Educación

“¡Gracias Miyazaki!”

Published

on

Ricardo Sierra

La primera vez que oí hablar sobre Miyazaki fue cuando en 2003 se estrenó en México, el Viaje de Chihiro. Era la primera vez que veíamos una animación de ese estilo, recuerdo que cuando salimos del cine mis padres tenían la cara de haber entendido muy poco, a mi hermano me parece que le dio igual por su corta edad y a mi me pareció que el Sin Cara era un personaje aterrador. Pasó el tiempo, he vuelto a ver el Viaje de Chihiro varias veces a lo largo de los años, y cada vez que la veo me parece que me percato de muchísimas cosas de las que no era consciente.

A finales del 2023 el mundo recibió la última película de Hayao Miyazaki: El Niño y la Garza (2023). Este nuevo título ahora forma parte de una lista larga de éxitos que se remontan desde los años 80´s. Algunos dicen que es la película final del gran maestro de la animación japonesa. Con películas tan icónicas como La Princesa Mononoke (1997), El Viaje de Chihiro (2001), la cual ganó el Óscar a mejor película animada, y también la exquisita El Increíble Castillo Vagabundo (2005), que mereció varias nominaciones y un aplauso de pie del público internacional.

En 1985, los directores Hayao Miyazaki, Isao Takahata y el productor Toshio Suzuki fundaron los estudios Ghibli en Koganei, Japón. A lo largo de los años se ha convertido en uno de los estudios creativos más importantes de la historia de su país como también de la animación internacional. Desde el estreno de su primer trabajo, Nausicaä del Valle del Viento (1984), historia original de Miyazaki, se pudo ver cómo el estudio perfiló un contenido rico y estilo único.

Son historias que te cuentan situaciones cotidianas, pero que, a través del uso de la fantasía como aderezo sustancial, reflejan de manera sublime valores y significados que pueden ser analizados de dos maneras: la primera de forma académica, en la cual analices conceptos y estrictamente la calidad de la animación del film. Pero la segunda sí nos exige que vayamos más allá, y no necesitamos formulas complejas ni tampoco libros de texto. No, es simplemente sentarse a ver la película. Te puede parecer tediosa, tal vez. Puedes quedarte absorto en alguna escena, probablemente. Mi experiencia ha sido un viaje inmersivo, desde descubrir distintas maneras del amor, como también el respeto a lo sencillo. Un paisaje de alguna de las películas de Miyazaki no solo representa una transición de escena a escena, es también un momento de pausa, un momento de contemplación, de quedarse clavado escuchando la música y dejándose llevar.

Cuando me di cuenta de eso, de la profundidad de sus historias intrincadas latentemente en sus detalles, colores y texturas, ¡la misma música!, mi cabeza fue un cataclismo que abrió de golpe mi imaginación, dejándole una grieta donde entraron cascadas de luz. En la obra de Miyazaki hay algo de espiritual que se mezcla con situaciones cotidianas de una realidad en tonos felices, y a veces, dolorosos.

Para mí algo fascinante de la obra de Miyazaki es su renovada creatividad, cada película suya, si es cierto que comparten todas algo que las conecta o identifica, siempre ofrecen una mirada distinta, detalles, colores, la misma historia parece enriquecerse si viéramos cronológicamente sus películas. Desde la visión protectora de la naturaleza en La Princesa Mononoke, el descubrimiento del amor como motor principal del mundo en El Castillo Vagabundo, o la llegada de una niña a la adolescencia enfrentando nuevos retos que la llevarán a ser más consciente de su realidad, como en el Viaje de Chihiro, Miyazaki nos confirma que a través de la imaginación y de arduas horas de trabajo se puede llegar a contar historias fascinantes.

El largo viaje en la realización de El Niño y la Garza llevó a crear la historia más íntima y una de las más complejas que haya creado Hayao Miyazaki. En El Niño y la Garza, la que se dice será su última película, nos da un recorrido exquisito entre la historia de su vida contada a través de la esencia de sus películas. Una suerte de homenaje, de despedida. “Aquí la cosa acaba, el estudio cerrará pronto. Ahora sí, va en serio”, nos ha dicho Miyazaki durante años, cada vez que termina un nuevo proyecto. Pero para ser sincero, al ver El Niño y la Garza tuve la desoladora sensación de que ahora sí, el maestro habla en serio.

Varios de los momentos poéticos y emocionantes de El Niño y la Garza recuerdan a otras escenas de sus películas anteriores que quedaron grabadas en la memoria colectiva. La historia de El Niño y la Garza trata de Mahito, un niño que perdió a su madre en un devastador incendio. Destrozado, y con esa herida en el alma, Mahito se va a vivir a la casa de su tía al campo. Mientras va en el auto rumbo a su nuevo hogar, comienza a percatarse de la lejanía, adentrándose en las sombras de una misteriosa y latente maleza.

