V Domingo de Cuaresma ciclo C
El que esté libre de pecado que le arroje la primera piedra (cf. Jn 8,1-11)
“El que esté libre de pecado que le arroje la primera piedra”.Con estas palabras, Jesús nos invita a encontrarnos con nosotros mismos y escucharnos para reconocer cómo estamos, en lugar de andar viendo lo que hacen los demás para exhibir sus fallas y usarlos como pretexto para sentirnos mejores.
Eso fue lo que le pasó a los escribas y fariseos que le llevaron a la mujer sorprendida en adulterio; en lugar de encontrarse y escucharse a sí mismos para reconocer sus errores y mejorar, estuvieron atentos a lo que la mujer hacía. Por eso pudieron sorprenderla. Y al verla caer, la exhibieron para demostrar que ellos sí eran buenos.
Pero además, al llevarla ante Jesús, querían usarla para tenderle una trampa preguntándole qué debía hacerse con ella. Si Jesús respondía que no debía morir lapidada, podían acusarlo de ir en contra de la Ley de Moisés. Y si decía que sí, entonces podían acusarlo ante la autoridad romana, que se había reservado las sentencias de muerte.
Sin embargo Jesús, que sabía discernir, es decir, distinguir las cosas, no mordió el anzuelo, sino que siguió adelante con la misión que el Padre le confió: salvarnos. Para eso se hizo uno de nosotros y nos amó hasta dar la vida. Así nos ha liberado del pecado y nos ha compartido su Espíritu, que nos hace hijos de Dios.
Pero para que podamos participar de su vida plena y eterna, hay que dejarle que nos salve. Eso requiere que entremos en nosotros mismos, que nos escuchemos y que, iluminados por él, descubramos nuestra realidad, dispuestos a corregirnos y mejorar.
Por eso nos haría bien preguntarnos: ¿Cuáles son mis motivaciones reales? ¿Soy de los que siempre están buscando en qué falla la esposa, el esposo, los papás, los hermanos, los hijos, la suegra, la nuera, los compañeros y los demás para exhibirlos y acabar con ellos, y así sentir que soy lo máximo?
En la serie “Miraculus”, la protagonista, Marinette, una adolescente excelente, sorprende a una compañera, con la que tiene problemas, equivocándose en una de sus muchas mentiras, y cuando está a punto de evidenciarla ante los demás, su amigo Adrien le dice: “¿Les vas a decir a todos? ¿Crees que exponerla mejorará las cosas? Si la humillas solo la lastimarás. Hacer sufrir a los malos jamás los vuelve buenos”[1].
Dios no aniquila. No exhibe ni destruye a quien falla, sino que nos ayuda a salir adelante[2]; nos echa la mano para que lleguemos a él, en quien somos felices por siempre[3]. Por eso san Pablo decía que solo buscaba una cosa: lanzarse hacia la meta, hacía el premio al cual nos llama Dios en Jesús[4].
¡Lancémonos hacia la meta! Y para eso aprendamos de Jesús, que, como dice Alcuino, al escribir con el dedo, que es flexible, nos enseña la sutileza del discernimiento[5]. Discerniendo, descubriremos que somos pecadores. Entonces, buscando honestamente ser mejores, dejaremos, como señala el Papa, la piedra de la condena que nos gustaría lanzar contra otro, para, caminando juntos, ofrecerle una oportunidad para mejorar, como Jesús ha hecho con nosotros[6].
[1] Miraculus, temporada 3, “Camaleón”, código 301.
[2] Cf. 1ª Lectura: Is 43,16-21.
[3] Cf. Sal 125.
[4] Cf. 2ª Lectura: Flp 3,7-14.
[5] Cf. Catena Aurea 12801.
[6] Cf. Ángelus, V Domingo de Cuaresma, 7 de abril 2019.