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Educación

Andrés Penella, uno de los compositores más versátiles del audiovisual y el teatro mexicano

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El Confesionario
Por Ray Zubiri

Platiqué con el músico, compositor, actor y multiinstrumentista Andrés Penella, quien recientemente regresó a los escenarios teatrales con Un tranvía llamado Deseo, al lado de la reconocida actriz Marina de Tavira, además de haber musicalizado el éxito de Netflix La celda de los milagros, protagonizado por Omar Chaparro, producción que alcanzó el Top 10 de Netflix Global, incluyendo a México, Estados Unidos y diversos países de Latinoamérica.

—Oye, ¿cómo se estudia?, ¿cómo se le hace para ir creando música para obras de teatro?, ¿qué es lo que tú has hecho, entre otras cosas?

—Pues yo creo que existen distintos caminos, pero, bueno, te cuento un poco del mío. Yo decidí dedicarme a la música desde que era bastante chico.

Desde niño estuve en varios talleres de teatro junto con mi hermana María, que es actriz, y en alguno de esos talleres me invitaron a audicionar para la producción de 2002 de Los Miserables, en donde terminé interpretando al pequeño Gavroche. Ahí recuerdo que me metí a la orquesta para ver al maestro Isaac Saúl dirigir, y eso me cautivó muchísimo.

Entonces, desde ese momento tuve claro que quería dedicarme a la música. Tenía diez años y empecé a estudiar desde muy pequeño.

Comencé a tomar clases de piano a los cinco años y fui aprendiendo diversos instrumentos conforme crecí. Eventualmente estudié en Berklee College of Music, en Boston. Ahí, mi instrumento principal era el bajo y cursé las carreras de composición y música para cine, disciplina que también me apasiona mucho, no solamente el teatro.

En mi caso, ha sido una mezcla de cosas que he aprendido por mi cuenta, además de los estudios universitarios y, posteriormente, de la carrera profesional. Los cortometrajes, las películas en las que he trabajado y las obras de teatro van nutriendo y formando tu conocimiento musical.

—¿Cómo se construye la música para una obra de teatro? ¿Cómo es este proceso para que se vea tan bonito en el escenario?

—Varía mucho. Definitivamente, para una obra de teatro es distinto que para una película, porque no puedes ver la obra antes de que esté hecha, mientras que con una película o una serie el material ya está armado y el compositor llega durante la posproducción.

En el caso de Un tranvía llamado Deseo, lo primero es leer el texto de Tennessee Williams. Creo que esta es la séptima colaboración que hago con Diego del Río y nuestra quinta obra juntos.

Lo primero siempre es analizar el texto. En esta obra hay muchísimas referencias musicales: Blue PianoHot Trumpet… La música de Nueva Orleans de aquella época está muy presente, y el trabajo consistió en decidir cuándo seguir las indicaciones musicales originales y cuándo crear algo completamente nuevo.

La obra tiene una particularidad: existe una pieza recurrente llamada «La Varsoviana», un vals de Varsovia que está constantemente presente en la mente del personaje principal, Blanche DuBois. Desde el principio, una de las primeras cosas que compuse fue mi propia versión de esa pieza.

La escribí en compás de tres cuartos, con ritmo y tempo de vals, pero con mi propia interpretación, a diferencia de la película Un tranvía llamado Deseo, protagonizada por Marlon Brando, donde, si no me equivoco, utilizan una versión tradicional preexistente.

Le envié esa composición a Diego del Río, el director. Recuerdo que, por aquellas fechas, estaba en la playa con mi padre y compuse un cuarteto vocal de jazz en una servilleta. Otras piezas surgieron más adelante, incluso después de algunos ensayos.

Ha sido un proceso muy orgánico. Las composiciones van apareciendo en distintos momentos y es muy diferente a lo que sucede en el cine, donde todo está más esquematizado y los tiempos son mucho más limitados.

—¿Qué diferencia existe entre musicalizar una obra de teatro, una película y una serie?

—Una de las principales diferencias tiene que ver con el tiempo. En el cine, los plazos suelen ser mucho más apretados. Para La celda de los milagros, por ejemplo, compuse aproximadamente una hora de música en apenas tres semanas.

