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La Casa del Adolescente, el sitio que nos recuerda lo que hemos dejado de hacer

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Cuando Gaby Bonilla, presidenta del Sistema Estatal DIF, conoció la antigua Casa del Adolescente, no pudo evitar —según sus propias palabras— que el corazón se le estrujara debido a la precariedad con la que operaba el albergue y todos los problemas que eso implicaba: hacinamiento, ausencia total de áreas verdes, carencias en la operación por falta de suministros o de las mínimas condiciones para la higiene y desarrollo de los jóvenes.

Gaby no lo dice abiertamente, aunque si uno la escucha con atención queda claro que cuando pusieron en sus manos el DIF estatal conoció la cruda y descarnada realidad de lo que somos como sociedad y los rezagos para atender a los sectores vulnerables que el Estado debe cuidar y proteger.

Conoció, por ejemplo, el maltrato y la bestialidad que un adulto puede cometer contra un menor de edad. Conoció a los menores que llevan años deseando ser adoptados por una familia. A los jóvenes sedientos de apoyo y ser escuchados. A una comunidad de trabajadores dispuestos partirse el alma.

Conoció, si se puede decir, a los marginados de los marginados en Puebla y a quienes desde hace años los acompañan, ya sea familiares, trabajadores, organizaciones.

Y, contrario de lo que cualquiera haría, el dolor que le estrujaba el corazón cada vez que encaraba esa realidad no la llevó a sumirse en la tristeza sino a la conciencia profunda de que tenía una oportunidad de ser el instrumento de Dios para servir al prójimo. Sí, así como se lee: servir al prójimo, no desde la visión de quien redime sino de quien es el conducto de un bien mayor, sin protagonismo o falsa humildad.

Con informacion de: HIPOCRITA LECTOR

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