Un equipo de la Universidad de Nuevo México ha descubierto que las concentraciones de microplásticos en el cerebro humano están aumentando rápidamente, lo que ha despertado gran preocupación en la comunidad científica. En su estudio, publicado en febrero en Nature Medicine, los investigadores encontraron que las muestras cerebrales de 2024 contenían casi un 50 % más de microplásticos que las analizadas en 2016. Algunos cerebros presentaban hasta siete gramos de plástico, equivalente a una cuchara desechable.
El estudio fue liderado por el toxicólogo Matthew Campen y contó con la colaboración del becario postdoctoral Marcus Garcia. Además del cerebro, los científicos han detectado microplásticos en testículos, placentas, sangre, leche materna, semen e incluso en las heces de recién nacidos. En particular, hallaron que las placentas de bebés nacidos prematuramente tenían mayores concentraciones que las de bebés nacidos a término, lo cual resulta alarmante dada la corta exposición de estos casos.
Uno de los descubrimientos más relevantes del equipo fue la presencia de partículas plásticas extremadamente pequeñas, de hasta 200 nanómetros, invisibles para la mayoría de los microscopios. Su reducido tamaño les permite atravesar barreras protectoras del cuerpo, como la hematoencefálica, y acumularse en órganos sensibles. Los cerebros de personas con demencia mostraron mayores cantidades, posiblemente por su debilitada capacidad para eliminar toxinas.
Los científicos sospechan que muchos de estos microplásticos provienen de residuos plásticos antiguos, como los de polietileno fabricado en las décadas de 1960 y 1970, que tras décadas de degradación han ingresado en la cadena alimentaria y en nuestros cuerpos. Esto sugiere que incluso si se dejara de producir plástico hoy, los niveles seguirían aumentando durante años debido a la acumulación previa.
Aunque Campen sostiene que los llamados “plásticos frescos” —como los que se desprenden de botellas o recipientes— tienen menor impacto por su mayor tamaño, otros expertos advierten que toda exposición puede ser perjudicial. Sustancias químicas comunes en estos plásticos, como ftalatos y bisfenol A, están asociadas a riesgos en la salud reproductiva, neurológica y hormonal.
Actualmente, el equipo realiza experimentos en ratones para estudiar cómo distintas dosis de microplásticos afectan el cerebro y el comportamiento. Utilizan partículas recolectadas en playas contaminadas de Hawái, donde se recogieron más de 800 kilos de desechos. La idea es identificar con mayor precisión los vínculos entre exposición plástica y enfermedades como Parkinson, infertilidad o esclerosis múltiple.
Aunque aún quedan muchas incógnitas, los investigadores han dado un paso importante al cuantificar la presencia de microplásticos en órganos humanos. Con estudios adicionales, esperan responder una pregunta crucial: ¿cuánto plástico es necesario para dañar nuestra salud? Por ahora, los resultados ya han encendido una señal de alerta global sobre la contaminación plástica invisible que todos llevamos dentro.