En una operación militar sin precedentes, Estados Unidos e Israel bombardearon tres instalaciones nucleares clave de Irán, marcando un punto de inflexión en el conflicto con Teherán. La acción, denominada «Martillo de Medianoche», involucró a más de 125 aviones estadounidenses, incluidos siete bombarderos furtivos B-2 que lanzaron bombas antibúnker de 30,000 libras sobre el sitio nuclear de Fordow, uno de los más protegidos del país. El ataque, coordinado con Israel, buscaba paralizar el programa nuclear iraní, que Occidente considera una amenaza global.
La operación fue ejecutada con precisión militar: los bombarderos B-2 volaron 18 horas en secreto desde Misuri hasta Irán, repostando en el aire y evitando radares, mientras misiles Tomahawk lanzados desde un submarino estadounidense allanaban el camino. Según el Pentágono, las defensas iraníes fueron incapaces de interceptar el ataque, dejando las instalaciones severamente dañadas. Imágenes satelitales muestran impactos directos en Fordow, donde se cree que Irán enriquecía uranio, aunque expertos advierten que parte del material nuclear pudo haber sido evacuado previamente.
Irán respondió con una nueva andanada de misiles contra Israel, causando destrucción en Tel Aviv y decenas de heridos, pero evitó una escalada inmediata contra Estados Unidos. Mientras tanto, el gobierno de Trump celebró el éxito táctico de la misión, afirmando que el programa nuclear iraní quedó «devastado». Sin embargo, analistas señalan que Teherán aún podría reactivar sus actividades en instalaciones secretas, desatando una fase más peligrosa del conflicto.
La tensión en Medio Oriente alcanzó niveles críticos, con países del Golfo en alerta máxima y fuerzas estadounidenses reforzando sus bases. La incertidumbre sobre la respuesta iraní mantiene al mundo en vilo, especialmente tras las amenazas de Teherán de cerrar el Estrecho de Ormuz, ruta vital para el petróleo global. Mientras tanto, la ONU urge a la calma, aunque su capacidad de mediación parece limitada ante la determinación de Washington e Israel.
Este ataque marca la primera vez que Estados Unidos entra en guerra abierta contra Irán, cumpliendo la promesa de Trump de impedir que Teherán desarrolle armas nucleares. Sin embargo, el costo político y humanitario podría ser alto: si Irán elige retaliar directamente contra intereses estadounidenses, el conflicto podría extenderse por la región, con consecuencias impredecibles para la economía global y la estabilidad internacional. La comunidad observa con preocupación mientras se escriben los siguientes capítulos de esta crisis.
Con información de: El Economista.com