Connect with us

Opinión

Educación y Tecnología | ¿Qué miden las evaluaciones de opción múltiple?

Published

on

Luis Lach.

*Luis Lach.

Los modelos mediados por las TIC hacen uso más que frecuente de las evaluaciones de opción múltiple. Particularmente cuando se da formación en un modelo asíncrono (cada estudiante trabajando en sus tiempos) y en grandes grupos (que en un MOOC (Massive Online Open Course) como es el caso de Coursera), puede un curso llegar a 50,000 personas. Una evaluación en estos contextos sólo puede lograrse con exámenes de opción múltiple. De la misma manera, Google Workspace for Education ha popularizado este tipo de evaluaciones, por medio de la plataforma Google Forms, que permite crear tests con opciones para ser llenados en el modelo de opción múltiple, u otros modelos de evaluación, y que además sistematiza los resultados, aliviando la carga laboral de los docentes.

Hasta aquí todo bien. Las TIC una vez más han permitido opciones, como en este caso de evaluaciones que pueden ser automatizadas y tener los resultados finales en instantes. Sin embargo, la duda que me ha asaltado todo el tiempo es su eficiencia. ¿Realmente los tests de opción múltiple miden el conocimiento real del estudiante?, ¿de qué depende?

En primer lugar, en mi humilde opinión, depende de la sintaxis con que estén escritos. En muchas ocasiones quienes nos enfrentamos a una pregunta de este tipo, aunque conozcamos del tema, no atinamos si es un inciso o el otro, entre otras cosas, porque quien redactó la pregunta primero se aseguró de elaborarla teniendo bien claro para él o ella de cuál sería la respuesta correcta, y los demás reactivos, o bien simplemente los rellenó con conceptos cercanos o añadió algo que pudiese engañar y hacer caer al aplicante. Pero aquí está la parte que genera confusión, porque justamente al enlazar en las opciones conceptos cercanos, muy frecuentemente resulta que la respuesta abierta a esa misma pregunta no estaría en blanco y negro y contendría aspectos que concatenaran muchos elementos que demostraran un manejo del tema a evaluar, pero que en la respuesta de opción múltiple es un sólo inciso, y así no opera la vida. Por esta razón, mi percepción es que este tipo de evaluaciones de forma muy recurrente tienden a no evaluar lo que deben, y valoran más elementos de memoria tradicional, la más socorrida en nuestros sistemas educativos.

En una ocasión, hice el proceso para obtener una plaza en el gobierno federal. Me hicieron leer la Ley Federal de responsabilidades de los servidores públicos, los sitios web donde había información vital del gobierno federal, en total, unas 300 páginas de información. Muchísimo material para revisar y prepararme para concursar. Se supone que era muy importante la experiencia para poder aplicar a la posición. Sin embargo el test estaba lleno de puras cuestiones de memoria, y otras de memoria fotográfica: en un reactivo me preguntaban, «En x página está un párrafo que señala las acciones del C. Presidente en tal rubro»…acto seguido, la pregunta era: «son 4 párrafos en el sitio, dígame cuál de ellos tiene este mensaje…el primero…tic tac….el segundo…tic tac…» Me sigo pregunto qué medía esa pregunta: ¿memoria fotográfica?¿eso requería tener el aplicante como competencia para ser exitoso en su función? Me niego a creerlo.

Y todavía lo pueden complicar más. Preguntas de opción múltiple de 4 reactivos donde dos o más son correctas. Y de nueva cuenta la subjetividad para abordar las respuestas hace que muy comúnmente se fallen estos exámenes, a menos que te hayas preparado de memoria. Además si pusiste dos bien y no 3, de cualquier forma se anula la respuesta completa, aunque hayas demostrado al menos parcialmente el manejo del concepto. Eso habría que revisarlo cada vez que se aplica. Y en nuestro medio tecnológico, donde hablamos de la importancia de nuevos modelos educativos, basarnos en la memoria no supone un paso hacia adelante (y vaya que yo defiendo la memorización en determinados contextos educativos, pero no generalizado en los test de opción múltiple).

