Gutiérrez al verla, una niña le compartió que se sabía una canción en LSM y que quería aprender las del grupo.
Al respecto, Anita dijo que esa es la repercusión que se puede generar, que se interesen, que aprendan y se comuniquen con otras niñas y niños, lograr la apertura a otras formas de comunicación, ya que muchas veces como sociedad no estamos conscientes que existen muchas necesidades, que se desconocen y que por lo mismo no se le da el valor que tienen.
Por su parte Juan reiteró que junto con Anita, la música de Los Monedita de Oro está llegando a otros públicos, que sus canciones son para todas las personas, que están haciendo un trabajo inclusivo y que para el próximo 2022 tienen muchos proyectos, esperan editar un nuevo disco y seguir con conciertos en distintos lugares, para que lo que hacen siga prosperando y contribuyan a que la LSM tenga mayor visibilidad.
Por último, Anita expresó que hoy se habla mucho de inclusión, más, esto muchas veces se queda en papeles, protocolos, es solo hablada, el hacer la interpretación de las canciones de Los Monedita de Oro a LSM es reconocer que las personas con discapacidad existen y que merecen respeto, “es aportar nuestro granito de arena y que la inclusión no quede solo en papel”.
La comunicación es un derecho básico, permite la interacción y la comunicación más allá de la persona, con la familia y con el mundo en general, la música como las demás bellas artes merece ser disfrutada por todas las personas, Los Monedita de Oro, junto con Anita están sembrando, abriendo camino, para que más personas se sumen y se animen a realizar acciones como esta.
Es verdad que lograr que haya intérpretes de LSM en todos los conciertos, en los museos u otros espacios, este momento es algo complicado, ya que en México existen muy pocos, por ello la necesidad de visibilizar y de impulsar políticas públicas para que las personas con sordera en este caso y las personas con discapacidad en general, tengan una inclusión plena.
Datos importantes:
Les comparto algunos de los videos realizados por “Los Monedita de Oro” y Anita en lengua de señas mexicana.
“Las mamás tienen radar”.
“Nadie”.
https://www.facebook.com/juan.monedas.7/videos/10224265602452232
“No te quedes en el mismo lugar”. https://fb.watch/9z_RXghkEI/
Enlace de “Manos con Voz. Diccionario de Lengua de Señas Mexicana. Realizado por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED). https://www.conapred.org.mx/documentos_cedoc/DiccioSenas_ManosVoz_ACCSS.pdf
Claudia Corza: Periodista. Activista por los derechos de las personas con discapacidad. Mis redes sociales:
https://www.facebook.com/PlutonNoEsUnPlaneta
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Educación
El fin de la escuela: ¿estamos educando o simplemente pasando de grado?
Published
19 horas agoon
21 de septiembre de 2026By
admin
El Confesionario
Por Ray Zubiri
Hay películas que uno ve, comenta y olvida. Y hay otras que terminan cuando aparecen los créditos, pero comienzan realmente cuando uno sale de la sala. El fin de la escuela, documental dirigido por Carlos Armella, protagonizado por Ana Serradilla y creado y producido ejecutivamente por Juan Alfonso Mejía, pertenece a esta segunda categoría.
Porque aquí no estamos frente a una película que pretende decirnos simplemente que la escuela está mal. La pregunta es mucho más incómoda: ¿para qué queremos la escuela? Y esa pregunta, queridos lectores, no es exclusiva de maestros, directores o autoridades educativas. También es para nosotros como padres, madres, estudiantes y ciudadanos.
Juan Alfonso Mejía con quien tuve el gusto de platicar lo dice de manera contundente: “El fin de la escuela es aprender o de lo contrario será su fin.”
Y ahí empieza el problema.
Porque durante años hemos confundido aprender con pasar de año, aprender con sacar buenas calificaciones, aprender con llenar libretas, aprender con memorizar para un examen o aprender con obtener un certificado. Pero una boleta llena de dieces no necesariamente significa que un niño comprende lo que lee, sabe resolver un problema, puede distinguir información verdadera de falsa o tiene herramientas para enfrentar la vida.
La película nos obliga a detenernos frente a una realidad que muchas veces preferimos no mirar. Mientras los adultos discutimos planes de estudio, reformas, libros de texto, métodos y discursos, hay niños que avanzan de grado arrastrando enormes huecos de aprendizaje. Y esos huecos no desaparecen mágicamente. Se acumulan.
Mejía utiliza una imagen que me parece brutalmente precisa: “aprender creo que es rechazar tu presente como destino.”
¿Qué significa esto? Que enseñar a leer a un niño no es solamente enseñarle a juntar letras. Es darle acceso a otro mundo. Es permitirle comprender una noticia, cuestionar una mentira, conocer sus derechos, imaginar otra vida y descubrir que su código postal no tiene por qué convertirse en una sentencia.
