Por: Ricardo Carrera
El cine mexicano de la edad de oro es inconcebible sin la fotografía de Gabriel Figueroa: para Ramírez Berg, su trabajo es tan representativo para mostrar la identidad nacional como lo fue el de Diego Rivera o Siqueiros.
Era una época donde las condiciones sociopolíticas forzaban la joven industria nacional para echar mano de productos importados de los Estados Unidos volviéndose absolutamente dependiente de la meca Hollywoodense.
Las películas mexicanas de la década de los 30 y 40 estaban intrínsecamente relacionadas con talentos extranjeros: Jack Draper, Ross Fisher o Alex Phillips eran algunos nombres de directores de fotografía que trabajaron en nuestra industria al lado de realizadores como Roberto Gavaldón, Miguel Delgado o Fernando de Fuentes.
En ese contexto, llega un joven fotógrafo oriundo de la Ciudad de México, dispuesto a aprender toda la técnica que ninguna escuela enseñaba: así, tras sus primeros trabajos, es becado por Gregg Toland para trabajar y estudiar con él en Hollywood, lugar donde adquiere las herramientas necesarias para regresar a México y comenzar a configurar la identidad cinematográfica del Cine de Oro.
Los fotógrafos, para esa época, eran considerados simples técnicos que no intervenían en el proceso creativo de los filmes, aunado a la premura de los tiempos de producción, esto era bastante coherente, ya que debían estrenarse treinta o cuarenta películas por año en una industria que buscaba a toda costa parecerse al star system de los vecinos del norte: lo importante era conseguir un filme terminado, no un discurso audiovisual plástico y artístico…pero no era eso lo que el artista buscaba.
Con Allá en el Rancho Grande (dir.Fernando de Fuentes, 1936), Figueroa inicia una aventura que lo llevó a fotografiar más de 210 películas y un gran cantidad de premios de reconocimiento internacional, pero nunca dejó de aprender, nunca dejó de experimentar nuevas técnicas ni de buscar influencias pictóricas en la cinefotografía para elevar su categoría artística y por consiguiente, la forma de apreciarla, así, más que referirnos a su quehacer como “su trabajo”, deberíamos hacerlo como “su obra”.
También fue fundador del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica de la República Mexicana y, a pesar de ser primo hermano del presidente Adolfo López Mateos, mantuvo una fuerte ideología de izquierda durante toda su vida.
Gabriel Figueroa luchó porque el papel del cinefotógrafo fuese tan importante como el de cualquier creativo de la industria y se le diera un poder de decisión: sus premios y la dupla realizada con Emilio “el indio” Fernández le permitieron explotar su creatividad y, a través de su arte, promover la mexicanidad rural para disimular de esta manera, la fuerte influencia y presencia estadounidense en los productos culturales mexicanos; al mismo tiempo que lograba una reconexión con la identidad del charro, estimulaba el mercado de consumo interno y beneficiaba la inversión del mercado estadounidense. Así fue que trabajó en Hollywood con directores como John Ford o John Huston.
Con el tiempo, su obra comenzó a adquirir una identidad y una fuerza tan poderosa, que no solamente reivindicó al fotógrafo mexicano, sino que su nombre mismo aparecía en letras grandes junto al de los directores, e incluso estimulaba la taquilla: “iremos a ver una película fotografiada por Gabriel Figueroa” decía la gente; e incluso el mismo Mario Moreno “Cantinflas” en El señor fotógrafo (Miguel M. Delgado, 1953) hace varias referencias a su trabajo: –Te haré una foto acá con el estilo Figueroa- rezaba un diálogo del cómico.
Teorizó mucho sobre el tema de las jerarquías en el encuadre y la profundidad de campo, y todo eso era visible en su cine: los ángulos del “indio bueno” y el “indio malo” que cita Ceri Higgins, eran realizados con total consciencia por el artista, sabiendo de sobra que el cuadro es una parte fundamental en el discurso cinematográfico, quizás más importante que el diálogo mismo.
Del mismo modo, los paisajes desolados podían emular hasta cierto punto a los hechos por Archie Stout en westerns como Fuerte Apache (John Ford, 1948) pero siempre buscando dotar a las películas de una firma propia donde, prácticamente cualquier fotograma en el que se pausaran sus películas, fuese por sí misma, una obra mayúscula de expresión de identidad anacrónica.
No todo eran exteriores en las proezas del cinefotógrafo; en sus colaboraciones con Luis Buñuel, queda claro que también tenía una habilidad absoluta para entender el fenómeno de la luz artificial en interior: manifestó en diversas entrevistas que estudió de Da Vinci el fenómeno de las partículas de polvo y las sombras que, saltaron de la plástica renacentista a su lente sin perder identidad.
Gabriel Figueroa es una comunión con la mexicanidad de las mayorías: de los oprimidos, del campo, de lo rural, de la gente y no de la burguesía. Gabriel Figuera es el pendón que elevó el cine mexicano a la categoría de arte y que hoy, ha creado una escuela espiritual de fotógrafos mexicanos que poco a poco, al igual que él, se abren puertas en el cine de todo el mundo demostrando que la cinefotografía es, sin lugar a dudas, una de las cartas más fuertes que tiene nuestro país.