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Opinión

Educación y Tecnología | Brecha digital, brecha de pobreza.

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Luis Lach.

*Luis Lach.

Una gran preocupación, de la que he venido comentando en intervenciones previas, es de qué forma se asegura el acceso a las nuevas tecnologías a los grupos más desfavorecidos. Comentaba en una de las entradas, cómo Satya Nadella, CEO de Microsoft, en una entrevista en video, refería que un hombre del área rural de la India, había realizado un trámite gubernamental en su propia lengua local, gracias a la Inteligencia Artificial. Sin embargo, eso daba por hecho que esa persona tenía acceso a un dispositivo, a internet, y tenía una formación al menos esencial de cómo usar las herramientas. No sé si esos elementos básicos los tengan resueltos en la India, pero al menos en México y América Latina no es así. Y esta debe ser una preocupación de gobiernos alrededor del mundo, y de la misma industria, porque es claro que a mayor brecha digital, mayor brecha de pobreza.

Y para muestra de que es posible incorporar estrategias y programas que apunten hacia la incorporación de grupos sociales a los nuevos entornos tecnológicos, les voy a platicar de un programa que, como parte de su estrategia de responsabilidad social empresarial, impulsó la empresa Intel (la de los microprocesadores) alrededor del mundo hace algunos años. Y específicamente voy a comentar un caso en México, el de un programa llamado Intel Aprender, que capacitó en un espacio de alrededor de 8 años a alrededor de 120,000 aprendices en centros comunitarios en todo el país, del siguiente tipo:

– Centros Comunitarios de Aprendizaje (Programa de Microregiones de SEDESOL)

– Bibliotecas (Dirección General de Bibliotecas de CONACULTA)

– Centros comunitarios pertenecientes a Organizaciones de la Sociedad Civil.

Se podría haber optado por centralizar el programa en unos pocos espacios grandes, como se hacía con el mismo programa en China o Israel. Pero en lugar de ello, y conscientes de que las condiciones de pobreza más lacerante se dan en entornos rurales, que además son de difícil acceso, se logró una asociación en donde se llevaba el programa a donde se requería por medio de los centros comunitarios mencionados anteriormente. A mí me sorprendía cómo se podía tener una asociación público-privada que apuntaba hacia una política pública urgente (en aquel entonces y hoy en día igual).

El programa Intel Aprender, era un modelo de aprendizaje basado en proyectos (ABP), dirigido a niños, niñas y jóvenes de entre 8 y 18 años de edad, donde en un primer nivel desarrollaban proyectos para mejorar su comunidad de las formas creativas que sólo un niño puede crear, con el uso de herramientas de ofimática (que en aquel entonces eran las que mayor presencia tenía en cualquier tipo de centro comunitario). De esta forma, cerraban brecha digital y lograban planear cómo transformar a su comunidad. En un segundo nivel, el programa era dirigido a los estudiantes de secundaria hacia adelante, con una orientación a la formación para el trabajo con el uso de herramientas tecnológicas y finalmente, en un tercer nivel, el Programa Intel Aprender apoyaba a los muchachos más grandes a diseñar un plan de emprendimiento.

Lo más relevante para mí, que estuve involucrado en el despliegue del programa, era cómo una empresa privada podía incidir en políticas educativas, sin mediar compra de productos, sino como parte de un esfuerzo socialmente responsable. Por supuesto, quien entienda que esto se hacía para ampliar la base de usuarios de tecnologías, lo cual reforzaba el modelo de negocios de la industria, están en lo correcto, Intel cuidaba de hacer crecer el mercado por medio de este tipo de iniciativas. Pero el esfuerzo fue muy significativo y genuino y nunca condicionó su despliegue ningún tipo de compra, aunque generó un prestigio a la empresa que la benefició sin duda.

Y bueno, esto que sucedió entre 2005 y 2013, no necesariamente ha sido superado. Seguimos viendo brecha digital y pobreza asociada a esta.

Programa Mentes Innovadoras. @Luis Lach.