¿Y cuál es la solución? yo pienso que quizás es buena hora de:

1. Estandarizar los tests de opción múltiple. Para ello CONOCER podría iniciar un estándar específico. Se necesita una mayor profesionalización en la elaboración de estos instrumentos.

2. Añadir elementos que compensen el sobrepeso que sobre la memoria comúnmente tienen estos exámenes.

3. Relativizar la ponderación de estos vehículos de evaluación. Me ha tocado observar algún estándar de CONOCER en donde por una respuesta mala de conocimientos, te pueden declarar «no competente», cuando se supone que este tipo de estándares se basan en el «saber hacer» y el conocimiento no debe ser tan determinante, sino la experiencia. Lo mismo ocurre con otro tipo de certificaciones de otras entidades públicas y privadas que recurren a la opción múltiple, donde incluso la redacción es confusa, porque vienen de traducciones de otros idiomas.

Para finalizar, les platico la experiencia que tuve en un test para hacer ranking de «hints» (sugerencias que te pone el navegador cuando comienzas a escribir), y donde, de acuerdo a la respuesta que me daba el sitio, yo debía clasificar en: perfecto, bueno, aceptable y no aceptable. Se me dio una capacitación al respecto, y nunca pasé de 68% del test bien (lo hice tres veces). Mi percepción al final es que había brechas subjetivas entre cada categoría, que literalmente tendría que estar en la cabeza de quien hizo el test. Otra posibilidad, es que yo sea muy malo y no lo acepte.

En tiempos en que vivimos una aceleración de la tecnología en todos los aspectos de nuestras vidas, revisar modelos que se nos pueden haber escapado del armario de lo tradicional, no es tiempo ocioso. Vale la pena ser críticos siempre.

Les mando un saludo cordial.

Mis redes sociales:

Correo: luislach@drafconsultores.com

Linkedin: https://www.linkedin.com/in/luis-lach-48b8452/ https://www.linkedin.com/company/drafconsultores/?viewAsMember=true

Facebook: https://www.facebook.com/luislach00

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Educación

El mexicano que conquistó a América Latina como Elvis Presley y fue avalado por la BBC de Londres

Published

on

By

El Confesionario

Por Ray Zubiri

Hay personajes que se imitan, otros que se interpretan y algunos que exigen algo más que buena memoria, vestuario y talento. Personajes que obligan a estudiar su historia, sus movimientos, su personalidad y hasta los detalles que podrían pasar inadvertidos para el público. Porque, cuando hablamos de Elvis Presley, el Rey del Rock and Roll, no basta con ponerse un traje blanco, dejarse crecer las patillas y soltar un Thank you, thank you very much. ¡No, señor! Aquí hasta las botas tienen que pasar examen.

Y para muestra, Héctor Ortiz, un hombre que lleva 41 años personificando a Elvis Presley y que tuve la oportunidad de entrevistar. Una conversación que nos permitió descubrir que detrás de las lentejuelas, los anillos y los movimientos de cadera existe una historia de disciplina, investigación, teatro y, sobre todo, respeto por uno de los artistas más influyentes de la música popular.

¿Cuál es la diferencia entre imitar a Elvis y personificarlo?

 “Yo lo que hago no es una imitación, perdón, pero es una personificación”. Y aunque a primera vista pudiera parecer una discusión de palabras, en realidad es la esencia de su trabajo. Imitar puede significar reproducir una voz, un gesto o una canción; personificar implica estudiar al personaje, comprender sus distintas etapas y conseguir que el público reconozca algo más que un parecido físico.

Porque resulta que Elvis no usaba cualquier bota. Héctor es muy estricto con los detalles y nos cuenta que no puede utilizar botas puntiagudas porque Elvis “nunca usó unas botas picudas”. Las suyas eran chatas, de punta cuadrada. ¡Imagínese! Uno pensando que el asunto consiste en conseguir un traje espectacular y resulta que, si la punta del calzado no corresponde, ya empezamos mal.

Y eso no es todo. El vestuario debe reproducir el original, los anillos tienen que ser los adecuados, el maquillaje debe corresponder a la época y hasta la condición física importa cuando se representa al Elvis de 1972 o 1973.