En el teatro, por lo general, se necesita menos música y el ritmo de composición es más relajado. Además, existen menos convenciones preestablecidas, lo que permite explorar distintos géneros, instrumentaciones, ritmos y melodías.

En ambos casos, el compositor está al servicio de la historia. La gran diferencia es que, en el cine, la música suele ser más discreta, mientras que en el teatro tiene una presencia más evidente.

—Ganaste el Premio Metro 2024 a Mejor Composición Musical Original para una obra de teatro. ¿Qué se siente?

—Es increíble. Es un honor y un orgullo formar parte de ese círculo de creadores teatrales. Sin embargo, trato de concentrarme en lo cotidiano: trabajar, esforzarme y servir a la historia que estamos contando.

—¿Qué papel juega el silencio dentro de la puesta en escena?

—El silencio es una parte fundamental del arte y de la música. Así como en una pintura existen espacios vacíos, en la música también es indispensable saber cuándo detenerse.

No puedes tener música de principio a fin. El silencio genera contrastes muy poderosos y, muchas veces, puede provocar un impacto tan fuerte como el acorde más intenso.

En Un tranvía llamado Deseo existen escenas en las que utilizamos deliberadamente el silencio para aumentar la tensión dramática entre Stanley y Blanche.

—¿Cómo ha evolucionado tu manera de componer a lo largo de los años, sobre todo considerando la tecnología?

—La tecnología siempre ha sido parte de mi proceso creativo. Desde muy joven utilicé programas como Sibelius para practicar la musicalización de escenas.

Posteriormente, durante mis estudios en Berklee, aprendí a trabajar con plataformas profesionales como Digital Performer, Pro Tools y Logic, además de bibliotecas virtuales de instrumentos.

Gracias a ello, el sonido que hoy puedo conseguir es mucho más realista y sofisticado.

En el teatro, algunas obras han utilizado música pregrabada, mientras que otras han apostado completamente por la interpretación en vivo. Lo que sigue evolucionando constantemente es la parte creativa: descubrir nuevos acordes, nuevas emociones y nuevas posibilidades narrativas.

—¿Qué te ha enseñado el teatro que ningún otro ámbito artístico podría haberte enseñado?

—La importancia de la conexión humana. Antes de cada función nos reunimos, nos tomamos de las manos y nos miramos a los ojos.

Ese nivel de conexión no ocurre cuando compones solo frente a una computadora o cuando trabajas en música para cine. El teatro tiene algo profundamente humano.

La vida del compositor suele ser muy solitaria, pero el escenario te obliga a estar presente, vivo y completamente entregado a la ficción.

Paralelamente a su trabajo escénico, Andrés Penella continúa consolidando una sólida carrera como compositor para cine y plataformas internacionales.

Asimismo, participó en la música adicional de Sobriedad me estás matando, ópera prima de Raúl Campos distribuida por Cinépolis Distribución, y colaboró en la película internacional Black Demon, protagonizada por Josh Lucas, realizando composición de música adicional, orquestación, edición musical, dirección de grabación y creación de partituras junto a Jacobo Lieberman y Leo Heiblum.

Entre sus próximos proyectos destaca también la composición musical de Toda el agua del mundo, nueva película del director Diego del Río protagonizada por Diana Bracho, donde Andrés no solo compondrá la música original, sino que también participará como actor interpretándose a sí mismo en una historia profundamente ligada a la música y la memoria emocional.

Con una sensibilidad que cruza el cine, la escena teatral y la composición contemporánea, Andrés Penella se consolida como un creador integral capaz de transformar la música en narrativa emocional, construyendo puentes entre la dramaturgia, el diseño sonoro y la experiencia cinematográfica.

La columna de esta semana ha terminado. Pueden ir en paz.

¡Escúchenme! De lunes a viernes en el programa donde hacemos entretenimiento educativo y siempre aprendemos algo nuevo: De Todo Un Poco, con su seguro servidor, de 10:00 a 11:00 de la mañana, en Radio BUAP 96.9 FM.