Brecha digital y brecha de pobreza

Pero si bien, esta brecha digital persiste, las condiciones en que se han dado, son distintas: mientras que, por ejemplo, en 2006 la brecha implicaba una falta total de acceso a dispositivos y conectividad de los deciles más pobres en el país, en 2023, sabemos que el uso de Smartphones ha democratizado el acceso (no necesariamente la conectividad) a la gran mayoría de la población. Vale la pena que vean el Estudio de Hábitos del Internet que elabora la Asociación de Internet. De esto hablaré en la siguiente colaboración. Pero para la discusión de hoy, baste mencionar que los dispositivos en forma de Smartphone, no resuelven tampoco la brecha digital, ya que la conectividad es muy limitada, particularmente en las zonas de mayor rezago. Veamos qué dice Chat gpt al respecto (que por cierto, se basa en reportes del INEGI, que contrastan con datos de la Asociación del Internet, esto implica que hay que complementar las fuentes con las que abordamos este tema).

Luis Lach: ¿Qué relación hay entre brecha digital y pobreza?

Chat gpt: La brecha digital se refiere a la diferencia en el acceso y uso de la tecnología y la información entre diferentes grupos de personas o regiones geográficas. Por otro lado, la pobreza se define como la falta de recursos necesarios para satisfacer las necesidades básicas, incluyendo el acceso a la educación y los servicios de salud.

La relación entre la brecha digital y la pobreza es muy estrecha, ya que la falta de acceso y habilidades para utilizar la tecnología y la información puede agravar la pobreza de una persona o comunidad. Aquellos que no tienen acceso a la tecnología y la información pueden encontrarse en una desventaja significativa en términos de oportunidades económicas y educativas.

Además, la brecha digital puede impedir que las personas accedan a servicios públicos y privados en línea, como la banca, la educación, la atención médica y la búsqueda de empleo. Esto puede dejar a las personas más pobres en desventaja y marginadas de las oportunidades que están disponibles en línea.

La brecha digital también se ve en la falta de acceso a tecnología moderna y herramientas digitales avanzadas, como computadoras y dispositivos móviles. Según datos del INEGI, en 2020, el 41% de los hogares mexicanos no tenía una computadora y el 51% no tenía acceso a internet.

Conclusión.

Los avances tecnológicos no se pueden detener. Quizás todavía es muy temprano para saber como las instituciones educativas se adaptarán a los nuevos entornos. Pero si se quiere que lleguemos a buen puerto, debemos asegurarnos que las nuevas tecnologías revolucionen la educación, que lleguen a todos y que les provean de oportunidades de desarrollo al final del camino. Vemos cómo se recortan los empleos que requieren labores mecánicas, como el hecho de los supermercados que van incorporando terminales de pago automáticas. Lo importante es que haya nuevos empleos que exijan una actividad más intelectual de las personas y que sustituyan estos puestos que se pierden.

Saludos,

Mis redes sociales:

Correo: luislach@drafconsultores.com

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Educación

El fin de la escuela: ¿estamos educando o simplemente pasando de grado?

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El Confesionario

Por Ray Zubiri

Hay películas que uno ve, comenta y olvida. Y hay otras que terminan cuando aparecen los créditos, pero comienzan realmente cuando uno sale de la sala. El fin de la escuela, documental dirigido por Carlos Armella, protagonizado por Ana Serradilla y creado y producido ejecutivamente por Juan Alfonso Mejía, pertenece a esta segunda categoría.

Porque aquí no estamos frente a una película que pretende decirnos simplemente que la escuela está mal. La pregunta es mucho más incómoda: ¿para qué queremos la escuela? Y esa pregunta, queridos lectores, no es exclusiva de maestros, directores o autoridades educativas. También es para nosotros como padres, madres, estudiantes y ciudadanos.

Juan Alfonso Mejía con quien tuve el gusto de platicar lo dice de manera contundente: “El fin de la escuela es aprender o de lo contrario será su fin.”