En esta aventura, Héctor no está solo. Su esposa es su coproductora, corista y maquillista, una compañera fundamental en la construcción de un espectáculo que lleva décadas perfeccionándose. Porque sí, queridos lectores, detrás de un Rey también hay un equipo que se encarga de que todo esté en orden antes de que suene la primera canción.

¿Qué tiene que suceder para que el público realmente crea que está viendo a Elvis?

“En el momento que yo entro a escena… yo debo convencer a cinco personas o a cinco mil personas las tengo que convencer que soy Elvis”.

Y para conseguirlo, el primer convencido debe ser él mismo: “Yo me tengo que creer en ese momento, yo me tengo que creer en el personaje”.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre entregarse a una interpretación y perder la identidad. Cuando termina el espectáculo, Héctor vuelve a ser Héctor. Él mismo lo explica: “Cruzo esa línea de regreso y soy simplemente Héctor Ortiz, no me creo Elvis Presley”.

¡Eso es oficio! Saber entrar en un personaje, darle vida frente al público y después regresar a casa sin necesidad de pedir que le sirvan un sándwich de mantequilla de cacahuate al estilo del Rey. La actuación tiene sus límites, y Héctor sabe perfectamente dónde comienza y dónde termina Elvis.

¿Qué ocurre cuando la BBC de Londres toca a tu puerta?

Pues uno podría pensar que se trata de una broma, pero no. La BBC de Londres buscaba a algunos de los mejores personificadores de Elvis Presley en el mundo y Héctor recibió una invitación para participar en el proceso. Le solicitaron material y posteriormente respondió un cuestionario de aproximadamente cien preguntas.

¿El resultado? De acuerdo con lo que Héctor compartió en nuestra entrevista, la BBC lo identificó como “el mejor de toda Latinoamérica” entre los materiales que recibió.

Y aquí vale la pena detenernos. No estamos hablando únicamente de una persona que se parece a Elvis o que canta sus canciones. Estamos hablando de una trayectoria que comenzó en el teatro y que se ha sostenido durante décadas gracias al estudio de un personaje que revolucionó la música, el espectáculo y la cultura popular.

Por eso, cuando Héctor habla de su trabajo, insiste en una palabra que debería acompañar a cualquier artista que rinde homenaje a otro: respeto. “Yo hago este tributo a Elvis, lo hago con muchísimo respeto”, afirma. Y por si fuera poco también ha desarrollado una trayectoria en el doblaje y la música para producciones de Disney. Fue Gastón en La Bella y la Bestia, participó como Winston Devere en Los Increíbles 2 y formó parte de las voces que interpretan canciones de Toy Story 4.

Él mismo nos cuenta: “canto el tema Yo soy tu amigo fiel”. También participa en la canción de la famosa cucharita que quiere convertirse en basura. Sí, hablamos de Forky, ese personaje que nos recuerda que incluso un objeto aparentemente insignificante puede convertirse en protagonista de una gran aventura.

Y la historia continúa con una gira por Sudamérica que contempla Honduras, Guatemala y Panamá, donde Héctor participará interpretando esas canciones. De Elvis a Gastón, y de Gastón a Forky, hay un camino que exige técnica vocal, versatilidad y una capacidad extraordinaria para cambiar de registro.

Porque, seamos sinceros, no cualquiera puede pasar de cantar como el Rey del Rock a explicarle a una cucharita que es un buen amigo.

¿Qué sucede cuando alguien que vio al Elvis verdadero te dice que eres increíble?

Esta es, quizá, una de las anécdotas más entrañables que Héctor compartió conmigo. Ocurrió en Mazatlán, durante el Festival Cultural. Las funciones estaban completamente llenas y entre el público había principalmente estadounidenses y canadienses.

En medio de aquella experiencia, una señora mayor se acercó a Héctor. Lo tomó de la cara y le dijo en inglés: “I saw Elvis in 1972 and you are amazing”.

Traducido al español: “Vi a Elvis en 1972 y tú eres increíble”.

