Más allá de ser un motivo de alergias estacionales, el polen encierra valiosos secretos sobre el pasado de nuestro planeta. Estos diminutos granos, resistentes al paso del tiempo, actúan como cápsulas biológicas que preservan información clave sobre climas antiguos, catástrofes naturales e incluso el auge y caída de civilizaciones. Atrapados en sedimentos de lagos, océanos y ríos, permiten a los científicos reconstruir ecosistemas desaparecidos hace millones de años.
Uno de los hallazgos más impactantes proviene de Misuri, donde el polen fosilizado reveló las consecuencias del asteroide que acabó con los dinosaurios hace 66 millones de años. Tras el impacto, el registro polínico muestra un colapso abrupto de los bosques, seguido de una lenta recuperación. La desaparición temporal de ciertas especies vegetales y el posterior resurgimiento de otras, como hierbas y helechos, reflejan cómo los ecosistemas se transformaron y se adaptaron tras la catástrofe.
En la costa del Golfo de México, el polen de antiguas secuoyas ayudó a rastrear el aumento del nivel del mar durante el Oligoceno, hace entre 33.9 y 28 millones de años. Los científicos identificaron cómo el avance del océano inundó bosques costeros, desplazando la vegetación tierra adentro. Estos cambios quedaron grabados en la proporción de granos de polen y microfósiles marinos, ofreciendo un mapa detallado de cómo era el paisaje en esa remota época.
En Australia Occidental, el polen contó una historia de sequía y salinización. Durante el Eoceno, la región albergaba exuberantes bosques pantanosos, pero el desplazamiento tectónico de Australia hacia el norte transformó su clima. Los sedimentos más recientes muestran un predominio de plantas resistentes a la aridez y algas adaptadas a aguas saladas, evidenciando un drástico cambio ambiental.
Más cerca de nuestro tiempo, en Guatemala, el polen del lago Izabal documentó el impacto de la civilización maya. Durante su apogeo, el aumento del polen de maíz y la disminución de árboles revelaron una intensa deforestación. Tras el colapso maya, la vegetación se recuperó, incluso en condiciones climáticas adversas. Hoy, el polen moderno también deja su huella, registrando los efectos del calentamiento global. Así, estos granos microscópicos siguen escribiendo la historia de la Tierra, una capa a la vez.
Con información de: Forbes.com