Y ahí empieza el problema.

Porque durante años hemos confundido aprender con pasar de año, aprender con sacar buenas calificaciones, aprender con llenar libretas, aprender con memorizar para un examen o aprender con obtener un certificado. Pero una boleta llena de dieces no necesariamente significa que un niño comprende lo que lee, sabe resolver un problema, puede distinguir información verdadera de falsa o tiene herramientas para enfrentar la vida.

La película nos obliga a detenernos frente a una realidad que muchas veces preferimos no mirar. Mientras los adultos discutimos planes de estudio, reformas, libros de texto, métodos y discursos, hay niños que avanzan de grado arrastrando enormes huecos de aprendizaje. Y esos huecos no desaparecen mágicamente. Se acumulan.

Mejía utiliza una imagen que me parece brutalmente precisa: “aprender creo que es rechazar tu presente como destino.”

¿Qué significa esto? Que enseñar a leer a un niño no es solamente enseñarle a juntar letras. Es darle acceso a otro mundo. Es permitirle comprender una noticia, cuestionar una mentira, conocer sus derechos, imaginar otra vida y descubrir que su código postal no tiene por qué convertirse en una sentencia.

Y aquí viene la parte que más duele: no todos los niños tienen las mismas oportunidades de llegar al final del camino educativo.

Mejía plantea en la conversación que la escuela puede ser, para muchos niños, “su único tren” y que si lo pierden quizá no exista otro que llegue después.

Por eso resulta demasiado cómodo pensar que mientras nuestros hijos estén bien, todo está bien. No.

Si un niño abandona la escuela porque nunca logró comprender lo que le estaban enseñando, el problema no terminó cuando dejó de asistir. El problema se trasladó a la sociedad. Porque ese niño será mañana un joven con menos posibilidades, un adulto con menos herramientas y, posiblemente, una persona que habrá aprendido desde muy temprano que el sistema no estaba diseñado para él.

Y entonces la pregunta deja de ser solamente educativa. Se convierte en una pregunta social.

¿Qué sociedad estamos construyendo cuando aceptamos que algunos aprendan y otros simplemente sobrevivan?

El documental también pone sobre la mesa algo que como padres debemos reconocer: muchas veces entregamos a la escuela responsabilidades que también nos corresponden. Queremos que nuestros hijos estén seguros, que aprendan, que sean disciplinados, que sepan convivir, que sean críticos y que tengan futuro, pero no siempre preguntamos qué podemos hacer nosotros para que eso ocurra.

Yo mismo, mientras veía El fin de la escuela, terminé haciéndome esa pregunta: ¿qué estoy haciendo yo?

Y creo que esa es una de las mayores virtudes de este proyecto: no permite que el espectador se esconda detrás de “la culpa es de la escuela”, “la culpa es del gobierno”, “la culpa es de los maestros” o “la culpa es de los padres”.

Mejía propone algo mucho más cercano y, al mismo tiempo, mucho más difícil: mirar la escuela que tenemos enfrente.

Lo dice así: “olvídense de las reformas educativas” y concentremos la atención en “esa escuela que tienen más cercana a su casa”, porque ahí comienza la transformación.

Esto es particularmente importante porque México no es un solo país educativo. No es lo mismo estudiar en una comunidad rural que en Puebla capital; no es lo mismo crecer en una zona con violencia que en una colonia con todos los servicios; no es lo mismo tener una madre o un padre que puede acompañar diariamente las tareas que crecer en una familia donde el adulto responsable tiene que salir a trabajar todo el día.

Por eso no podemos pretender que una misma receta funcione para todos.

La escuela tiene que recuperar algo que parece haberse perdido en el camino: el sentido de aprender.

Y aquí aparece otro enemigo silencioso: la obsesión por cumplir.

Cumplir con el programa. Cumplir con las tareas. Cumplir con las páginas. Cumplir con las calificaciones. Cumplir con el calendario.