Contacto: rayzubiri@yahoo.com.mx
Redes sociales: @RayZubiri

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Educación

Ana Serradilla y Daniel Haddad hablan de la puesta en escena «El método Grönholm»

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El método Grönholm es una obra de teatro de comedia y crítica social escrita por el dramaturgo español Jordi Galceran.

La historia se desarrolla durante un proceso de selección para conseguir un importante puesto ejecutivo. Varios candidatos llegan a una empresa pensando que tendrán una entrevista de trabajo, pero pronto descubren que serán sometidos a una serie de pruebas psicológicas, juegos de manipulación, dilemas éticos y estrategias para enfrentarlos entre sí.

La ambición, la competitividad y las contradicciones del mundo corporativo serán llevadas al extremo en «Método Grönholm», la célebre comedia del dramaturgo catalán Jordi Galceran bajo la dirección de Rodrigo Nava y la producción de Retro Casa Productora, esta nueva puesta en escena reunirá a Ana SerradillaErick ElíasÁlex de la MadridDiego KleinDaniel Haddad y Tato Alexander.

Considerada una de las comedias contemporáneas más exitosas del teatro internacional, Método Grönholm combina humor, tensión y una aguda observación de las relaciones humanas para retratar las dinámicas de poder dentro del entorno laboral.
 
La historia se desarrolla en la sala de juntas de una prestigiosa empresa multinacional. Cuatro candidatos han sido convocados para la fase final de selección de un puesto ejecutivo altamente codiciado. Lo que parece una entrevista convencional pronto se transforma en un proceso tan absurdo como despiadado, donde los participantes deberán evaluarse, cuestionarse y eliminarse entre sí para avanzar.
 
A medida que las pruebas psicológicas se vuelven más complejas, salen a la luz secretos, inseguridades y estrategias de supervivencia profesional que revelan hasta dónde está dispuesto a llegar cada uno para conseguir el trabajo de sus sueños.
 
Aunque la competencia es feroz, el humor es el gran motor de la obra. Entre situaciones disparatadas, enfrentamientos inesperados y diálogos afilados, el público encontrará una divertida radiografía de la vida laboral contemporánea. Quienes han pasado por una entrevista de trabajo, una oficina, una junta interminable o un ambiente corporativo competitivo se reconocerán inevitablemente en muchas de las situaciones que plantea la historia. Las risas surgen precisamente de esa identificación con las reglas no escritas del mundo empresarial y las absurdas exigencias que muchas veces acompañan la búsqueda del éxito profesional.
 
Desde su estreno original en 2003, Método Grönholm se ha convertido en un fenómeno teatral internacional, presentándose con enorme éxito en múltiples países y consolidándose como una de las obras más representadas de la dramaturgia contemporánea en español.
 
Al frente de esta nueva producción se encuentra Rodrigo Nava, director con más de 18 años de trayectoria que se ha consolidado como una figura relevante dentro de la escena audiovisual mexicana. Su trabajo abarca publicidad, teatro y cine, destacando proyectos como Enfermos de amorPrueba perfectaFinalandia y su debut cinematográfico Enfermo amor, caracterizado por una mirada fresca, dinámica y cercana al público.
 
Con una mezcla perfecta de comedia, suspenso y crítica social, Método Grönholm invita a reflexionar —y reír— sobre los límites de la ambición, la ética profesional y las decisiones que tomamos cuando creemos que hay mucho que ganar y aún más que perder.
 

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Educación

Palestina Tiene Nombre de Mujer

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El Confesionario

Por Ray Zubiri

¿Qué nombre tiene Palestina cuando dejamos de verla únicamente en los titulares de guerra?

La pregunta incomoda porque nos obliga a mirar más allá de las cifras, los mapas y las imágenes de destrucción. Nos obliga a recordar que Palestina no es solamente un territorio disputado, una frontera vigilada o una palabra repetida en los noticiarios. Palestina también tiene rostros, voces, canciones, bordados, comidas, niñas que juegan y madres que siguen levantándose cada mañana, incluso cuando el mundo parece empeñado en negarles el futuro.