Y aquí viene la parte que más duele: no todos los niños tienen las mismas oportunidades de llegar al final del camino educativo.
Mejía plantea en la conversación que la escuela puede ser, para muchos niños, “su único tren” y que si lo pierden quizá no exista otro que llegue después.
Por eso resulta demasiado cómodo pensar que mientras nuestros hijos estén bien, todo está bien. No.
Si un niño abandona la escuela porque nunca logró comprender lo que le estaban enseñando, el problema no terminó cuando dejó de asistir. El problema se trasladó a la sociedad. Porque ese niño será mañana un joven con menos posibilidades, un adulto con menos herramientas y, posiblemente, una persona que habrá aprendido desde muy temprano que el sistema no estaba diseñado para él.
Y entonces la pregunta deja de ser solamente educativa. Se convierte en una pregunta social.
¿Qué sociedad estamos construyendo cuando aceptamos que algunos aprendan y otros simplemente sobrevivan?
El documental también pone sobre la mesa algo que como padres debemos reconocer: muchas veces entregamos a la escuela responsabilidades que también nos corresponden. Queremos que nuestros hijos estén seguros, que aprendan, que sean disciplinados, que sepan convivir, que sean críticos y que tengan futuro, pero no siempre preguntamos qué podemos hacer nosotros para que eso ocurra.
Yo mismo, mientras veía El fin de la escuela, terminé haciéndome esa pregunta: ¿qué estoy haciendo yo?
Y creo que esa es una de las mayores virtudes de este proyecto: no permite que el espectador se esconda detrás de “la culpa es de la escuela”, “la culpa es del gobierno”, “la culpa es de los maestros” o “la culpa es de los padres”.
Mejía propone algo mucho más cercano y, al mismo tiempo, mucho más difícil: mirar la escuela que tenemos enfrente.
Lo dice así: “olvídense de las reformas educativas” y concentremos la atención en “esa escuela que tienen más cercana a su casa”, porque ahí comienza la transformación.
Esto es particularmente importante porque México no es un solo país educativo. No es lo mismo estudiar en una comunidad rural que en Puebla capital; no es lo mismo crecer en una zona con violencia que en una colonia con todos los servicios; no es lo mismo tener una madre o un padre que puede acompañar diariamente las tareas que crecer en una familia donde el adulto responsable tiene que salir a trabajar todo el día.
Por eso no podemos pretender que una misma receta funcione para todos.
La escuela tiene que recuperar algo que parece haberse perdido en el camino: el sentido de aprender.
Y aquí aparece otro enemigo silencioso: la obsesión por cumplir.
Cumplir con el programa. Cumplir con las tareas. Cumplir con las páginas. Cumplir con las calificaciones. Cumplir con el calendario.
¿Y si en medio de tanto cumplimiento dejamos de preguntarnos si nuestros niños están aprendiendo?
Porque podemos avanzar en el calendario escolar mientras un niño sigue sin comprender lo que lee.
Podemos enseñar fracciones mientras otro todavía no domina las operaciones básicas.
Podemos hablar de pensamiento crítico mientras castigamos cualquier pregunta que cuestione al adulto.
Podemos llenar salones de tecnología mientras el estudiante utiliza la herramienta para pensar menos.
Y aquí aparece también la discusión sobre los teléfonos celulares y la inteligencia artificial. El problema no es únicamente la tecnología. El verdadero desafío es decidir para qué la estamos utilizando. Una herramienta que debería ayudarnos a pensar no puede convertirse en una máquina para evitar pensar.
La escuela necesita volver a ser comunidad necesita recuperar la conversación cara a cara, la curiosidad, el error, la creatividad y la capacidad de hacerse preguntas. Necesita dejar de tenerle miedo al alumno que pregunta “¿por qué?”.
Porque quizá ese niño que pregunta demasiado no está interrumpiendo la clase. Quizá está aprendiendo.
Y aquí viene la parte esperanzadora de El fin de la escuela: la película no nos dice que todo está perdido. Al contrario. Nos dice que todavía podemos hacer algo.
No mañana.
Hoy.
Podemos comenzar preguntándole a nuestros hijos qué aprendieron y no solamente qué calificación obtuvieron.
Podemos leer con ellos.
Podemos preguntarles qué piensan de una noticia.
Podemos enseñarles a distinguir una mentira de un hecho.
Podemos permitirles equivocarse.
Podemos acercarnos a los maestros no únicamente cuando hay un problema, sino para preguntar qué podemos hacer juntos.
Podemos preguntarle a nuestra escuela qué necesita.
Podemos dejar de pensar únicamente en “mi hijo” y comenzar a pensar también en los demás niños.
Porque una comunidad educativa no puede construirse bajo la lógica de “mientras mi hijo esté bien, los demás no son asunto mío”.
