VI Domingo Ordinario, ciclo C
Dichosos ustedes (cf. Lc 6,17.20-26)
+Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros
Un paciente, al que el médico recetó medicina, dieta, ejercicio tres veces a la semana y dejar el cigarro, aunque mejoraba, se sintió incómodo. Así que muy temprano llamó al consultorio: “Estoy harto del tratamiento. ¿Podría tomar la medicina y la dieta solo cuando sienta que lo necesito?”. “Sí”, fue la respuesta. “¿Y podría hacer el ejercicio solo una vez al mes?”. “Sí”, fue la respuesta. “¡Ah! –dijo animado– ¿Y podría fumar un cigarro después de cada comida”. “Sí”, fue la respuesta. Entonces, sorprendido, exclamó: “Si las cosas podían ser así, ¿por qué me dio una receta tan exigente doctor?”. “¿Doctor? –respondió la voz– ¡Soy el velador! Y por mí haga lo que le dé la gana”.
A veces somos como ese paciente, que no entiende que lo que el médico le indica es para su bien, presente y futuro. Porque aunque haya cosas que nos agradan, eso no significa que sean sanas. Y aunque haya otras que nos incomodan, eso no quiere decir que sean dañinas. Cuando no lo entendemos, hacemos lo malo que nos gusta y rechazamos lo bueno que no nos gusta. ¿Y cuál es el resultado? La enfermedad, que además de hacer que vayamos empeorando, puede llegar a ser mortal.
Dios lo sabe. Él no es como el velador del chiste. Lo sabe todo y se interesa por nosotros. ¡Y cómo no, si él nos creó! ¡Somos suyos y nos ama! Por eso, cuando vio que al desconfiar de su amor adquirimos la enfermedad mortal del pecado, se hizo uno de nosotros en Jesús para darlo todo a fin de ofrecernos la salud de una vida por siempre feliz[1]. Solo necesitamos confiar en él[2], y seguir la receta que nos da en las bienaventuranzas: ser pobres, tener hambre, llorar y no echarnos para atrás si nos atacan por ser de los suyos.
La pobreza a la que Jesús se refiere es saber usar bien las cosas. Porque el problema, como explica san Ambrosio, no es tener cosas, sino apegarnos a ellas[3]. Eso nos hace dependientes y provoca injusticias y pleitos en casa y en el mundo. En cambio, cuando sabemos compartir, nos liberamos –como señala san Juan Crisóstomo– de la enfermedad de la codicia[4], y, como dice el Papa, nos hacemos capaces de alegría[5].
Eso requiere tener hambre; hambre de amar a Dios, a nosotros mismos y a los demás. Hambre de ser buenos y de hacer el bien. Hambre de ser comprensivos, justos, pacientes y serviciales, de perdonar y de pedir perdón. Hambre de avanzar en la perfección, como dice san Beda[6]. Y esa hambre nos hace llorar, es decir, nos hace reconocer nuestros errores y sacar lo malo que hay en nosotros, dispuestos a mejorar, sabiendo llorar por las penas ajenas y tratar de remediarlas, como señala Crisóstomo[7].
Claro que ser moderado, compartido, tener hambre de ser mejor, llorar por tus errores y por lo que le pasa a los demás y echarles la mano, te traerá problemas. Porque tu egoísmo te hará la guerra. Y no faltarán los que te ataquen o traten de hacerte creer que lo más importante es pasarla lo mejor que se pueda, aquí y ahora, usando a los demás. Pero no te dejes engañar con recetas atractivas, pero falsas. Escucha al que sabe: Dios. Él, que te ayuda a distinguir la realidad, no te ofrece pasarla bien solo un rato, sino pasarla increíblemente bien por toda la eternidad[8]. ¡Hazle caso!
[1] Cf. 2ª Lectura: 1 Co 15,12.16-20.
[2] Cf. 1ª Lectura: Jr 17,5-8.
[3] Cf. en Catena Aurea, 9624.
[4] Ibid., 9620.
[5] Angelus, 17 de febrero 2019.
[6] Cf. en Catena Aurea, 9629.
[7] Cf. Hom 18, ad prop. Antioch.
[8] Cf. Sal 1.