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Las ‘drogas digitales’ nos tienen enganchados: cómo el exceso de estímulos nos hace más infelices

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Vivimos en una era de acceso ilimitado. Con solo un teléfono, podemos ordenar comida, apostar, consumir pornografía, chatear o incluso comprar un auto. Sin embargo, esta comodidad podría estar socavando nuestra felicidad. Anna Lembke, psiquiatra de la Universidad de Stanford y autora del libro Generación dopamina, advierte que la sobreabundancia de estímulos nos está volviendo más solitarios, ansiosos y deprimidos. Según Lembke, los «drogas digitales» —como redes sociales, juegos y compras en línea— nos sumen en un «estado de trance» donde perdemos la noción del tiempo, mientras nuestros cerebros buscan constantemente nuevas dosis de placer.

Las adicciones conductuales han evolucionado con la tecnología. En los años 2000, la pornografía en internet y los juegos en línea marcaron las primeras señales de alerta. Para 2015, las redes sociales y las apuestas virtuales se sumaron a la lista. Hoy, Lembke observa una «adicción dispersa»: las personas saltan de un estímulo a otro, ya sea compras, pornografía o videojuegos, en un ciclo sin fin. La adicción, define la especialista, es el consumo compulsivo a pesar del daño, un problema que ya no es individual, sino colectivo, agravado por la cultura de la inmediatez.

Frente a este panorama, surgen contradicciones. Aunque hay avances prometedores —como la reducción en el consumo de alcohol o fármacos como el Ozempic para tratar adicciones—, también hay nuevos desafíos. Lembke destaca la «paradoja de la abundancia»: cuantas más opciones tenemos, más insatisfechos nos sentimos. La dopamina, liberada por estímulos placenteros, ya no nos hace felices, sino que nos mantiene en un estado de dependencia para sentirnos «normales».

¿Cómo escapar de este ciclo? Lembke propone buscar deliberadamente experiencias difíciles y limitar la exposición a los intoxicantes digitales. Ella misma vivió sin internet en casa hasta 2019 y fomenta espacios libres de tecnología, donde la conexión humana resurge. Un ejemplo fue un viaje familiar sin dispositivos: sin distracciones, reconectaron mediante conversaciones, juegos de mesa y paseos bajo las estrellas. «Cuando eliminamos la opción de escapar, cambia nuestro deseo», explica.

Sin embargo, el futuro parece inclinar la balanza hacia más estímulos. Desde implantes cerebrales hasta relaciones con inteligencia artificial, la tecnología profundiza nuestro aislamiento. Lembke no demoniza el progreso, pero urge equilibrarlo: «La sobriedad digital no es negarse al placer, sino elegir lo que realmente nutre nuestra vida». En un mundo que nos incita al consumo constante, la clave podría estar en aprender a decir «no» para recuperar lo esencial: nuestra humanidad.

Con información de: The New York Times en Español.com

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