¿Y si en medio de tanto cumplimiento dejamos de preguntarnos si nuestros niños están aprendiendo?

Porque podemos avanzar en el calendario escolar mientras un niño sigue sin comprender lo que lee.

Podemos enseñar fracciones mientras otro todavía no domina las operaciones básicas.

Podemos hablar de pensamiento crítico mientras castigamos cualquier pregunta que cuestione al adulto.

Podemos llenar salones de tecnología mientras el estudiante utiliza la herramienta para pensar menos.

Y aquí aparece también la discusión sobre los teléfonos celulares y la inteligencia artificial. El problema no es únicamente la tecnología. El verdadero desafío es decidir para qué la estamos utilizando. Una herramienta que debería ayudarnos a pensar no puede convertirse en una máquina para evitar pensar.

La escuela necesita volver a ser comunidad necesita recuperar la conversación cara a cara, la curiosidad, el error, la creatividad y la capacidad de hacerse preguntas. Necesita dejar de tenerle miedo al alumno que pregunta “¿por qué?”.

Porque quizá ese niño que pregunta demasiado no está interrumpiendo la clase. Quizá está aprendiendo.

Y aquí viene la parte esperanzadora de El fin de la escuela: la película no nos dice que todo está perdido. Al contrario. Nos dice que todavía podemos hacer algo.

No mañana.

Hoy.

Podemos comenzar preguntándole a nuestros hijos qué aprendieron y no solamente qué calificación obtuvieron.

Podemos leer con ellos.

Podemos preguntarles qué piensan de una noticia.

Podemos enseñarles a distinguir una mentira de un hecho.

Podemos permitirles equivocarse.

Podemos acercarnos a los maestros no únicamente cuando hay un problema, sino para preguntar qué podemos hacer juntos.

Podemos preguntarle a nuestra escuela qué necesita.

Podemos dejar de pensar únicamente en “mi hijo” y comenzar a pensar también en los demás niños.

Porque una comunidad educativa no puede construirse bajo la lógica de “mientras mi hijo esté bien, los demás no son asunto mío”.

El futuro de nuestros hijos también depende del futuro de los hijos de los demás.

Y quizá esa sea la conversación más importante que propone esta película.

Juan Alfonso Mejía lo resume en una frase que debería quedarse pegada en las paredes de nuestras escuelas: “no les dé miedo romper el molde”.

Yo agregaría algo desde este espacio: no tengamos miedo de volver a preguntar para qué estamos educando.

Porque si la respuesta es únicamente para aprobar exámenes, estamos llegando tarde.

Si es únicamente para obtener un título, también.

Si es únicamente para conseguir un empleo, la pregunta se queda corta.

La educación tiene que servir para que una persona pueda comprender el mundo, cuestionarlo, convivir con otros, resolver problemas, desarrollar sus capacidades y construir una vida con mayores posibilidades.

Por eso El fin de la escuela no debería terminar en una sala de cine.

Debería llegar a las escuelas.

A las reuniones de padres.

A las universidades.

A las salas de maestros.

A las conversaciones familiares.

A las comunidades.

Y también a la radio.

Porque si algo he aprendido haciendo De Todo Un Poco es que educar y entretener no son enemigos. Que una conversación puede enseñar. Que una historia puede despertar curiosidad. Que una pregunta puede abrir una puerta.

 La escuela no está solamente dentro de cuatro paredes.

La escuela somos todos.

Y si queremos cambiarla, quizá el primer paso no sea esperar la próxima gran reforma educativa.

Quizá sea caminar hasta la escuela que está en la esquina de nuestra casa y preguntar, con absoluta honestidad:

¿Qué necesitan nuestros niños para aprender de verdad?

La respuesta puede ser incómoda.

Puede doler.

Puede obligarnos a cambiar.

Pero también puede abrir una posibilidad.

Porque mientras haya un niño que todavía pueda descubrir que leer le permite imaginar otro futuro, mientras exista un maestro dispuesto a romper el molde, mientras haya un padre dispuesto a involucrarse y mientras una comunidad decida que ningún niño debe quedarse atrás, la historia todavía no está escrita.