La frase tiene una dimensión muy especial. Aquella mujer no estaba hablando de una fotografía, de un disco o de una película. Ella había visto a Elvis Presley en persona. Había estado frente al artista original y, después de presenciar el espectáculo de Héctor, encontró en él algo que le recordó aquella experiencia.

¿Qué se siente recibir un reconocimiento así? ¿Qué pasa por la cabeza de un hombre que lleva décadas estudiando a un artista cuando alguien que conoció al verdadero Elvis le dice que ha logrado transmitir su esencia?

Héctor lo resume con una frase que no necesita demasiadas explicaciones: “yo ya estoy pagado”.

Y sí, hay reconocimientos que no caben en una placa, en un diploma ni en una publicación de redes sociales. Hay momentos que justifican años de trabajo, ensayos, viajes y sacrificios. Ese encuentro en Mazatlán parece ser uno de ellos.

¿Y qué hay de Priscilla Presley? ¿También conoció a la mujer que compartió parte de su vida con el Rey?

¡Claro que sí! Y aquí viene otra historia que merece quedarse en el álbum de los grandes recuerdos.

Durante un espectáculo relacionado con Elvis in Concert, Héctor tuvo la oportunidad de coincidir con Priscilla Presley. Sin embargo, el primer encuentro no fue precisamente como uno se lo imaginaría. Durante los ensayos, le pidieron que se retirara del área donde se encontraba porque, según le comunicaron, Priscilla no podía verlo.

Héctor, fiel a su sentido del humor, recuerda la situación con una frase que arranca una sonrisa: “si estoy feo, pero no es para tanto”.

¡Imagínense la escena! El hombre que lleva más de cuatro décadas dando vida a Elvis tiene que hacerse a un lado para no cruzarse con Priscilla. Pero la historia dio un giro inesperado al terminar el concierto: fue la propia Priscilla quien pidió tomarse una fotografía con él.

Y así, lo que comenzó como una petición para que se retirara del lugar terminó convirtiéndose en una fotografía que Héctor conserva como uno de los recuerdos más especiales de su carrera.

Porque hay encuentros que no necesitan demasiadas palabras. Una imagen junto a Priscilla Presley, después de tantos años personificando a Elvis, representa un capítulo muy particular en la vida de este artista mexicano.

¿Elvis Presley tenía algo contra los mexicanos? ¿Realmente estuvo en Acapulco?

En nuestra conversación también hubo espacio para revisar algunos de los mitos que rodean la relación entre Elvis Presley y México.

Héctor cuestiona la versión de que el cantante despreciaba a los mexicanos y sostiene, a partir de sus investigaciones y los testimonios que ha recopilado, que esa historia estuvo relacionada con una campaña que buscaba impedir que Elvis llegara a nuestro país. Es una interpretación que conviene analizar a la luz de documentos y fuentes históricas, porque la historia del Rey también ha estado acompañada de relatos que se repiten durante generaciones.

Otro dato que vale la pena aclarar es que Elvis nunca estuvo físicamente en Acapulco para filmar Fun in Acapulco. Aunque la película de 1963 lleva el nombre del puerto mexicano, las escenas se realizaron mediante sets y fondos que recreaban el destino turístico.

Así que sí, Elvis cantó sobre Acapulco, pero no tenemos que imaginarlo caminando por la Costera, buscando una sombrilla o preguntando dónde sirven los mejores mariscos.

Héctor también recuerda que, durante su último concierto, celebrado en junio de 1977 en Indianápolis, Elvis llevaba elementos mexicanos en su vestuario, entre ellos el calendario azteca. Y, según relata, la última palabra que pronunció antes de abandonar el escenario fue “adiós”.

Detalles que nos recuerdan que la relación entre Elvis y México tiene más matices de los que muchas veces aparecen en las conversaciones de sobremesa.

¿Cómo comenzó esta historia que ya suma 41 años?

Todo se remonta a 1985, cuando Héctor participó en la obra José el Soñador. Su personaje, el faraón, se transformaba en un Elvis al estilo Las Vegas. Aquella experiencia teatral fue el punto de partida de una aventura que, una vez terminada la obra, lo llevó a construir su propio espectáculo y recorrer la República Mexicana.

