Ricardo Sierra
El 5 de mayo, falleció el actor Bernard Hill en Londres, Inglaterra. ¿De quién hablamos? ¿Conocen Titanic o El Señor de los Anillos? No puedo dejar de recordar que este actor está unido a un momento esencial en mi vida como también, tras su muerte, descubrí que no era el único, toda una generación sintió como si hubieramos perdido a alguien de los nuestros, una luz que se extingue después de años de habernos guiado. En el papel de el rey Theoden de Rohan en El Señor de los Anillos, Bernard nos presentó un personaje clásico, muy al estilo de los antiguos héroes mitológicos o personajes shakespirianos.
“Creo que no ha habido nadie que haya interpretado las palabras de Tolkien como Bernard Hill lo hizo, tan bello y profundo…” dijo Billy Boyd, actor del hobbit Pippin, uno de los personajes más entrañables de la trilogía. “Perdimos a un miembro de nuestra familia…” terminaría diciendo Sean Astin, actor del querido Sam, con la voz entrecortada y siendo abrazado por sus colegas que, sentidos, no dudaron en rendirle homenaje a su compañero de escena en la Comic Con de Liverpool.
Hablar del trabajo de Bernard es referirnos a un record histórico en el cine de habla inglesa, sobretodo de las películas que han sido galardonadas por la cada vez más deteriorada Academia (Premios Oscar).
Titanic (1997) y la última entrega de la saga del El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey (2003), tienen el record de ser dos de las películas más taquilleras que han logrado ganar 11 premios de la Academia en su historia. Ambos trabajos de una calidad y dignidad sorprendentes, han quedado en la memoria colectiva, desde el personaje real del capitán Edward Smith hace 114 años, como también el ficticio rey Theoden, personaje de la trilogía de novelas que componen El Señor de los Anillos. Bernard Hill por lo tanto es de los contados actores que tuvo la oportunidad de participar en ambas históricas entregas dentro de la más reciente cinematografía mundial.
Pero hay una escena que, para la opinión de los fans y mía, trasciende hasta nuestros días, una escena que logra cautivar a las audiencias globales, cimbrarlos en cualquier lugar donde la estén viendo, siendo nombrada como la más épica de las batallas que se hayan visto en la gran pantalla: La Cabalgata de los Rohirim.
Recordarán ese momento, el Señor de los Nazgûl rompe la bara del mago Gandalf (Ian McKellen), el mago cae al suelo aterrado por el rugido y las fauses de la bestia alada. Con una voz de ultratumba, el Señor de los Nazgûl alza su espada flamígera y pensamos, tan solo por un segundo, que todo se ha perdido para siempre. En la mirada de Gandalf y en la figura paralizada de Pippin entendemos, como no los han repetido a lo largo de la trilogía, que la era del hombre ha llegado a su fín. El hombre por sus errores está destinado a extinguirse, siendo arrasado por las fuerzas de Mordor.
En ese momento, cuando las esperanzas se han perdido, los cuernos de Rohan resuenan con la llegada del amanecer. El Señor de los Názgul se retira, dejando a Gandalf con los ojos abiertos y tirado en el suelo. Los jinetes de Rohan aparecen en el borde de los campos de Pelennor, junto a las primeras luces y el ruido de los cascos de sus caballos. Se les ve el miedo en los ojos, el terror los invade al ver al ejército oscuro rodeando e incendiado a la Ciudad Blanca. Y al frente, el rey Theoden se adelanta a su ejército, probablemente con miedo, seguramente pensando que no existe en la faz de la Tierra Media posibilidad alguna de victoria. Los orcos y demás fuerzas oscuras se arrejuntan enfrentando a los jinetes.
Las tomas en esa parte de la escena recrean con dinamismo la llegada de Rohan al rescate, con partes que van desde planos abiertos, se ve al ejército rohirim aguardando la señal de ataque. Son la esperanza de los hombres, los únicos que le pueden hacer frente a la fatalidad. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, en especial esa escena, el corazón roto y el miedo a la muerte recorriéndote por completo. Pero ahí está el rey, el único rey que he conocido que junto a su pueblo pelea las mismas batallas, que siente y experimenta sus mismos miedos y derrotas. Recordamos que en la película anterior, Las Dos Torres, el rey Thoeden ha perdido a su hijo cuando despierta del maligno hechizo que lo ha envejecido y cegado, y al ser curado por la magia de Gandalf, descubre que en ese tiempo en el que no ha sido consciente de si mismo, no solo ha perdido el mando de su reino, sino también la vida de su único hijo.
Mencionaré brevemente que en el momento que veía, a los diez años, El Retorno del Rey en el cine aquel diciembre del 2003, la única forma en la que enfrentaba a esa edad mis miedos era recreándome en los hombres de Rohan y en su rey que peleaba sus propias batallas a lado de su pueblo.