Y tal vez ese sea, precisamente, el verdadero comienzo de la escuela.

El fin de la escuela llega a los cines el 24 de septiembre de 2026.

La columna de esta semana ha terminado pueden ir en paz.

¡Escúchenme! de lunes a viernes en el programa donde hacemos entretenimiento educativo y siempre aprendemos algo nuevo De Todo Un Poco con seguro servidor de 10 a 11 de la mañana en Radio BUAP 96.9 FM.

Contacto: rayzubiri@yahoo.com.mx  Redes Sociales: @RayZubiri

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Educación

A 100 años de la Guerra Cristera de México: Lo que debes saber.

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Educación

Germán Bricio: el mexicano que se prepara para tocar el espacio y convertir un sueño en legado

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El Confesionario

Por Ray Zubiri

Hay entrevistas que terminan cuando se apaga el micrófono y hay otras que se quedan dando vueltas en la cabeza. La charla que tuve con Germán Bricio pertenece a la segunda categoría. Y es que hablar con un mexicano que se prepara para viajar al espacio no es precisamente una conversación de todos los días.

Lo primero que pensé cuando tuve a Germán frente al micrófono fue: ¿qué se le pregunta a un hombre que está a punto de cumplir uno de esos sueños que parecían imposibles? Así que fui directo al punto: ¿cómo termina un empresario mexicano preparando las maletas para viajar al espacio?

Germán me respondió con una frase que, desde ese momento, se convirtió en el hilo conductor de nuestra conversación: “Muchas veces no es que dejemos de soñar, dejamos de creer”.

Y ahí entendí que esta historia no comenzaba en una nave espacial, sino muchos años atrás, en la habitación de un niño que tenía pósteres del Apolo 11, de la Luna y de los astronautas. “Yo de niño tenía esta ilusión”, me contó. Soñaba con viajar al espacio, pero con el paso de los años comenzó a pensar que ese sueño no era para él. No era científico, no trabajaba en la NASA y, por lo tanto, parecía imposible.

Germán fue seleccionado por Blue Origin, la compañía aeroespacial fundada por Jeff Bezos, para formar parte de una futura misión suborbital. De concretarse el vuelo, se convertiría en un referente histórico para México como empresario civil que alcanza el espacio sin haber seguido la tradicional formación de un astronauta.

—Germán, pero explícame una cosa: ¿qué se siente saber que vas a viajar al espacio?

“Una persona civil común como yo, un empresario que no somos científicos, matemáticos, que no trabajamos en la NASA o somos americanos, podemos soñar y lograr ir al espacio”.

Y creo que ahí está precisamente lo extraordinario de su historia. No se trata solamente de que Germán pueda viajar al espacio; se trata de que representa la posibilidad de que alguien que alguna vez pensó que un sueño era imposible pueda volver a creer en él.

Germán me explicó que serán seis pasajeros en la cabina y que el vuelo será suborbital. La cápsula alcanzará la llamada línea de Kármán, ubicada aproximadamente a 100 kilómetros de altura, que convencionalmente marca el límite del espacio.

—¿Te consideras astronauta?

“No me gusta denominarme astronauta”, me dijo. “Sino viajero espacial”.

Y esa expresión me gustó. Porque quizá Germán entiende que todavía está viviendo el proceso, que está a punto de convertirse en parte de una historia que apenas comienza.

Después vendrán unos minutos de ingravidez, la cápsula iniciará el descenso y finalmente aterrizarán en el desierto de Texas mediante paracaídas.

Yo no pude evitar imaginar la escena y le pregunté:

—O sea, ¿vamos a verte flotando en el espacio?

La respuesta fue sí, aunque con una precisión importante: no dará la vuelta a la Tierra. Precisamente por eso se denomina vuelo suborbital. La cápsula sube, atraviesa la línea de Kármán, los pasajeros experimentan unos minutos de microgravedad y posteriormente regresan a nuestro planeta.

