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Opinión

Educación y Tecnología | Educando para la paz.

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Luis Lach.

*Luis Lach.

Computer Clubhouse en Ramallah, Palestina.

En un mundo que en ocasiones parece estar al borde del precipicio, descubrimos historias que nos reiteran que somos una especie muy compleja, y que siempre hay historias que nos sorprenden, ya sea en lo negativo o en lo positivo. Hoy atestiguamos cómo la sed de venganza lleva a población civil de ambos lados de la frontera entre Gaza e Israel a pagar hasta con la vida, la insensatez de los más radicales. Es muy importante destacar que no es cuestión de números. Los muertos duelen en ambos lados de la frontera. Pero tampoco debemos cerrar los ojos a quienes están perpetrando este genocidio de población civil y que tienen nombre: El grupo Hamás y el gobierno de Israel, bajo las órdenes de Benjamín Netanyahu, quienes están masacrando población civil cometiendo graves crímenes de lesa humanidad, con el silencio de la Organización de las Naciones Unidas.

Sin embargo, esta columna no pretende profundizar el conflicto, sino lo que se hace en favor de la paz. La Organización de las Naciones Unidas, a pesar de su actitud dubitativa ante el conflicto, ha promovido desde los años 70 una cultura por la paz, que ha sido seguida por multitud de países, entre ellos México y América Latina. Los niños, niñas, adolescentes y jóvenes que se desarrollan en un ambiente sano, son felices en espacios que sean estables. Cuando estuve a cargo del Intel Computer Clubhouse del Palacio Postal, pude confirmar que cuando tratas bien a un joven, él siempre te responderá de la misma forma. En un espacio tan delicado como el Edificio de Correos, donde hasta para clavar un clavo, requieres el permiso de Bellas Artes, chicos que en otros lugares podrían haber sido etiquetados, perseguidos, ignorados, encontraban en este espacio un refugio y un espacio para ser creativo y para vivir en un mundo en paz. Este modelo, desarrollado bajo la guía del Dr. Mitch Resnick y del Media Lab del MIT en Boston, Estados Unidos, así como del Museo de Ciencias de Boston, han creado, no sólo un espacio para aprender cómputo, sino para soñar un mundo en paz, un mundo creativo y sobre todo, un mundo hermanado. Y esa simiente ha viajado por todo el planeta.

Hoy en día, opera el Computer Clubhouse de Palestina, de nombre Al Bireh, en la Ciudad de Ramallah, Palestina. Vean este video en donde pueden ver sólo muchachos, como en cualquier otra parte del mundo, creando, diseñando y fundamentalmente, siendo, niños, niñas y jóvenes. Cuando participé en la red, existía además un Clubhouse en Israel. Por alguna razón, ya no existe (es muy probable que sea por insuficiencia de fondos), pero cuando existía, recuerdo que tenían una comunicación y colaboración continua. Así debe de ser, la cultura de paz es inherente a los niños y jóvenes. No hay que enseñarles qué es la paz. Solamente no les arruinemos su paso por la vida. Deseo de todo corazón que cesen los bombardeos, y que otros lugares del mundo en sufrimiento, como en estos momentos Acapulco, en México, dejemos por un momento las actitudes básicas de política miseria y apoyemos la reconstrucción del puerto.

Y hablando del Media Lab del MIT, el Dr. Mitch Resnick ha lanzado esta semana una app para niños llamada Octostudio. Échenle un ojo, y vean este video: 

De primera instancia se trata de una app diseñada para equipos móviles, donde pueden programar por bloques, como se hace en Scratch, pero de forma más sencilla aparentemente. Disfrútenlo, porque estas app son gratuitas.

Para finalizar, y como cierre a este tema de una cultura por la paz, y en consonancia con el modelo de la Nueva Escuela Mexicana, a nivel bachillerato hay un trabajo importante que debemos profundizar. 

Y retomando la cita que hacen a María Montessori, reafirmemos:

«La educación es la mejor arma para la paz»

Es nuestra vocación ser educadores, hagamos lo que sea necesario para que vivan nuestros estudiantes en un mundo en paz.

Feliz semana.

Mis redes sociales:

Correo: luislach@drafconsultores.com

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Educación

Académica BUAP recibe galardón educativo y Doctorado Honoris Causa por la OIICE

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En reconocimiento a sus 40 años de trayectoria profesional, María Antonieta Monserrat Vera Muñoz, directora de la Facultad de Contaduría Pública de la BUAP, recibió el Galardón a la Excelencia Educativa y el Doctorado Honoris Causa por la Organización Internacional para la Inclusión y Calidad Educativa (OIICE).

Aquí la entrevista completa realizada en el programa De Todo Un Poco de Radio BUAP 96.9 FM.

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Educación

¿Sabías que solo muy pocos tienen Salud mental?

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En entrevista para el programa De Todo Un Poco de Radio BUAP 96.9 FM en Puebla María Esther Flores Sosa Psicóloga clínica y neuropsicóloga nos explico sobre este tema.