Desde entonces han pasado cuatro décadas de escenarios, vestuarios, canciones, viajes, televisión, teatro, doblaje y miles de espectadores. Una trayectoria que demuestra que los homenajes artísticos pueden convertirse en una profesión cuando se sostienen con preparación, constancia y una comprensión profunda de aquello que se busca representar.

Y aquí es donde me quedo con una reflexión después de esta conversación ¿cuántas veces confundimos el talento con la facilidad? Vemos a alguien sobre un escenario y pensamos que todo consiste en ponerse un traje, aprenderse unas canciones y salir a recibir aplausos. Pero detrás de una interpretación convincente hay años de trabajo que el público no siempre alcanza a ver.

Y si alguna vez una mujer que vio al verdadero Elvis en 1972 te toma de la cara para decirte que eres increíble, o si Priscilla Presley termina pidiéndote una fotografía, quizá sea momento de reconocer que tantos años de trabajo han dejado huella.

Héctor Ortiz no es Elvis Presley. Y precisamente por eso, porque sabe quién es y conoce a quién representa, y puede conseguir que durante un espectáculo el público vuelva a encontrarse con el Rey.

“De igual manera, vamos a trabajar en los preparativos del concierto del próximo año en el Teatro Metropólitan, que será más que especial, pues será para conmemorar los 50 años del fallecimiento de Elvis Presley; y para conmemorar mis 75 años de vida”, finalizó.

La columna de esta semana ha terminado pueden ir en paz.

¡Escúchenme! de lunes a viernes en el programa donde hacemos entretenimiento educativo y siempre aprendemos algo nuevo De Todo Un Poco con seguro servidor de 10 a 11 de la mañana en Radio BUAP 96.9 FM.

Contacto: rayzubiri@yahoo.com.mx  Redes Sociales: @RayZubiri

Si usted es un medio de comunicación y se pregunta si puede publicar esta columna en su medio, ¡la respuesta es sí! Solo asegúrese de dar el crédito adecuado a www.revistapuebla.com y al autor.

Continue Reading

Educación

El fin de la escuela: ¿estamos educando o simplemente pasando de grado?

Published

on

By

El Confesionario

Por Ray Zubiri

Hay películas que uno ve, comenta y olvida. Y hay otras que terminan cuando aparecen los créditos, pero comienzan realmente cuando uno sale de la sala. El fin de la escuela, documental dirigido por Carlos Armella, protagonizado por Ana Serradilla y creado y producido ejecutivamente por Juan Alfonso Mejía, pertenece a esta segunda categoría.

Porque aquí no estamos frente a una película que pretende decirnos simplemente que la escuela está mal. La pregunta es mucho más incómoda: ¿para qué queremos la escuela? Y esa pregunta, queridos lectores, no es exclusiva de maestros, directores o autoridades educativas. También es para nosotros como padres, madres, estudiantes y ciudadanos.

Juan Alfonso Mejía con quien tuve el gusto de platicar lo dice de manera contundente: “El fin de la escuela es aprender o de lo contrario será su fin.”

Y ahí empieza el problema.

Porque durante años hemos confundido aprender con pasar de año, aprender con sacar buenas calificaciones, aprender con llenar libretas, aprender con memorizar para un examen o aprender con obtener un certificado. Pero una boleta llena de dieces no necesariamente significa que un niño comprende lo que lee, sabe resolver un problema, puede distinguir información verdadera de falsa o tiene herramientas para enfrentar la vida.

La película nos obliga a detenernos frente a una realidad que muchas veces preferimos no mirar. Mientras los adultos discutimos planes de estudio, reformas, libros de texto, métodos y discursos, hay niños que avanzan de grado arrastrando enormes huecos de aprendizaje. Y esos huecos no desaparecen mágicamente. Se acumulan.

Mejía utiliza una imagen que me parece brutalmente precisa: “aprender creo que es rechazar tu presente como destino.”