Durante la entrevista le pregunté algo que considero fundamental:

—¿Dónde está el empresariado mexicano? ¿Por qué no estamos soñando en grande?

Germán fue directo: “Nosotros tenemos que soñar, que soñar en grande, que creérnoslas”.

Y agregó una frase que me pareció particularmente mexicana:

“No soñar en el quinto partido, soñar en que podemos ser los campeones del mundo”.

Ahí entendí que su viaje al espacio también tiene una intención simbólica. Quiere que otros mexicanos comprendan que no hay que conformarse con pensar que ciertas cosas solamente pueden ocurrir en otros países.

“México necesita referentes”, me dijo. “Necesitamos gente a quien seguir, necesitamos líderes en los que podamos replicar cosas buenas para poderlas poner en práctica en nuestra vida, para poder crecer como personas, como mejores seres humanos”.

Cuando le pregunté sobre la preparación, me explicó que deberá mantener una buena condición física y mental, además de recibir capacitación especializada en Texas. El lanzamiento alcanzará aproximadamente 3,700 kilómetros por hora y hasta el asiento de la cápsula será adaptado a sus medidas corporales.

Pero entonces le hice una pregunta mucho más personal:

—¿Qué se necesita para cumplir un sueño?

Su respuesta fue sencilla:

“No puedes tener éxito si no hay un sacrificio, si no hay un esfuerzo”.

Y después remató con una frase que bien podría convertirse en una regla de vida:

“A través de esta persistencia, del trabajo constante, del caernos y levantarnos, caernos y levantarnos como podemos lograr nuestros sueños”.

Eso es quizá lo que más me gustó de nuestra conversación. Porque cuando hablamos de viajar al espacio solemos pensar en tecnología, millones de dólares, cohetes y grandes empresas. Pero Germán terminó llevando la conversación a algo mucho más sencillo: trabajo, disciplina y perseverancia.

Hay una experiencia que Germán espera con especial emoción: mirar la Tierra desde el espacio.

Me explicó que cuando uno observa nuestro planeta desde afuera ocurre algo que puede cambiar la perspectiva. Ya no se ven las fronteras. No se ve México, Estados Unidos, Europa o Asia como los conocemos en un mapa. Se ve un solo planeta.

Inevitablemente llegó la pregunta incómoda.

—¿Cuánto cuesta viajar al espacio?

Germán sonrió, pero la respuesta no pudo ser revelada. Blue Origin no le permite hacer pública esa información. Lo que sí dejó claro es que se trata de una experiencia costosa y que conseguir un asiento tampoco es sencillo, pues existen personas de distintas partes del mundo esperando una oportunidad.

Aunque inicialmente el vuelo estaba contemplado para 2026, la misión se encuentra temporalmente pausada debido a las prioridades de Blue Origin relacionadas con sus proyectos lunares. Por ello, todavía tendremos que esperar la fecha definitiva del lanzamiento.

Pero mientras ese día llega, Germán ya comenzó otro viaje: el de convencer a otros mexicanos de que también pueden alcanzar sus sueños.

Y al final de nuestra conversación le pregunté:

—Germán, ¿qué le dirías a un joven que tiene un sueño, pero piensa que es imposible?

“Así como yo puedo soñar y puedo ir al espacio, ¿cuál es tu sueño que tú puedes lograr y que todos podamos celebrar?”

Me quedo con eso.

Porque quizá no todos vamos a viajar al espacio. Pero todos tenemos un lugar al que queremos llegar.

Y mientras Germán Bricio se prepara para cruzar la línea de Kármán, nosotros podemos comenzar por cruzar nuestras propias líneas de miedo, de conformismo y de incredulidad.

Al final, quizá ésa sea la verdadera enseñanza de esta historia: los sueños no siempre mueren; a veces solamente están esperando que volvamos a creer en ellos.

Y sí, querido lector, aquí entre nos… ¿tú ya volviste a creer en el tuyo?

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