Su tía con la que va a vivir es idéntica a su madre, conectándonos con el sentimiento de pérdida de Mahito. No solo de su madre, sino de una época de su vida, de un mundo que se ahoga en la laguna donde Mahite se encuentra a una grotesca y temible garza. Sus contradicciones y miedos se presentan una y otra vez en sueños perturbadores que lo despiertan. Y en sus recorridos por los jardines de la nueva casa, es asaltado una y otra vez por la garza grotesca que pretende comunicarle que su madre se encuentra al otro lado de este mundo, esperándolo para que la rescate. La película nos habla sobre la pérdida, la muerte, la madurez y su resignación, que termina siendo al final, un pacto de amor.

Hablar de El Niño y la Garza es referirnos a uno de los grandes trabajos de Miyazaki, pero no sabría decir si es el mejor. La exigencia en su profesión le ha dado la fama de estar enojado con el mundo, abrumado por una arrogancia y depresión de la cual será difícil que salga, lo emplea como motor o trampolín para desanimar a su público diciendo que esta sí será su última película, para sorprendernos a todos con que está trabajando en un nuevo proyecto a sus 83 años. ¿Cuál es su filosofía de vida?, lo demuestra en cada una de sus películas, recordando en ocasiones al estoicismo y sintoísmo al revisar su día a día.

Disciplina y convicción, palabras clave para entender al artista que se esconde entre sus aviones de papel y la humareda de un cigarro tras otro. En el resplandor de las flores u hojas de los jardines soleados o de los bastos paisajes japoneses dibujados con pasión. Universos ficticios donde Miyazaki navega en su nave espacial surcando los atardeceres u océanos de sus mundos junto a enormes insectos prehistóricos o naves futuristas. Brillantemente, Miyazaki abre las puertas de paraísos oníricos y terrenales. Valientes mujeres, protagonistas fundamentales para entender sus historias, como también las referencias a su familia e infancia, brotan como jardines y laberintos en El Niño y la Garza.

Esta película termina siendo un homenaje a su vida, desde aquel Miyazaki nostálgico y sentimental, pesimista y enojón, hasta aquel artista tan duro consigo mismo que se da la oportunidad de volver a soñar y soltar el lápiz sobre la hoja blanca. Sus tramas son como pintar con acuarelas, hay partes en donde el color se concentra, y otras en donde se difumina, siempre jugando con nuestras mentes y un tiempo maleable. Nos revela una nueva visión de la vida, un mundo lleno de oportunidades posibles, construido paso a paso, donde lo inimaginable ocupa el centro del corazón de cada proyecto. O también podríamos verlas como muñecas matrioshkas, al percatarnos que son laberínticas, historias encerradas en otras historias, universos encerrados en otros tiempos. Bellezas y terrores presentados ante nuestros ojos con toda vitalidad y contundencia. ¡La metafísica en todo su esplendor! Nos ofrece un escape, un momento de silencio, donde recostarnos y soñar.

Conmovedora y cargada de simbolismos, El Niño y la Garza nos anuncia la despedida, el “hasta pronto” del maestro Miyazaki. ¿Nos estará mintiendo nuevamente? ¿Se estará burlando de nosotros? ¿Se burlará de esa sociedad a la que le ha huido cuando puede, pero a su vez, le regala joyas de películas que la ayudan a sobrellevar la vida?
“Aprendan a soltar, a dejar ir…”, nos dice Miyazaki, cuando nos habla de lo mal que va el mundo y la sociedad. Pero al ver los colores, imágenes y sensaciones que nos provoca El Niño y la Garza, nos confirma que una cosa es ser pesimista y otra muy distinta es rendirse. Y vaya que Miyazaki parece que no lo hará, debo reconocer que El Niño y la Garza sí te sabe a un “adiós, ahí nos vemos”, pero sabiendo cómo es ese condenado maestro del séptimo arte, no me cabe la duda que nos lo volveremos a encontrar dos o tres años más adelante, mientras cocina su nuevo platillo. No creo que por sus tormentosas inquietudes, vaya a dejarnos y tirar la toalla.

La respuesta internacional no se hizo esperar, alaban la película como la bien merecida “culminación”, (guiño, guiño), de uno de los creadores más importantes de todos los tiempos. Influencia de artistas cinematográficos y de videojuegos como Guillermo del Toro, Glen Keane o Shigeru Miyamoto entre otros. El Chico y la Garza ganó todos los premios, incluyendo el Oscar a Mejor Película Animada (2024). Y para culminar una temporada de rica cosecha, se le reconocerá este año, por parte del Festival Internacional de Cine de Cannes (2024), al Studio Ghibli por su trayectoria y contribución a la cinematografía mundial: “Los años pasan y Studio Ghibli sigue enamorando a generaciones enteras…”

Hablar de Miyazaki nos remite a un maestro que toca el corazón de millones de personas en el mundo y en distintos tiempos. Inspira a creadores y unta árnica para las heridas de nuestra realidad, que tanto necesita y le urge escapes y contrapartes. Quizá por eso Miyazaki no se retira, por eso insiste, no se rinde, sabe de la situación y que todavía lo necesitaremos por más tiempo. ¡Gracias por tanto!

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Trending

Salir de la versión móvil