El futuro de nuestros hijos también depende del futuro de los hijos de los demás.
Y quizá esa sea la conversación más importante que propone esta película.
Juan Alfonso Mejía lo resume en una frase que debería quedarse pegada en las paredes de nuestras escuelas: “no les dé miedo romper el molde”.
Yo agregaría algo desde este espacio: no tengamos miedo de volver a preguntar para qué estamos educando.
Porque si la respuesta es únicamente para aprobar exámenes, estamos llegando tarde.
Si es únicamente para obtener un título, también.
Si es únicamente para conseguir un empleo, la pregunta se queda corta.
La educación tiene que servir para que una persona pueda comprender el mundo, cuestionarlo, convivir con otros, resolver problemas, desarrollar sus capacidades y construir una vida con mayores posibilidades.
Por eso El fin de la escuela no debería terminar en una sala de cine.
Debería llegar a las escuelas.
A las reuniones de padres.
A las universidades.
A las salas de maestros.
A las conversaciones familiares.
A las comunidades.
Y también a la radio.
Porque si algo he aprendido haciendo De Todo Un Poco es que educar y entretener no son enemigos. Que una conversación puede enseñar. Que una historia puede despertar curiosidad. Que una pregunta puede abrir una puerta.
La escuela no está solamente dentro de cuatro paredes.
La escuela somos todos.
Y si queremos cambiarla, quizá el primer paso no sea esperar la próxima gran reforma educativa.
Quizá sea caminar hasta la escuela que está en la esquina de nuestra casa y preguntar, con absoluta honestidad:
¿Qué necesitan nuestros niños para aprender de verdad?
La respuesta puede ser incómoda.
Puede doler.
Puede obligarnos a cambiar.
Pero también puede abrir una posibilidad.
Porque mientras haya un niño que todavía pueda descubrir que leer le permite imaginar otro futuro, mientras exista un maestro dispuesto a romper el molde, mientras haya un padre dispuesto a involucrarse y mientras una comunidad decida que ningún niño debe quedarse atrás, la historia todavía no está escrita.
Y tal vez ese sea, precisamente, el verdadero comienzo de la escuela.
El fin de la escuela llega a los cines el 24 de septiembre de 2026.
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Educación
A 100 años de la Guerra Cristera de México: Lo que debes saber.
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2 semanas agoon
11 de septiembre de 2026By
admin
Educación
Germán Bricio: el mexicano que se prepara para tocar el espacio y convertir un sueño en legado
Published
3 semanas agoon
3 de septiembre de 2026By
admin
El Confesionario
Por Ray Zubiri
Hay entrevistas que terminan cuando se apaga el micrófono y hay otras que se quedan dando vueltas en la cabeza. La charla que tuve con Germán Bricio pertenece a la segunda categoría. Y es que hablar con un mexicano que se prepara para viajar al espacio no es precisamente una conversación de todos los días.
Lo primero que pensé cuando tuve a Germán frente al micrófono fue: ¿qué se le pregunta a un hombre que está a punto de cumplir uno de esos sueños que parecían imposibles? Así que fui directo al punto: ¿cómo termina un empresario mexicano preparando las maletas para viajar al espacio?
Germán me respondió con una frase que, desde ese momento, se convirtió en el hilo conductor de nuestra conversación: “Muchas veces no es que dejemos de soñar, dejamos de creer”.
Y ahí entendí que esta historia no comenzaba en una nave espacial, sino muchos años atrás, en la habitación de un niño que tenía pósteres del Apolo 11, de la Luna y de los astronautas. “Yo de niño tenía esta ilusión”, me contó. Soñaba con viajar al espacio, pero con el paso de los años comenzó a pensar que ese sueño no era para él. No era científico, no trabajaba en la NASA y, por lo tanto, parecía imposible.
Germán fue seleccionado por Blue Origin, la compañía aeroespacial fundada por Jeff Bezos, para formar parte de una futura misión suborbital. De concretarse el vuelo, se convertiría en un referente histórico para México como empresario civil que alcanza el espacio sin haber seguido la tradicional formación de un astronauta.
—Germán, pero explícame una cosa: ¿qué se siente saber que vas a viajar al espacio?
“Una persona civil común como yo, un empresario que no somos científicos, matemáticos, que no trabajamos en la NASA o somos americanos, podemos soñar y lograr ir al espacio”.
Y creo que ahí está precisamente lo extraordinario de su historia. No se trata solamente de que Germán pueda viajar al espacio; se trata de que representa la posibilidad de que alguien que alguna vez pensó que un sueño era imposible pueda volver a creer en él.
Germán me explicó que serán seis pasajeros en la cabina y que el vuelo será suborbital. La cápsula alcanzará la llamada línea de Kármán, ubicada aproximadamente a 100 kilómetros de altura, que convencionalmente marca el límite del espacio.
