Mientras el mundo observa con preocupación el aumento del nivel del mar, en muchas de las principales ciudades del planeta ocurre otro fenómeno igual de alarmante, pero menos visible: la tierra se hunde. En decenas de urbes costeras —y también en algunas interiores— millones de personas viven hoy sobre suelos que se desploman lentamente, un centímetro tras otro, cada año. Las causas son múltiples, pero hay una en el centro de todo: la forma en que hemos construido nuestras ciudades.
Yakarta, capital de Indonesia, es uno de los casos más extremos. Allí, barrios enteros se han hundido varios metros en las últimas décadas. En la casa de Erna, vecina del norte de la ciudad, las ventanas que antes le llegaban al pecho hoy apenas le llegan a la altura de las rodillas. Ha colocado capas de concreto sobre el suelo hasta diez veces, pero su casa sigue cediendo. Como millones de personas en el mundo, Erna no tiene los recursos para mudarse, así que permanece en un hogar que ya está por debajo del nivel de la calle, expuesto a inundaciones cada vez más frecuentes y peligrosas.
Un estudio reciente de la Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur, identificó 48 ciudades costeras del mundo que se están hundiendo rápidamente. El trabajo se basó en datos satelitales tomados entre 2014 y 2020, y revela que casi 76 millones de personas viven en zonas urbanas que se hunden al menos un centímetro por año. En ciudades como Tianjin, en China, la cifra llega a casi 19 centímetros anuales. En 2023, allí se evacuaron edificios enteros por grietas en el suelo.
La extracción intensiva de aguas subterráneas aparece como el principal detonante del problema. A medida que las ciudades crecen, sus necesidades de agua también aumentan, y en muchos casos se recurre a perforaciones indiscriminadas. Al sacar demasiada agua del subsuelo, el terreno pierde cohesión y comienza a colapsar. Esto ocurre con más frecuencia en regiones con suelos blandos o pantanosos, como los deltas de grandes ríos, donde históricamente se han asentado muchas ciudades por su acceso al comercio y al agua.
El patrón se repite en Yakarta, Bangkok, Shanghái, Ciudad Ho Chi Minh, Lagos, y también en América Latina. Aunque el estudio no incluyó ciudades interiores, otras investigaciones muestran que en Ciudad de México, por ejemplo, algunas zonas se hunden hasta 42 centímetros al año. El noreste de la capital mexicana es uno de los puntos más críticos, según datos de la UNAM. Esta tendencia no solo amenaza viviendas y calles, también daña infraestructura clave como líneas de metro, drenaje y abastecimiento eléctrico.
Frente a esta realidad, varias ciudades han intentado contener el problema mediante muros de contención, diques o estaciones de bombeo, pero en muchos casos estas soluciones solo trasladan el conflicto. El llamado “efecto tazón”, por ejemplo, se da cuando el agua de lluvia queda atrapada en zonas más bajas, porque ya no puede escurrir hacia el mar. Así, se crean áreas donde cada tormenta puede convertirse en una emergencia.
Otras ciudades han optado por soluciones de raíz. Tokio redujo drásticamente el hundimiento al prohibir el bombeo de agua subterránea en los años 70 y modernizar su sistema de abastecimiento. Taipéi, Londres, Houston y Bangkok siguieron pasos similares. En Shanghái, se aplicó un sistema de “recarga” del subsuelo con agua purificada, y en ciudades como San Salvador se está apostando por el modelo de “ciudades esponja”, que incorporan parques, humedales y superficies permeables para absorber el agua.
Sin embargo, estas soluciones no siempre son fáciles de aplicar. Muchas requieren una inversión sostenida y políticas a largo plazo, en contextos donde los recursos son limitados y la presión social es alta. En regiones como América Latina, donde millones de personas viven en asentamientos informales o en zonas de alto riesgo, las posibilidades de implementar estas medidas a gran escala son menores.
Lo que sí está claro, según los expertos, es que la combinación entre el hundimiento del terreno y el aumento del nivel del mar representa una amenaza real y creciente. Si no se actúa pronto, millones de personas podrían quedar atrapadas en una situación cada vez más insostenible, como Erna, quien observa con resignación cómo su casa se hunde centímetro a centímetro. Un desastre silencioso que avanza bajo nuestros pies, y que el mundo ya no puede darse el lujo de ignorar.
Con información de: BBC en Español.com