No se trata de una metáfora decorativa. En Palestina tiene nombre de mujer, el artista y fundador de Payasos en Rebeldía reúne poesía, ilustraciones y memoria para homenajear a las mujeres palestinas que sostienen la vida en medio de la violencia. El libro nace de una herida, pero no se queda en ella. Nace del dolor y busca transformarlo en color, en luz y en una posibilidad de encuentro.

“Es un libro que nace de la necesidad de curarnos por dentro”, confiesa Iván. Y en esa frase está quizá la clave de todo el proyecto: hay dolores que no desaparecen cuando se cuentan, pero pueden dejar de ser silenciosos. Pueden convertirse en palabra, imagen, gesto, abrazo. Pueden encontrar una forma de resistir.

Platique con Iván Prado quién conoce esos lugares donde la humanidad parece jugarse su futuro. Ha trabajado en favelas de Brasil, campamentos de refugiados en el Sahara, comunidades indígenas de Chiapas y campos de refugiados palestinos. Allí lleva un traje de payaso, una nariz roja y una convicción que podría parecer ingenua para quienes observan la guerra desde la distancia: la risa también puede ser una forma de resistencia.

Pero él no habla de la risa como evasión. No se trata de olvidar la tragedia ni de fingir que las bombas no existen. Se trata de abrir, aunque sea por unos minutos, una ventana distinta.

“Cuando llega el payaso, se abre una ventana de alegría, una ventana de multicolores, como si se prendiese un arcoíris en ese instante”, explica. Y entonces los corazones —dice— se ponen a danzar.

La imagen parece imposible: una función de circo en un lugar donde las personas no saben si estarán vivas al día siguiente, si tendrán comida en el plato o si un ejército entrará durante la noche en sus casas. Sin embargo, es precisamente allí donde el arte adquiere una urgencia que no siempre comprendemos desde la comodidad.

En esos sitios, la risa no es un lujo. Es un antídoto.

“Contra el miedo aparece el amor; contra el pesimismo, la alegría; contra el dolor, la risa”, afirma Iván. No es una frase vacía. La pronuncia alguien que ha actuado bajo las bombas, que ha tenido que escapar de tanques y que ha visto a niños correr detrás de un payaso mientras los drones sobrevuelan el cielo.

Cuando le preguntan qué imagen le viene a la mente al escuchar la palabra Palestina, Iván no responde con una ciudad ni con una fecha. Recuerda a una niña rubia, de seis o siete años, frente al puente de Qalandia. Al fondo se escuchaban helicópteros, aviones y bombas. Después de la función, la niña no quería separarse de él.

A través de un traductor, Iván le preguntó si creía que algún día su país sería libre.

La niña abrió los ojos y respondió que sí.

Un sí profundo, rotundo, capaz —según recuerda— de apagar por un instante los sonidos de la guerra.

Hay respuestas que no necesitan explicación. Esa niña no ofreció un análisis político ni una consigna. Dio algo más difícil: una certeza. La certeza de quien, aun rodeada de miedo, se niega a entregar el futuro.

Palestina tiene nombre de mujer nació después de un viaje realizado en 2018. Iván cuenta que una compañera ilustradora, Irene Serrano, lo acompañó a un festival en Palestina. Al regresar, ella volvió profundamente afectada por la historia de una madre que había perdido a su hijo mientras jugaba con canicas en el campo de refugiados de Aida, donde Payasos en Rebeldía mantiene una pequeña escuela de circo.

Frente a ese dolor, Iván le propuso una transformación: “alquimizarlo”, convertirlo en color y luz.

El resultado es un libro que mira a Palestina a través de sus mujeres. Mujeres que preparan la comida y mantienen unida a la familia. Mujeres que bordan y conservan la memoria. Mujeres que buscan una patria entre alambradas. Niñas de Gaza que sueñan con unas olimpiadas y entrenan natación sincronizada en piscinas sin agua. Mujeres que desafían a los militares, que hacen huelgas de hambre y que esperan a sus hijos detenidos.

Entre esas figuras aparece Ahed Tamimi, quien siendo adolescente se enfrentó a soldados con el puño en alto y el cuerpo descubierto, convirtiéndose en una referencia internacional de la lucha por los derechos humanos. También está Dareen Tatour, poeta palestina encarcelada por sus palabras, por escribir y publicar versos en los que llamaba a resistir.