¿Qué significa esto? Que enseñar a leer a un niño no es solamente enseñarle a juntar letras. Es darle acceso a otro mundo. Es permitirle comprender una noticia, cuestionar una mentira, conocer sus derechos, imaginar otra vida y descubrir que su código postal no tiene por qué convertirse en una sentencia.

Y aquí viene la parte que más duele: no todos los niños tienen las mismas oportunidades de llegar al final del camino educativo.

Mejía plantea en la conversación que la escuela puede ser, para muchos niños, “su único tren” y que si lo pierden quizá no exista otro que llegue después.

Por eso resulta demasiado cómodo pensar que mientras nuestros hijos estén bien, todo está bien. No.

Si un niño abandona la escuela porque nunca logró comprender lo que le estaban enseñando, el problema no terminó cuando dejó de asistir. El problema se trasladó a la sociedad. Porque ese niño será mañana un joven con menos posibilidades, un adulto con menos herramientas y, posiblemente, una persona que habrá aprendido desde muy temprano que el sistema no estaba diseñado para él.

Y entonces la pregunta deja de ser solamente educativa. Se convierte en una pregunta social.

¿Qué sociedad estamos construyendo cuando aceptamos que algunos aprendan y otros simplemente sobrevivan?

El documental también pone sobre la mesa algo que como padres debemos reconocer: muchas veces entregamos a la escuela responsabilidades que también nos corresponden. Queremos que nuestros hijos estén seguros, que aprendan, que sean disciplinados, que sepan convivir, que sean críticos y que tengan futuro, pero no siempre preguntamos qué podemos hacer nosotros para que eso ocurra.

Yo mismo, mientras veía El fin de la escuela, terminé haciéndome esa pregunta: ¿qué estoy haciendo yo?

Y creo que esa es una de las mayores virtudes de este proyecto: no permite que el espectador se esconda detrás de “la culpa es de la escuela”, “la culpa es del gobierno”, “la culpa es de los maestros” o “la culpa es de los padres”.

Mejía propone algo mucho más cercano y, al mismo tiempo, mucho más difícil: mirar la escuela que tenemos enfrente.

Lo dice así: “olvídense de las reformas educativas” y concentremos la atención en “esa escuela que tienen más cercana a su casa”, porque ahí comienza la transformación.

Esto es particularmente importante porque México no es un solo país educativo. No es lo mismo estudiar en una comunidad rural que en Puebla capital; no es lo mismo crecer en una zona con violencia que en una colonia con todos los servicios; no es lo mismo tener una madre o un padre que puede acompañar diariamente las tareas que crecer en una familia donde el adulto responsable tiene que salir a trabajar todo el día.

Por eso no podemos pretender que una misma receta funcione para todos.

La escuela tiene que recuperar algo que parece haberse perdido en el camino: el sentido de aprender.

Y aquí aparece otro enemigo silencioso: la obsesión por cumplir.

Cumplir con el programa. Cumplir con las tareas. Cumplir con las páginas. Cumplir con las calificaciones. Cumplir con el calendario.

¿Y si en medio de tanto cumplimiento dejamos de preguntarnos si nuestros niños están aprendiendo?

Porque podemos avanzar en el calendario escolar mientras un niño sigue sin comprender lo que lee.

Podemos enseñar fracciones mientras otro todavía no domina las operaciones básicas.

Podemos hablar de pensamiento crítico mientras castigamos cualquier pregunta que cuestione al adulto.

Podemos llenar salones de tecnología mientras el estudiante utiliza la herramienta para pensar menos.

Y aquí aparece también la discusión sobre los teléfonos celulares y la inteligencia artificial. El problema no es únicamente la tecnología. El verdadero desafío es decidir para qué la estamos utilizando. Una herramienta que debería ayudarnos a pensar no puede convertirse en una máquina para evitar pensar.

La escuela necesita volver a ser comunidad necesita recuperar la conversación cara a cara, la curiosidad, el error, la creatividad y la capacidad de hacerse preguntas. Necesita dejar de tenerle miedo al alumno que pregunta “¿por qué?”.

Porque quizá ese niño que pregunta demasiado no está interrumpiendo la clase. Quizá está aprendiendo.