—¿Te consideras astronauta?
“No me gusta denominarme astronauta”, me dijo. “Sino viajero espacial”.
Y esa expresión me gustó. Porque quizá Germán entiende que todavía está viviendo el proceso, que está a punto de convertirse en parte de una historia que apenas comienza.
Después vendrán unos minutos de ingravidez, la cápsula iniciará el descenso y finalmente aterrizarán en el desierto de Texas mediante paracaídas.
Yo no pude evitar imaginar la escena y le pregunté:
—O sea, ¿vamos a verte flotando en el espacio?
La respuesta fue sí, aunque con una precisión importante: no dará la vuelta a la Tierra. Precisamente por eso se denomina vuelo suborbital. La cápsula sube, atraviesa la línea de Kármán, los pasajeros experimentan unos minutos de microgravedad y posteriormente regresan a nuestro planeta.
Durante la entrevista le pregunté algo que considero fundamental:
—¿Dónde está el empresariado mexicano? ¿Por qué no estamos soñando en grande?
Germán fue directo: “Nosotros tenemos que soñar, que soñar en grande, que creérnoslas”.
Y agregó una frase que me pareció particularmente mexicana:
“No soñar en el quinto partido, soñar en que podemos ser los campeones del mundo”.
Ahí entendí que su viaje al espacio también tiene una intención simbólica. Quiere que otros mexicanos comprendan que no hay que conformarse con pensar que ciertas cosas solamente pueden ocurrir en otros países.
“México necesita referentes”, me dijo. “Necesitamos gente a quien seguir, necesitamos líderes en los que podamos replicar cosas buenas para poderlas poner en práctica en nuestra vida, para poder crecer como personas, como mejores seres humanos”.
Cuando le pregunté sobre la preparación, me explicó que deberá mantener una buena condición física y mental, además de recibir capacitación especializada en Texas. El lanzamiento alcanzará aproximadamente 3,700 kilómetros por hora y hasta el asiento de la cápsula será adaptado a sus medidas corporales.
Pero entonces le hice una pregunta mucho más personal:
—¿Qué se necesita para cumplir un sueño?
Su respuesta fue sencilla:
“No puedes tener éxito si no hay un sacrificio, si no hay un esfuerzo”.
Y después remató con una frase que bien podría convertirse en una regla de vida:
“A través de esta persistencia, del trabajo constante, del caernos y levantarnos, caernos y levantarnos como podemos lograr nuestros sueños”.
Eso es quizá lo que más me gustó de nuestra conversación. Porque cuando hablamos de viajar al espacio solemos pensar en tecnología, millones de dólares, cohetes y grandes empresas. Pero Germán terminó llevando la conversación a algo mucho más sencillo: trabajo, disciplina y perseverancia.
Hay una experiencia que Germán espera con especial emoción: mirar la Tierra desde el espacio.
Me explicó que cuando uno observa nuestro planeta desde afuera ocurre algo que puede cambiar la perspectiva. Ya no se ven las fronteras. No se ve México, Estados Unidos, Europa o Asia como los conocemos en un mapa. Se ve un solo planeta.
Inevitablemente llegó la pregunta incómoda.
—¿Cuánto cuesta viajar al espacio?
Germán sonrió, pero la respuesta no pudo ser revelada. Blue Origin no le permite hacer pública esa información. Lo que sí dejó claro es que se trata de una experiencia costosa y que conseguir un asiento tampoco es sencillo, pues existen personas de distintas partes del mundo esperando una oportunidad.
Aunque inicialmente el vuelo estaba contemplado para 2026, la misión se encuentra temporalmente pausada debido a las prioridades de Blue Origin relacionadas con sus proyectos lunares. Por ello, todavía tendremos que esperar la fecha definitiva del lanzamiento.
Pero mientras ese día llega, Germán ya comenzó otro viaje: el de convencer a otros mexicanos de que también pueden alcanzar sus sueños.
Y al final de nuestra conversación le pregunté:
—Germán, ¿qué le dirías a un joven que tiene un sueño, pero piensa que es imposible?
“Así como yo puedo soñar y puedo ir al espacio, ¿cuál es tu sueño que tú puedes lograr y que todos podamos celebrar?”
Me quedo con eso.
Porque quizá no todos vamos a viajar al espacio. Pero todos tenemos un lugar al que queremos llegar.
Y mientras Germán Bricio se prepara para cruzar la línea de Kármán, nosotros podemos comenzar por cruzar nuestras propias líneas de miedo, de conformismo y de incredulidad.
Al final, quizá ésa sea la verdadera enseñanza de esta historia: los sueños no siempre mueren; a veces solamente están esperando que volvamos a creer en ellos.
Y sí, querido lector, aquí entre nos… ¿tú ya volviste a creer en el tuyo?
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