“…¡Valor, valor, jinetes de Theoden! Vibrarán las lanzas, se harán añicos los escudos, un día de la espada, un día rojo, antes de que llegue el alba…”
Tras las vibrantes palabras dichas por Bernard Hill, las lanzas de los rohirim se alzan apuntando a sus enemigos, al igual que al otro lado, con el ruido de cachibaches, los orcos hacen lo mismo. Otros personajes acompañan en la emotiva escena al rey Theoden, personajes que dan la perspectiva de los guerreros, de los que han dejado a su familia por enfrentar a las fuerzas oscuras y darán su vida sin importar el destino. Entre los jinetes se encuentran la sobrina encubierta del rey, Eowyn, interpretada magistralmente por la actriz australiana Miranda Otto, quien lleva también en secreto al hobbit Merry (Dominic Monaghan) quien mira con terror al ejército oscuro.
En el behind the scenes del DVD que fui a comprarme inmediatamente cuando apareció en el 2004, pude entender lo complejo del armado de esa escena. Nosotros en el cine veíamos a un ejército de jinetes impresionante, no tan grande como el ejército enemigo, pero de un gran número. En realidad, fueron 50 jinetes los que participaron en la cabalgata real. La mayoría mujeres de los alrededores en donde se grabó la épica escena en Nueva Zelanda. Se les tuvieron que adherir bigotes y barbas y vestir como verdaderas guerreras. Aquí supe que Eowyn no fue la única mujer que cabalgó junto al rey, la gran mayoría de aquellos 50 jinetes, que luego se multiplicarían gracias a los efectos especiales en miles, fueron mujeres que participaron junto con Bernard en aquella catarsis que nos hizo cimbrar a todos en las salas de cine
Uno de los datos curiosos que me conmovieron hasta la médula, fue saber que cuando el rey Theoden cabalga chocando con su espada las lanzas de sus guerreros, esa simple acción que habrá pasado desaparecibida por algunos, le dio una nobleza y poder únicos al personaje de Bernard, ya que no estaba en los planes originales del director Peter Jackson, sino que fue propuesta por el mismo actor, mientras exclamaba el resto de sus diálogos.
“¡Cabalguen! ¡Cabalguen! ¡Cabalguen, hacia la ruina y el fin del mundo! ¡Muerte!…”
El niño que era de 10 años, habiendo dejado la muerte atrás, no podía impedir sentirse conmovido y entusiasmado por lo que estaba viendo en pantalla. Yo era uno de aquellos jinetes que iba a enfrentar a la muerte a los ojos, cara a cara, alzando su espada y siguiendo a su rey hasta el final.
Nunca he sido monárquico, siéndoles sincero, creo, incluso, que es anacrónico que todavía en pleno siglo XXI sigan existiendo monarquías. Sin embargo, aquí habría que recordar la película de Troya (2004) y al personaje de Aquiles (Brad Pitt): el rey Agamenón (Brian Cox) le reclama por llegar tarde a la guerra, es memorable la escena de cuando todo el éjercito de Agamenón está en el campo de batalla esperando la llegada de su héroe, es en aquel momento cuando Aquiles suelta uno de los diálogos que quiero conectar con lo que me provoca el rey Thoeden: “Imagina a un rey que peleé sus batallas…”
El sol deslumbra a los orcos, suenan los cuernos de batalla de los rohirim, y la toma siguiente será ver al rey Theoden, al frente de su pueblo, guiándolos hacia la muerte o la victoria. En ese momento la toma se abre, escuchamos los gritos de batalla de los rohirim, y en aquel instante, al yo de 10 años, se le eriza la piel y siente en lo más profundo de su corazón que logrará vencer sus miedos, logrará vencer a la muerte. Suenan los violines, y la esplendorosa música de Howard Shore, el tema principal de Rohan, resuena en la sala de cine.
“¡Adelante Eorlingas!”
Te encarnas en el rey, en Eowyn y en Merry, cabalgas inspirándote, creyéndote invencible, creyendo que al otro lado de la oscuridad todavía queda la esperanza.
La muerte de Bernard Hill no hizo más que conmoverme, recordándo a un actor que en la vida real resultaba sencillo, amable, cariñoso y entrañable. Es divertida la anécdota de cuando Bernard junto a algunos compañeros del elenco de El Señor de los Anillos se emborracharon con unas guinness en Londres, en un reencuentro que el propio Bernard relataba con lágrimas en los ojos, recordando a sus compañeros que, en los primeros años del nuevo milenio, grababan juntos y felices lo que vendría a ser una de las trilogías cinematográficas más importantes de todos los tiempos.
No he parado de llorar y de recordarme a los diez años, quizás queriendo ser el propio Theoden enfrentándose a todos los peligros habidos y por haber. Con la espada en ristre batiéndome contra las sombras y los malos pensamientos. Elijah Wood, actor que interpreta a Frodo Bolsón, protagonista y encargado de llevar el anillo a las fauses ardientes del Monte del Destino, publicó en las redes una frase con la que quiero recordar para siempre a Bernard y al rey Theoden, y de paso, aquel momento de mi vida que ha quedado atrás con el transcurso de los años y que tanto le agradezco a Bernard por ayudarme a superar en esos años los miedos y a la muerte. Wood cita de la novela de Tolkien, la frase que el personaje de Aragorn dedica a Theoden tras su muerte en la novela: “Porque era un corazón gentil y un gran rey y cumplió con sus juramentos, y salió de las sombras a una última bella mañana”.
¡Cabalguen! ¡Cabalguen!