Y aquí viene la parte esperanzadora de El fin de la escuela: la película no nos dice que todo está perdido. Al contrario. Nos dice que todavía podemos hacer algo.

No mañana.

Hoy.

Podemos comenzar preguntándole a nuestros hijos qué aprendieron y no solamente qué calificación obtuvieron.

Podemos leer con ellos.

Podemos preguntarles qué piensan de una noticia.

Podemos enseñarles a distinguir una mentira de un hecho.

Podemos permitirles equivocarse.

Podemos acercarnos a los maestros no únicamente cuando hay un problema, sino para preguntar qué podemos hacer juntos.

Podemos preguntarle a nuestra escuela qué necesita.

Podemos dejar de pensar únicamente en “mi hijo” y comenzar a pensar también en los demás niños.

Porque una comunidad educativa no puede construirse bajo la lógica de “mientras mi hijo esté bien, los demás no son asunto mío”.

El futuro de nuestros hijos también depende del futuro de los hijos de los demás.

Y quizá esa sea la conversación más importante que propone esta película.

Juan Alfonso Mejía lo resume en una frase que debería quedarse pegada en las paredes de nuestras escuelas: “no les dé miedo romper el molde”.

Yo agregaría algo desde este espacio: no tengamos miedo de volver a preguntar para qué estamos educando.

Porque si la respuesta es únicamente para aprobar exámenes, estamos llegando tarde.

Si es únicamente para obtener un título, también.

Si es únicamente para conseguir un empleo, la pregunta se queda corta.

La educación tiene que servir para que una persona pueda comprender el mundo, cuestionarlo, convivir con otros, resolver problemas, desarrollar sus capacidades y construir una vida con mayores posibilidades.

Por eso El fin de la escuela no debería terminar en una sala de cine.

Debería llegar a las escuelas.

A las reuniones de padres.

A las universidades.

A las salas de maestros.

A las conversaciones familiares.

A las comunidades.

Y también a la radio.

Porque si algo he aprendido haciendo De Todo Un Poco es que educar y entretener no son enemigos. Que una conversación puede enseñar. Que una historia puede despertar curiosidad. Que una pregunta puede abrir una puerta.

 La escuela no está solamente dentro de cuatro paredes.

La escuela somos todos.

Y si queremos cambiarla, quizá el primer paso no sea esperar la próxima gran reforma educativa.

Quizá sea caminar hasta la escuela que está en la esquina de nuestra casa y preguntar, con absoluta honestidad:

¿Qué necesitan nuestros niños para aprender de verdad?

La respuesta puede ser incómoda.

Puede doler.

Puede obligarnos a cambiar.

Pero también puede abrir una posibilidad.

Porque mientras haya un niño que todavía pueda descubrir que leer le permite imaginar otro futuro, mientras exista un maestro dispuesto a romper el molde, mientras haya un padre dispuesto a involucrarse y mientras una comunidad decida que ningún niño debe quedarse atrás, la historia todavía no está escrita.

Y tal vez ese sea, precisamente, el verdadero comienzo de la escuela.

El fin de la escuela llega a los cines el 24 de septiembre de 2026.

La columna de esta semana ha terminado pueden ir en paz.

¡Escúchenme! de lunes a viernes en el programa donde hacemos entretenimiento educativo y siempre aprendemos algo nuevo De Todo Un Poco con seguro servidor de 10 a 11 de la mañana en Radio BUAP 96.9 FM.

Contacto: rayzubiri@yahoo.com.mx  Redes Sociales: @RayZubiri

Si usted es un medio de comunicación y se pregunta si puede publicar esta columna en su medio, ¡la respuesta es sí! Solo asegúrese de dar el crédito adecuado a www.revistapuebla.com y al autor.

Continue Reading

Educación

A 100 años de la Guerra Cristera de México: Lo que debes saber.

Published

on

By

Esta y más entrevistas en: https://www.facebook.com/detodounpocoBUAP/

Continue Reading
Advertisement
Advertisement
Advertisement
Advertisement
Advertisement
Advertisement
Advertisement
Advertisement
Advertisement
Advertisement

Trending

Revista Puebla Derechos Reservados © 2023