Por: Ricardo Carrera
El cine ha existido desde siempre, pero durante los años cincuenta renació en su lugar de nacimiento: París, Francia.
En 1951, André Bazin funda la revista Cahiers Du Cinema, una publicación que Éric Rohmer catalogó como: “Un espacio de expresión y teoría para cinéfilos” y que fuese la principal ventana de la industria internacional del cine, no sólo hacia el nicho monopolizado de Hollywood, sino a todo el mundo, y así, se pretendía que dicha corriente comenzara a retomar los objetivos del cine discursivo y poético para brindarle una gran difusión entre las comunidades cinéfilas internacionales, y por supuesto, también a verlo de una forma mucho más seria.
Los artículos de la revista, eran producto de las miradas que los realizadores de la nouvelle vague (nueva ola francesa) percibían en su búsqueda de nuevos realizadores y nuevas perspectivas: el cine para ellos no era una industria ni un entretenimiento, era un arte, el séptimo arte.
Un grupo de locos cineastas obsesionados y tercos como Jean Luc Godard, François Truffaut, Agnès Varda, Claude Chabrol o Chris Marker comenzaron a escribir acerca de los directores que admiraban; hablaban de Hitchcock: “Es tan autor como Shakespeare¨ decía Godard, tratando de reivindicar el oficio de hacer cine y elevarlo al de la creación artística con un propósito y una genialidad que se complementara con la técnica.
Así descubrieron a Kurosawa o a Bergman, que en su momento reconocieron abiertamente que fue gracias a los foros abiertos de los directores de la nouvelle vague, que adquirieron fama internacional. La dinámica era sencilla pero hermosa: los directores iban de cinemateca en cinemateca y escribían sobre otros directores; sus logros, su trabajo, sus símbolos y sobre todo, la importancia que iban adquiriendo para la historia.
Fueron los autores de la nueva ola francesa los que realmente comenzaron a construir un espectro teórico de los filmes que trascendiera desde el espectáculo hasta el arte, y fue cahiers du cinema la auténtica revista que poco a poco, se convirtió en la editorial definitiva para escribir sobre cine.
También demostraron que puede uno alejarse de las grandes casas productoras y construir una obra cinematográfica de manera independiente: con imágenes o fotografías tomadas magistralmente y una buena narrativa grabada fuera de cuadro, exhibían distintas obras de ficción y documental en las que el presupuesto no era lo más importante sino el discurso.
Los cineastas comenzaron a ser cada vez más jóvenes, cada vez más rebeldes, y cada vez más arquitectos de un género claramente heredado de la literatura: la nueva novela francesa, prestó todo lo que necesitaban para abrir sus arcas hacia un futuro promisorio.
Lejos queda aquel interés exacerbado por convertir la apreciación artística en un acto tan común que estuviese apartado de todo elitismo o de círculos cerrados y determinantes: lejos quedan esas manifestaciones para conservar el derecho legítimo de tener acceso a círculos donde los medios de expresión estuviesen abiertos a todo el mundo: donde las películas no solamente fueran hechas para ser vistas sino también ser analizadas, discutidas y apreciadas de mejor manera.
Fue gracias a esta corriente cinematográfica que hoy conocemos el cine como el séptimo arte, pero también fue gracias a ellos que hoy toda una ola de cineastas independientes se lanzan con sus cámaras a buscar maneras de expresar lo que necesita ser expresado. Pusieron estos grandes cineastas en el mapa, la idea de un artista joven, la idea de un artista revolucionario y sobre todo la idea de un artista enamorado.
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