Palestina, entonces, no tiene un solo nombre. Tiene el nombre de cada mujer que conserva una llave, un vestido, una receta, una canción o una historia familiar. Tiene el nombre de la madre que espera. De la niña que corre. De la joven que levanta el puño. De la poeta que escribe desde la prisión.

Entre las metáforas que aparecen en el libro está la llave. Las familias palestinas conservan las llaves de las casas de las que fueron expulsadas en 1948. Las guardan como quien guarda una promesa: algún día volverán a abrir esas puertas, volverán a sus tierras y volverán a cultivar sus olivos.

La llave no abre únicamente una casa. Abre la memoria. Es una forma de decir: estuvimos ahí, pertenecemos a ese lugar, nuestra historia no comienza con la guerra ni termina con el despojo.

En el libro, la palabra se encuentra con las ilustraciones de Irene Serrano. Ella, explica Iván, suele pintar mujeres y trabaja con una sensibilidad especial hacia los azules y los colores. En esta obra buscó retratar ese color que también existe en Palestina: un color que no niega la oscuridad, pero que se resiste a quedar atrapado en ella.

Iván recuerda una función en una comunidad rural de Cisjordania. El equipo llegó cuatro horas tarde porque los caminos estaban bloqueados por puestos de control y tuvieron que buscar rutas alternas entre montes y carreteras destruidas. Cuando llegaron a la plaza, no había nadie.

Entonces un niño vio a los payasos a lo lejos. Diez minutos después, una multitud de niñas y niños corría cuesta arriba para presenciar la función.

No hacía falta una campaña de difusión. Bastaba con que apareciera algo de color en medio del miedo.

Al terminar, una mujer llamada Esperanza le contó las agresiones que sufrían las familias de la comunidad, la ocupación de sus casas y la violencia cotidiana. Iván le dijo que le sorprendía que la gente hubiera acudido después de esperar tanto tiempo.

Ella le respondió, en esencia, que ante el miedo y el terror también era necesario correr hacia aquello que ofrecía alegría.

En otra ocasión, en un campo de refugiados entre Grecia y Macedonia, el suelo era un mar de lodo. Miles de personas hacían fila durante horas para recibir un bocadillo. No podían realizar una función tradicional porque los niños podían perderse y no había un espacio seco donde sentarse.

Así que actuaron dentro de las tiendas de campaña. Entre madres que bañaban a sus bebés con botellas de agua, los payasos metían la cabeza en las pequeñas carpas y hacían unas cuantas bromas. En ese lugar, un niño sirio llamado Mohammed le regaló sus tenis blancos.

Iván estaba descalzo porque muchos niños del campo caminaban sin zapatos. El gesto de Mohammed lo conmovió. Pero, fiel a la lógica del payaso, convirtió el calzado en un teléfono y comenzó a hablar con su madre. El niño murió de risa.

La escena puede parecer mínima, pero no lo es. El niño no recuperó su casa ni dejó de ser refugiado. La guerra no terminó. Sin embargo, durante unos segundos, Mohammed pudo ofrecer algo en lugar de recibirlo. Pudo regalar. Pudo jugar. Pudo reír.

En una de las experiencias que Iván considera fundacionales, el equipo llegó a un campo de refugiados en Gaza. Mientras se preparaban en un cuarto de escobas de una escuela de Naciones Unidas, comenzaron los bombardeos.

Los niños y las niñas se pusieron de pie y empezaron a cantar. Querían que los payasos salieran. Para ellos, vivir bajo las bombas era la cotidianidad; lo extraordinario era asistir a un espectáculo.

Fue entonces cuando Iván comprendió que la alegría podía ser un escudo frente a la tragedia.

No un escudo que detuviera los misiles, sino uno que protegiera algo más profundo: la capacidad de imaginar otra vida.

Por eso el libro no sólo habla de Palestina. También nos habla de nosotros. De nuestra manera de mirar el sufrimiento ajeno. De esa frase cómoda que dice: “mientras a mí no me pase”. De la distancia que convierte una tragedia en una noticia más, hasta que un rostro, una niña o una madre consiguen atravesarla.

