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Los maestros están usando ChatGPT, y algunos alumnos no están contentos

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La polémica por el uso de inteligencia artificial en la educación ha dado un giro inesperado: ahora son los estudiantes quienes denuncian que sus profesores recurren excesivamente a herramientas como ChatGPT para preparar clases, calificar trabajos e incluso dar retroalimentación. El caso de Ella Stapleton, estudiante de negocios en la Universidad Northeastern, ejemplifica este conflicto. Al descubrir que su profesor usó ChatGPT para generar apuntes sobre liderazgo —incluyendo instrucciones como «amplía todas las áreas»— presentó una queja formal exigiendo el reembolso de sus US$8,000 de matrícula, argumentando hipocresía académica.

Lo que comenzó como pánico por estudiantes haciendo trampa con IA ahora se ha invertido. Plataformas como Rate My Professors registran crecientes quejas sobre docentes que usan chatbots sin transparentarlo, mientras alumnos señalan el contrasentido de pagar caras matrículas por educación automatizada. Encuestas de Tyton Partners muestran que el porcentaje de profesores universitarios usando IA generativa casi se duplicó en un año (del 18% en 2023 al 34% en 2024), impulsado por la presión de reducir cargas laborales. Empresas como OpenAI ya desarrollan versiones «empresariales» de chatbots para instituciones educativas.

Algunos casos rayan en lo absurdo. Marie, estudiante de antropología en Southern New Hampshire University, descubrió que su «sobresaliente» venía con feedback generado por ChatGPT, incluyendo la solicitud de su profesora de dar «comentarios realmente agresivos». Aunque la universidad defiende el uso «ético» de la IA como complemento, casos como este llevaron a Marie a transferirse de institución. Para Robert MacAuslan, vicerrector de IA de la universidad, el límite está en que la tecnología «nunca sustituya la creatividad y supervisión humanas».

Los docentes están divididos. Mientras algunos, como Paul Shovlin (Universidad de Ohio), insisten en que la retroalimentación humana es irremplazable, otros como Shingirai Kwaramba (Virginia Commonwealth University) celebran cómo ChatGPT reduce su tiempo de planeación de días a horas. David Malan (Harvard) integró un chatbot en su curso de programación, liberando horarios de tutoría para interacciones más significativas. Katy Pearce (Universidad de Washington) entrenó un IA con sus criterios de evaluación para dar feedback instantáneo, reconociendo que eventualmente reemplazará funciones de asistentes docentes.

La falta de estándares claros genera tensiones. Tras su queja, Stapleton solo recibió de Northeastern una nueva política que exige atribuir el uso de IA —demasiado tarde para su caso. Su profesor, Rick Arrowood, admitió no haber revisado lo suficiente los materiales generados por Gamma y Perplexity AI. Como él, muchos educadores navegan este nuevo terreno ético a tientas, balanceando eficiencia con autenticidad pedagógica. Mientras las universidades corren por establecer normas, el debate central persiste: cuando la IA hace el trabajo pesado de enseñar, ¿qué valor agregado justifica el alto costo de la educación superior?

Con información de: The New York Times en Español.com

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