Tolerancia, autocontrol son algunos de los rasgos de la salud mental y esto y más nos conto María Esther Flores Sosa Psicóloga clínica y neuropsicóloga.

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Espectáculos

Aún es de noche en caracas: la noche que no termina

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EL CONFESIONARIO

Por Ray Zubiri

Caracas no es una ciudad: es una herida. Y en esa herida late Aún es de noche en Caracas, la película que Mariana Rondón y Marité Ugás han dado al mundo con la precisión brutal de quien desnuda una verdad incómoda. Esta obra —adaptación de la novela La hija de la española de Karina Sainz Borgo— no es cine de evasión; es espejo, piedra y poema desgarrado.

Mariana Rondón, Venezuela y Marité Ugás, Perú son dos voces veteranas del cine latinoamericano contemporáneo. Su trabajo en colaboración trasciende géneros, fronteras y disciplinas. Ambas, directoras, productoras y guionistas, han recibido prestigiosos premios, como la Concha de Oro en San Sebastián, el Alexander de Thessaloniki o el Astor en Mar del Plata, premios FIPRESCI o el Premio del Sindicato Francés de la Crítica Cinematográfica.

Atrapada en una ciudad al borde del colapso, Adelaida, entierra a su madre y queda completamente sola. En las calles de Caracas, las protestas son aplastadas con brutalidad. Al volver a casa, descubre que su apartamento ha sido invadido por un grupo de mujeres leales al régimen. Sin salida, se refugia en el piso contiguo, donde encuentra a su vecina muerta. Obligada a compartir su encierro con un joven en quien no puede con fiar, cae en un claustrofóbico espiral de paranoia, miedo y muerte, hasta comprender que, para salvarse, debe renunciar a su identidad y asumir otra.

Ese espacio —claustrofóbico, oscuro— se convierte en metáfora de la Venezuela contemporánea: no hay escape, sólo sobrevivencia, desconfianza, y el lento divorcio de la identidad propia.

Rondón y Ugás no hacen concesiones. Su cámara insiste en el detalle, en la respiración entrecortada, en la paranoia que se instala como huésped permanente en la vida de sus personajes. No hay banda sonora complaciente ni una luz que suavice el dolor. La música de Camilo Froideval funciona como una cuerda tensada: cada nota hace crujir un silencio que nunca termina de romperse.

Lo que diferencia a esta película de un mero retrato de violencia es su voluntad de memoria. La Caracas que vemos no es una escenografía genérica: es ciudad específica, con nombres, calles y heridas. Es, como dijeron sus autoras en Venecia, un acto de resistencia contra el olvido. “Queríamos decirle al mundo que aún es de noche en nuestro país, aunque se quiera olvidar”.

Ese afán por recordar —y hacer recordar— se extiende más allá de las fronteras de la pantalla. A través de festivales internacionales como Venecia, Toronto y Morelia, el film se ha convertido en plataforma para quienes han vivido o empatizan con la diáspora venezolana: ocho millones de personas que se vieron forzadas a abandonar su tierra en busca de un futuro que aquí dejó de ser posible.

Pero Aún es de noche en Caracas no es sólo denuncia; es fábula sobre la identidad en fuga. La protagonista aprende, no sin pagar con su piel y su cordura, que a veces para sobrevivir hay que renunciar incluso a lo que somos. Ese sacrificio interior —más cruel que cualquier bala o grito en la calle— se acumula como ceniza en cada plano, en cada mirada perdida hacia un horizonte que nunca aparece.

La película está protagonizada por un elenco que parece cargado de testimonio: Moisés Angola, Samantha Castillo, Sheila Monterola y el propio Edgar Ramírez —también productor— forman, con Reyes, un grupo que no interpreta personajes, sino memorias colectivas. Cada gesto, cada silencio, es la suma de miles de historias de pérdida, miedo y resistencia.

Es significativo que esta película se haya rodado fuera de Venezuela —en México— debido a las limitaciones y riesgos de filmar en el país que retrata. Ese exilio físico del set se vuelve símbolo de un cine que se hace en la distancia, pero que no deja de mirar atrás. La mirada de Rondón y Ugás es, por momentos, cruda como documento de guerra; en otros, poética y dolorosa como carta de amor a lo que fue, a lo que pudo ser y ya no será.

Ver Aún es de noche en Caracas es, en el mejor sentido, una experiencia incómoda. No hay descanso para los ojos ni tregua para la sensibilidad. Aquí, la noche no es metáfora: es condición permanente, estado social y mental. Y cuando la luz se filtra —como lo hace apenas en los bordes del relato— es porque la cámara la fuerza, no porque la ciudad la permita.

El cine latinoamericano tiene en esta película un ejemplo de cómo el arte puede convertirse en crónica de un tiempo histórico. No hay moraleja fácil ni final feliz, sólo un espejo al que pocos querrán acercarse, pero que todos necesitamos ver: la noche —esa que aún es de noche en Caracas— puede ser la nuestra si no aprendemos a encender luces en nuestra memoria colectiva.

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Contacto: rayzubiri@yahoo.com.mx  Redes Sociales: @RayZubiri

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