Iván insiste en que somos un tejido humano. Cuando alguien sufre, la membrana se encoge; cuando alguien ríe, se ilumina y se amplía. No somos tan independientes como nos gusta pensar. La desaparición, el desplazamiento, la violencia y el hambre no son problemas que ocurren únicamente “allá”, porque la indiferencia también construye un mundo que mañana puede tocarnos.

Pero la solidaridad no tiene que comenzar con grandes discursos. Puede empezar con una palabra amable, una sonrisa, un abrazo, una mano tendida. Puede comenzar leyendo un libro que nos obliga a mirar de nuevo.

“Ríamonos del poderoso, de lo que está mal, de la dictadura, de lo que nos intentan imponer”, propone Iván. Reírse, en su visión, no significa burlarse del dolor de las víctimas. Significa quitarle solemnidad al poder, desobedecer el miedo y recuperar la libertad de imaginar.

Palestina tiene nombre de mujer es, en ese sentido, un acto de memoria y de esperanza. Un libro que no pretende hablar por las mujeres palestinas, sino honrarlas; que no busca convertir la tragedia en espectáculo, sino devolverle humanidad a quienes suelen aparecer reducidos a cifras.

Porque hay historias que no caben en un titular. Hay nombres que no aparecen en los mapas. Hay mujeres que sobreviven mientras el mundo discute fronteras.

Y quizá por eso Palestina tiene nombre de mujer.

Tiene el nombre de la madre que guarda una llave. De la poeta que escribe entre candados. De la niña que responde que sí cuando le preguntan si algún día su país será libre. Tiene el nombre de todas las que, aun en medio de la guerra, siguen sembrando, cocinando, bordando, cantando, pariendo y riendo.

Iván Prado sólo puso el oído, el cuerpo y la nariz roja para escuchar esa respuesta.

Lo demás lo hicieron ellas.

Compren el libro ya que absolutamente todos los recursos son destinados para Palestina.

La columna de esta semana ha terminado pueden ir en paz.

¡Escúchenme! de lunes a viernes en el programa donde hacemos entretenimiento educativo y siempre aprendemos algo nuevo De Todo Un Poco con seguro servidor de 10 a 11 de la mañana en Radio BUAP 96.9 FM.

Contacto: rayzubiri@yahoo.com.mx  Redes Sociales: @RayZubiri

Si usted es un medio de comunicación y se pregunta si puede publicar esta columna en su medio, ¡la respuesta es sí! Solo asegúrese de dar el crédito adecuado a www.revistapuebla.com y al autor.

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Educación

La risa como arma de construcción masiva: Iván Prado

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Desde las Favelas de Brasil, los Campamentos de refugiados en el Sáhara, las Comunidades Indígenas en Chiapas, hasta los Campos de refugiados de Palestina, Iván Prado es uno de los mayores exponentes del circo solidario a nivel internacional Pallasos en Rebeldía.

A través del arte, la risa y el clown, ha llevado esperanza a comunidades que enfrentan situaciones complejas y nos recuerda que la cultura también puede ser una herramienta de encuentro, dignidad y transformación social.

«Palestina tiene nombre de mujer» una obra que pone rostro, voz e historia a mujeres que viven en medio de una de las realidades más complejas del mundo.

A través de testimonios y experiencias humanas, el libro nos invita a mirar más allá de los titulares para descubrir la fortaleza, la dignidad y la esperanza de quienes enfrentan diariamente las consecuencias del conflicto.

El autor es Iván Prado portavoz de Pallasos en Rebeldía, defensor de los Derechos Humanos, uno de los mayores exponentes actuales del circo solidario a nivel internacional.

¿Cómo se le hace para no perder la esperanza y hacer de este un mundo un mejor lugar? Le pregunte a Iván Prado conocido principalmente por ser fundador y director de Pallasos en Rebeldía un colectivo que utiliza el arte, el circo y el humor como herramientas de transformación social y acompañamiento en comunidades afectadas por conflictos y crisis humanitarias.

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