IV Domingo de Cuaresma, ciclo C
Parábola de la misericordia (cf. Lc 15,1-3.11-32)
El joven de la parábola la regó; malgastó todo lo que su papá le había regalado, y ahora, muriéndose de hambre, hasta quería comerse las algarrobas con que alimentaban a los cerdos de la porqueriza a donde lo mandó a trabajar uno de aquel país. Ese fue el resultado de sus malas decisiones; desconfiando de su papá, se alejó de él y del resto de su familia, para vivir a su manera, de una forma inmoral.
Eso es lo que le ha pasado a la humanidad; habiendo recibido todo de Dios, desconfiamos de él y buscamos pasarla bien por otro camino. Así, lejos del Padre, malgastamos la salud, el cuerpo, la sexualidad, los sentimientos, la inteligencia, el espíritu, la familia, la sociedad, el medioambiente. Y viéndonos necesitados, el mismo que nos hizo desconfiar de Dios, el diablo, nos ofrece sobrevivir haciendo porquerías, y hasta deseando cosas que, como dice san Agustín: “meten ruido, pero no sacian” [1].
Esa es nuestra historia. Pero, como sucedió con aquel hijo menor, también todo puede cambiar para nosotros: “Volvióprimero a sí mismo –señala san Agustín– y de esta manera volvió al padre”[2]. Como él, reencontrémonos con nosotros mismos y escuchémonos para distinguir las cosas y descubrir qué debemos hacer.
El joven lo vio con claridad: debía volver al padre y así recuperar la dignidad perdida. ¿Y qué encontró? Lo que su papá le había dado siempre: su amor, incondicional e infinito. Porque como dice san Juan Pablo II, para el padre, un hijo, por más pródigo que sea, nunca deja de ser hijo[3]. ¡Esa es nuestra confianza! Por eso, a pesar de todos nuestros errores, podemos ir a Dios, que siempre corre a abrazarnos y besarnos a través de su Palabra, de la Liturgia, de la Eucaristía, de la oración y del prójimo.
Lo hace, aunque a veces seamos como el hijo mayor, que creyéndose bueno, no lo era tanto. Aunque estaba con el papá, no lo amaba de verdad. Porque si lo hubiera amado, se habría alegrado de que había recuperado al hijo perdido, y de que su hermano al fin había hecho lo que debía. Pero no: solo pensó en sí mismo, se enojó, hizo berrinche y no quiso entrar a la fiesta de bienvenida.
Sin embargo, también a este hijo egoísta, desconfiado y envidioso el papá le muestra su amor. Va a su encuentro y le ruega que entre a la fiesta. Y aunque el muchacho le responde de manera grosera y hasta cruel, lo escucha con paciencia y le ayuda a entender que lo realmente importante es el amor. ¡Solo el amor nos hace participar del banquete de la vida por siempre feliz!
¡Ese es nuestro Dios! Un Dios que nos libera de la degradación del pecado[4]. Un Dios que nos escucha y nos salva[5]. Un Dios que ha enviado a su Hijo Jesús para reconciliarnos con él y hacernos creaturas nuevas[6]. Un Dios que, como explica el Papa, quiere que todos sus hijos participemos de su alegría y tengamos una vida verdaderamente humana[7].
En esta Cuaresma, volvamos a nosotros mismos para volver a Dios. Experimentemos su amor y vivamos como hijos suyos y hermanos de todos. Caminemos juntos, sin cansarnos de amar. Tendámosle la mano a los que se equivocan y se alejan de sí mismos, de la familia, de la Iglesia y de la sociedad. Hagámoslo incluso con los que se cierran y, sintiéndose perfectos, juzgan a Dios y a los demás. ¡Venzamos al mal con el bien!
[1] Cf. Sermón 112A, 3.
[2] Ibíd., 4.
[3] Cf. Dives in misericordia, 6.
[4] Cf. 1ª Lectura: Jos 5,9. 10-12.
[5] Cf. Sal 33.
[6] Cf. 2ª Lectura: Cor 5, 17-21.
[7] Homilía en el Complejo deportivo Príncipe Mulay Abdallah (Rabat), 31 de marzo de 2019.